Medio siglo que jamás existió

Carranza miró con expresión huraña por encima del dibujo: ¡nada menos que un hombre caminando sobre la luna, vestido con una escafandra blanca! Detrás de él había una extraña estructura geométrica sostenida por patas metálicas y una bandera norteamericana, y en el cielo, sombreado por un lápiz grueso, una pelota que representaba a la Tierra vista desde el espacio. En la parte inferior del rudimentario cuadro figuraba la fecha de su composición: 20 de julio de 1969. Autora: Moira Miller, una niña de nueve años que vivía en una solitaria granja de Australia. “Todo esto es muy interesante, querida. No cabe duda de que esa mujer, si pudo dibujar algo como esto a esa edad, tiene un talento extraordinario. Habría llegado a ser una artista de primera fila de no haber sido por la guerra atómica. Pero lo que yo quiero saber es cómo esa comunidad de granjeros logró sobrevivir a las radiaciones en un apartado paraje del desierto australiano”.

“Vic, cariño, déjalo ya, ¿te parece? Acabas de terminar una dura jornada laboral. Ahora descansa y contempla los dibujos. Son fascinantes”. Caroline le puso la mano en el hombro mientras le servía una taza de té. Estaban sentados en la veranda de la casa que ocupaban en el puerto de Melbourne, muy cerca de los muelles de atraque que el Cuerpo Expedicionario del Pacífico utilizaba para desembarcar material. Carranza se relajó. Su esposa tenía razón: los dibujos eran extraordinarios, y también sobrecogedores. “¿Dónde está ella ahora?”, preguntó. Caroline le contó que el Doctor Rogers la había mandado trasladar al hospital de campaña para iniciar el tratamiento de su enfermedad.

“Moira Miller, edad: 52 años, nacida en 1960.”, dijo Caroline, examinando la ficha que ella misma había redactado. “Tenía dos años cuando estalló la Breve Guerra. Siempre ha vivido en su pueblo, primero con la madre hasta el fallecimiento de esta en 1974, y después sola. No ha salido jamás de allí. Comenzó a pintar desde muy niña. Tenemos cientos de dibujos, la mayor parte muy buenos, sobre temas clásicos: paisajes del desierto, canguros y otros animales, bodegones, retratos, etcétera. Pero hay otros con escenas atípicas: catástrofes naturales, grandes multitudes, dispositivos técnicos y científicos futuristas… Según ella están inspirados en sus propias visiones. Ese que estás viendo, por ejemplo, lo compuso tras haber soñado con la escena. Se levantó de la cama para hacerlo mientras aun tuviera todos los detalles frescos en la memoria, incluyendo el nombre del personaje, Niall Armstrong, escrito al lado de la escafandra.”

“El hombre jamás llegó a la Luna”, replicó Carranza. “Rusos y americanos pusieron en órbita cápsulas espaciales tripuladas, pero en ningún momento se llegó a construir artefactos como este que parece un dodecaedro de papel como aquellos que hacíamos en la escuela, pegado sobre una peana. ¿Qué diablos significará esto de módulo L.E.M.?”

“Echa un vistazo a este otro”, Caroline le mostró una hoja de papel en la que aparecía una muchedumbre, y en medio de ella un individuo de piel oscura blandiendo una pistola contra un automóvil en el que iba un hombre vestido de blanco y coronado por una tiara. La escena llevaba un título igualmente inverosímil: Alí Agka atenta sin éxito contra la vida del Papa polaco Juan Pablo II – 13 de mayo de 1981. Desde que Juan XXIII había muerto en 1962, los Papas fueron elegidos por los católicos de la Ciudad Subterránea. Jamás había habido un pontífice polaco. Ni con ese nombre. Todos habían sido brasileños: León XIV, Pío XIII y el actual Gregorio XVII, el primer Papa negro de la Cristiandad. “Pero el más sorprendente de todos los que hemos encontrado es este, según el Doctor Rogers. Míralo bien”. Era el retrato de un hombre de edad avanzada, sonriente, apuesto y bien peinado, Ronald Reagan, Presidente de los Estados Unidos de América – 4 de noviembre de 1980.

