Todos los gatos del Presidente

En el barrio de la Cruz los gatos andan trastornados. Desde hace algún tiempo arman de noche unas grescas que se oyen desde el Tanatorio y no dejan dormir a los vecinos. “Eso” opina el cartero, “es que todas las hembras han entrado en celo a la vez.

Sin embargo son otras pasiones las que originan este estrepitoso comportamiento. Leonés, dirigente de la felina cofradía, ha convocado a sus adláteres con el propósito de hacer frente a los repetidos intentos para desalojarle de su posición de macho dominante por parte de Gallego, el líder de una facción rival de gatos. Teresita, la minina más arisca de la manada, pese a su aspecto insustancial y tristón, es, en su calidad de lugarteniente de Leonés, la primera en tomar la palabra:

“Compañeros (y compañeras). Esto no puede seguir asi. Tenemos que parar los pies a todos esos sacos de pulgas que no hacen más que insultarnos y crispar el ambiente. Esta mañana he vuelto a tener una bronca con Valenciano y Abulense, dos gatos reaccionarios y faltones a los que todos vosotros conocéis bien. Hay que hacer algo”.

Asentimiento general y gestos visibles de adhesión en el grupo formado por Leonés y sus fieles: Cántabro, Salmantino, Manchego, el otro Gallego y Canario. Todos están de acuerdo en que la situación es preocupante. La población gatuna del barrio está pasando por una grave crisis de la cual depende su futuro.

“Es intolerable que estas cosas sucedan” declara Canario. “Esa gente no tiene el menor sentido de la dignidad, ni espíritu cívico, ni sentido de estado, ni nada de nada. Son unos miserables. Toda su conducta está presidida por sórdidos móviles electoralistas y por una vileza moral sin límite. ¡Figuraos que han querido meter a mi hermano en la perrera municipal solo porque no les gusta su arte!” (Si el lector no cree posible que los gatos sean capaces de pintar, aquí tiene un enlace que le convencerá de lo contrario, mostrándole asimismo por qué el descontento de la derecha felina, en lo que se refiere a este punto, puede que no esté del todo injustificado).

“Lo peor no es eso” tercia Cántabro, el encargado de la seguridad interna del barrio. “Gallego y sus secuaces andan diciendo a todo el mundo que fueron los ratones quienes destruyeron el viejo almacén de ultramarinos, hace dos años y medio, royendo el tubo de goma de una bombona de butano. Argumentan que nosotros, por haber decidido vivir en paz con ellos en lugar de cazarlos, somos responsables de aquella trágica voladura en la que murieron tantos gatos, y gracias a la cual ahora, compañero Leonés, eres tú el macho dominante, y no Gallego, como lo había dispuesto Madrileño, el anterior jefe de los gatos”.

“¡Pero eso no hay quien se lo crea!” exclamó indignado Salmantino, el gato más vago de todo el grupo, más aun que el propio Leonés. “Todo el mundo sabe que los culpables de aquella explosión fueron un marroquí y dos drogadictos que ahora están cumpliendo condena en la prisión de Basauri”.

“Lo sé mejor que ningún otro, compañero”, responde Cántabro, “Pero a esos canallas la verdad se les da un ardite. Han convencido a un cuervo sinvergüenza, de gran ingenio y afiladísimo pico, para que extienda esas apestosas calumnias por todo el barrio. Y a fe que lo está haciendo bien el muy bribón. Ya podía prestarnos igual servicio ese jilguero de Bilbao que trabaja para nosotros. Ultimamente no hace más que perorar sobre civismo y corrección política”.

“Me pregunto”, interrumpió (el otro) Gallego, con un destello de maldad en sus ojos, “si a los cuervos el perejil no les hará el mismo efecto que a los loros”.

“¡Mejor tú te callas!”, bufó Leonés, lanzándole una mirada furibunda. “Bastantes problemas nos has causado ya haciendo tus necesidades sobre la silla de ruedas de ese minusválido que vive en el número tres. Mira, Gallego, lo que quiero es que permanezcas alejado durante algún tiempo no solo del pajarraco, sino también de paralíticos, perros, ratones y en general todo bicho viviente, incluyendo por supuesto a tus congéneres los gatos”.