“¿Qué tiene de extraordinario, aparte del hecho de que nunca hubo un presidente norteamericano llamado Ronald Reagan?” quiso saber Carranza.

“Pero sí existió un actor de Hollywood llamado Ronald Reagan; durante la Segunda Guerra Mundial hizo películas de propaganda, y luego una comedia bastante mala en la que fue protagonista principal junto a un chimpancé”.

“¿Y tú cómo sabes eso?”

“Me lo ha contado mi jefe, el Doctor Rogers, que vio esas películas cuando era joven. El hombre que aparece en el retrato es Ronald Reagan, solo que treinta años más viejo. El Doctor Rogers se quedó helado de asombro al verlo. Ten en cuenta que Moira Miller no ha pisado un cine en toda su vida”.

“Tal vez lo sacó de alguna revista antigua y decidió envejecerlo con unas cuantas arrugas. Los hombres maduros parecen tener gran atractivo últimamente”.

La mirada de Caroline se volvió escrutadora. Carranza adivinó que su obstinada postura de ir a la contra comenzaba a irritarla: “Aun asi”, replicó ella, “¿cómo averiguó la Señora Miller que ese tal Reagan se había metido en política? Reagan comenzó siendo demócrata, pero después, en las últimas elecciones presidenciales que se celebraron en Estados Unidos, hizo campaña a favor del candidato republicano Richard Nixon. Esto sucedió en 1960, el mismo año en que nació Moira Miller. Tendría que haber sido una niña muy atenta y perspicaz para estar al tanto de todas esas novedades políticas, ¿no te parece?”

Carranza se dio cuenta de que había ido demasiado lejos. Mediante un arriesgado toque de humor, decidió dar sus primeros pasos en el camino de la distensión. “Si tu adorado Doctor Rogers lo dice” concluyó, mostrando una sonrisita encantadoramente vil, ”cierto será. Pero yo creo que con los años le está empezando a fallar la memoria…”

“¡Idiota!” replicó Caroline, propinándole un pellizco en el bien rasurado cogote“ ¡Estás celoso porque me paso el día trabajando con él!”

“Admito que es un hombre inteligente y con mucho mundo, pese a haber pasado casi toda su vida encerrado en la Ciudad Subterránea. Y además se conserva bien para tener casi setenta años. Pero no tanto como yo cuando llegue a su edad…”

“¡Calla, bobo, y mira estos otros dibujos! ¿Qué te parecen?”

Había allí toda una plétora de personajes y acontecimientos ficticios, pero de alguna manera enormemente persuasivos en sus pretensiones de realidad: el Premier Soviético Gorbatcheff (sic), un individuo de aspecto bonachón y vulgar con una mancha oscura sobre la calva; júbilo multitudinario ante un monumento coronado por la escultura de un carro de caballos, llamado Puerta de Brandenburgo, con motivo de la Unificación de Alemania en octubre de 1990… Y otros muchos: jóvenes chinos enfrentándose inermes a los tanques del Ejército Rojo en una enorme plaza de Pekín, una central nuclear parecida a la británica de Calder Hall –que él conocía por haberla visto en un libro- volando por los aires en Ucrania: y además bailes, competiciones deportivas, playas atestadas de bañistas con sobrepeso y mujeres desprovistas de sujetador, adolescentes que corrían por un parque llevando unos auriculares estilizados conectados mediante cables a cajitas negras sujetas al cinturón -¿Radios en miniatura?-… y finalmente, dos aviones de pasajeros estrellándose contra unos rascacielos de Nueva York. Este último, muy logrado e indiscutiblemente aterrador, estaba fechado el 11 de septiembre de 2001.

“He aquí los últimos que pintó, hace algunos años, antes de quedar afectada por la artritis”, especificó Caroline exhibiendo dos retratos al carboncillo en cuartillas de papel: la Cancillera Federal Alemana Angela Merckel (sic) –22 de noviembre de 2005- y el Papa alemán Benedicto XVI (Joseph Ratzinger) – 19 de abril de 2005.