De ningún modo, pensaba Leonés. Nada de violencia. Aquellos medios se habían utilizado años atrás, en tiempos del Gran Gato Gon, el primer jefe de la manada, un felino carismático y sin escrúpulos que con zalamerías y embustes logró engatusar a las amas de casa del barrio para que alimentaran a los gatos con las sobras de sus cocinas, con lo cual ya no hubo más necesidad de cazar ratones y pasarse el día subidos en los árboles acechando a los pájaros.

En aquella época tuvieron lugar algunos casos muy comentados: reyertas intestinas, hurto de alimentos, accidentes misteriosos, desapariciones de animales e incluso un gato secuestrado por error, y otro al que dieron por muerto, pero que después resultó encontrarse vivito y coleando en una urbanización privada del Caribe. Los loros del barrio habían armado un escándalo monumental, extendiendo acusaciones e historias que todavía formaban parte del folklore urbano. Por ese motivo el Gran Gato Gon se había visto forzado a ceder a Madrileño su posición de macho dominante.

Leonés no podía permitirse otro escándalo. Si el cuervo estaba causando problemas, habría que utilizar mano izquierda, y no los métodos inmorales y mafiosos del Gato Gon.

“También se está metiendo con tu abuelo” denunció Teresita. “Dice que fue un traidor, y que se ofreció voluntario para trabajar como espía en un conflicto civil que tuvieron los gatos hace muchos años”.

Aquello tocaba fibras delicadas. Leonés se levantó dándoles la espalda para que no advirtieran su amargura. “¡Maldita sea! ¡Todo eso no son más que calumnias! ¡Mi abuelo era un gato decente! Siempre sirvió a la municipalidad con heroísmo y entrega. ¡Deberían hacerle un monumento!”

“Si el condenado cuervo cerrara el pico…” suspiró Manchego. “Pero es que no para quieto. Todos los días a las seis de la mañana despega desde su escondrijo en el campanario de la Iglesia de La Cruz y se pone a revolotear por el barrio lanzando sus repugnantes y mentirosos graznidos. ¡Ojalá los gatos supieran tirar con escopeta y yo tuviera una…!” Iba a seguir despotricando, pero el gesto ceñudo de su jefe le obligó a guardar silencio.

Al cabo de un rato, Leonés se volvió hacia sus ayudantes con aire campanudo y solemne, levantando el rabo como si fuera la antena de un auto de choque, y les habló en estos términos:

“Mirad, compañeros: el cuervo no me interesa. Tenemos entre manos una importante crisis de seguridad nacional. Quiero que sepáis que he llamado a mi presencia a Gallego, el jefe de la oposición. Vamos a estar juntos y charlar un rato para ver si podemos aproximar posiciones en una serie de temas clave…”

Hubo un intervalo de silencio. Canario fue el primero en romperlo:

“¿Significa eso que se ha terminado la tregua con las ratas y que vamos a tener que ponernos otra vez a correr detrás de ellas como en tiempos de Madrileño?”

“Compañero” le respondió Leonés, levantando la pata y mirándose las almohadillas con reflexivo ademán. “Lo que más me preocupa no son los malditos roecables, sino los perros. A pesar de la alianza de especies que estamos preparando con ellos, tengo miedo de que nos hagan una trastada en el barrio. Esto sí que sería un problema mucho más grave que todas las molestias que nos pueda causar un miserable pajarraco al que pagan por extender leyendas conspirativas sobre la destrucción de una licorería…”

(Aquí puede leerse la primera parte de esta gatuna fábula)

Categories: Inclasificable
Written By: igandekoa

2 responses to “Todos los gatos del Presidente”

  1. Anandryne Says:

    Muy bueno.

  2. fenixcaliope Says:

    UN MOMENTO: DISCULPEN: ¡FELIZ NAVIDAD AL EQUIPO!

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