“¡Menudo delirio!” exclamó Carranza ladeando la cabeza, “actores que se meten en política para hacer campaña al partido contrario, un Papa polaco, seguido por otro alemán…

Vic sintió que su percepción del mundo, basada en hechos concretos y verificables, comenzaba a tambalearse. Tal vez la mujer fuera algo más que una visionaria exaltada. No daba la impresión de padecer anomalías mentales. La Señora Miller era una persona solitaria, pero lúcida y muy centrada, educada en un paraje desértico apartado del mundo, pero con un entorno familiar y social típico de la clase media anglosajona. ¿De dónde brotaban aquellas visiones? Desde El Bosco y Leonardo da Vinci no se habían conocido unos alardes de fantasía figurativa como aquellos.

Entonces recordó las lecciones de Física que impartía en la Academia del Cuerpo Expedicionario el difunto Profesor Richard P. Feynman (Aquel norteamericano extravagante, aficionado a tocar el bongo y hacer experimentos espectaculares delante de sus alumnos, que había sobrevivido a la guerra por hallarse de vacaciones en Uruguay, tras lo cual ayudó a construir la Ciudad Subterránea en un tiempo récord, mientras una nube de radioactividad provocada por la detonación de más de 3.700 cabezas termonucleares se extendía por el planeta): la naturaleza meramente estadística de la asimetría en la flecha del tiempo, una realidad con once dimensiones, universos paralelos…

Los interrogantes comenzaron a acumularse en su cerebro: ¿acaso tenía la Señora Miller el don de captar sucesos de un mundo paralelo? Y siendo asi, de existir otro universo, eso implicaba que todos los acontecimientos, incluyendo la Breve Guerra, son en el fondo contingentes. Podría haberse evitado, salvando la vida a tres mil millones de personas. Aunque en estos momentos tuvieran que vivir en un mundo amenazado por el terrorismo árabe y el cambio climático –otros temas habituales en los dibujos-, la alternativa era del todo preferible. ¿Dónde estuvo el error fatídico? ¿En una caja de circuitos defectuosa? ¿En el farol irresponsable de algún hombre de estado? ¿Cómo había comenzado la crisis de Berlín? ¿Quién facilitó armas nucleares a los albaneses?

“¿Y si a pesar de todo todavía estuvieran vivos, en ese universo paralelo?” Carranza se sorprendió a sí mismo subvocalizando, antes de darse cuenta de que su esposa le miraba extrañada por aquel prolongado silencio. Vic dejó las láminas sobre la mesa y dijo, frotándose las cejas: “Querida, perdona mi sarcasmo. Hoy he tenido un día agotador…”

“No pasa nada. ¿Quieres más té?”

De pronto Carranza recordó el motivo de su intriga: aquel grupo de personas aisladas en mitad del desierto australiano, hacía cincuenta años. Muchas decidieron tomar las pastillas de cianuro distribuidas por el Gobierno. Pero las que no lo hicieron lograron sobrevivir. Debía haber alrededor de quinientos, entre hombres, mujeres y niños. Para aquellos tiempos una cifra significativa. Más del uno por ciento de la población mundial.

Carranza hizo un gesto suave de rechazo con la mano, y mientras Caroline volvía a dejar la tetera sobre la mesa, preguntó a su mujer: “Cariño, tú eres Doctora en Medicina. Conoces la fisiología humana mejor que yo. La lógica establece que toda esa gente debería estar muerta, como los demás. Díme, ¿por qué crees que sobrevivieron a la radiación?”

Ella contestó: “No lo sé. Tal vez algo que había en las aguas subterráneas, o un antibiótico natural, o determinadas condiciones microclimáticas que impidieron la difusión de la radioactividad en la atmósfera del desierto. También es posible que no tenga que ver con la fisiología. A menudo la supervivencia es cuestión de preparación y de voluntad. En el fondo, el hecho de sobrevivir no cuenta tanto como la predisposición para ello que uno tiene. Nosotros conseguimos sobrevivir porque estábamos preparados y quisimos. Ellos también, y si en ambos casos nos las hemos arreglado para salir adelante, estoy convencida de que en algún lugar del mundo debe haber otras gentes que también lo han logrado.”

(Este relato es la secuela de otro escrito en mi bitácora: Después de la Hora Final)

Categories: Inclasificable
Written By: igandekoa

One response to “Medio siglo que jamás existió”

  1. martin Says:

    Pues me encanto, realmente bueno.

    Un saludo

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