As I Please, 10 de marzo de 1944

Leyendo tan simultáneamente como es posible la Vida de Tolstoy del señor Derrick Leon, el libro sobre Dickens de la srta Gladys Storey, el libro sobre James Joyce de Harry Levin, y la autobiografía (todavía no publicada en este país) de Salvador Dalí, el pintor surrealista, me chocó todavía más enérgicamente la ventaja que obtiene un artista de nacer en una sociedad relativamente próspera.

Cuando leí Guerra y Paz por primera vez tendría unos veinte años, una edad en la que uno no está intimidado por las novelas largas, y mi única queja de este libro (tres robustos volúmenes – la longitud de tal vez cuatro novelas modernas) era que no duraba lo suficiente. Me parecía que Nicolás y Natasha Rostov, Pierre Bezukhov, Denisov y el resto de ellos, eran gente sobre quien uno podría felizmente leer para siempre. El hecho es que la aristocracia menor rusa de esas fechas, con su descaro y simpleza, sus placeres rústicos, sus atormentados romances y enormes familias, eran gente muy carismática. Tal sociedad no podría llamarse nunca justa o progresista. Estaba basada en la servidumbre, un hecho que incomodaba a Tolstoy incluso durante su infancia, e incluso el aristócrata “ilustrado” habría visto difícil ver a un campesino como un animal de su misma especie. El propio Tolstoy no dejó de maltratar a sus siervos hasta bien entrada la edad adulta.

El terrateniente ejercía una especie de droit de seigneur sobre los campesinos de sus tierras. Tolstoy tuvo al menos un bastardo, y su hermanastro morganático era el cochero de la familia. Y sin embargo uno no puede sentir por estos simples y prolíficos rusos el mismo desprecio que siente hacia la escoria cosmopolita que le dio a Dalí su sustento. Su mérito es que son rústicos, nunca han oído de la benzedrina ni de las uñas de los pies doradas, y pese a que Tolstoy se arrepentiría después de los pecados de su juventud más clamorosamente que la mayoría de gente, debía saber que obtenía su fuerza -tanto su poderío creativo como la fuerza de sus vastos músculos- de ese trasfondo rudo y próspero donde uno cazaba becadas sobre las ciénagas y las chicas se consideraban afortunadas si iban a tres bailes en un año.

Una de las grandes lagunas en Dickens es que escribe nada, ni siquiera en un espíritu burlesco, de la vida rural. De la agricultura no finge siquiera saber nada. Hay algunas descripciones ridículas de caza en los Pickwick Papers, pero Dickens, como radical de clase media, sería incapaz de describir tales actividades benévolamente. Ve la caza ante todo como un ejercicio de esnobismo, cosa que ya eran en la Inglaterra de aquella época. Los cercamientos, el industrialismo, la vasta diferencia de riqueza, y el culto del faisán y el ciervo rojo se habían combinado todos para alejar a la masa del pueblo inglés del campo y hacer que el instinto de caza, que es probablemente casi universal en los seres humanos, parezca un mero fetiche de la aristocracia. Tal vez lo mejor en Guerra y Paz es la descripción de la caza del lobo. Al final es el perro del campesino el que se adelanta a los de los nobles y coge al lobo; y después Natasha ve bastante natural bailar en la cabaña del campesino.

Para ver tales escenas en Inglaterra tendrías que retroceder cien o doscientos años, a una época en la que la diferencia de estatus no implicaba ninguna gran diferencia de costumbres. La Inglaterra de Dickens ya estaba dominada por la junta del “los intrusos serán procesados”. Cuando uno piensa en la actitud de izquierdas aceptada hacia la caza, es extraño reflejar que Lenin, Stalin y Trotsky fueron todos cazadores en su momento. Pero es cierto que pertenecían a un país largamente vacío donde no existía una conexión necesaria entre la caza y el esnobismo, y el divorcio entre el campo y la ciudad nunca fue completo. Esta sociedad que casi todo novelista moderno tiene como material es mucho más cruel, menos gentil y menos despreocupada que la de Tolstoy, y comprender esto ha sido uno de los signos del talento. Joyce habría falsificado los hechos, si hubiera hecho a la gente en Dublineses menos asquerosas de lo que son. Pero la ventaja natural está junto a Tolstoy: porque, siendo las otras cosas iguales, ¿quién no preferiría escribir sobre Natasha que sobre furtivas seducciones en pensiones o empresarios católicos borrachos celebrando una “retirada”?


En su libro sobre Joyce, el señor Harry Levin da algunos detalles biográficos, pero es incapaz de contarnos mucho sobre el último año de vida de Joyce. Todo lo que sabemos es que cuando los nazis entraron en Francia escapó por la frontera a Suiza, para morir más o menos un año después en su viejo hogar de Zurich. Incluso la localización de los hijos de Joyce no está, al parecer, del todo clara. Los críticos académicos no pudieron resistir la oportunidad de patear el cuerpo de Joyce. The Times le dio un pequeño, cruel y reservado obituario, y después -a pesar de que The Times nunca ha carecido de espacio para cartas sobre porcentajes de bateo o el primer cuco- se negaron a publicar la carta de protesta que escribió T. S. Eliot. Esto es conforme a la vieja tradición inglesa de que los muertos deben ser siempre adulados salvo que resulten ser artistas. Que muera un político, y sus peores enemigos se levantarán sobre el suelo de la Cámara para pronunciar mentiras piadosas en su honor, pero a un escritor o artista se le debe despreciar, por lo menos si es bueno. Toda la prensa británica se unió para insultar a D. H. Lawrence (“pornógrafo” era la descripción habitual) en cuanto murió. Pero los presumidos obituarios eran meramente lo que Joyce habría esperado. La caída de Francia, y la necesidad de huír de la Gestapo como un sospechoso político común, eran un tema diferente, y cuando termine la guerra será interesante descubrir qué pensaba Joyce de ello. Joyce era un exiliado consciente del filisteísmo angloirlandés. Irlanda no podía soportarlo, Inglaterra y América apenas le toleraban. Se rechazó la publicación de sus libros, fueron destruídas mientras se mecanografíaban por publicadores tímidos, prohibidos cuando salieron, pirateados con la connivencia tácita de las autoridades, y, en cualquier caso, generalmente ignoradas hasta la publicación de Ulises. Tenía un agravio genuino, y era extremadamente consciente de ello. Pero era también su objetivo ser un artista “puro”, “por encima de la batalla” e indiferente hacia la política. Escribió Ulises en Suiza, con un pasaporte austriaco y una pensión británica, durante la guerra de 1914-18, a la que prestó la menor atención posible. Pero la actual guerra, como descubrió Joyce, no es de la clase que deba ignorarse, y creo que debió dejarle meditanto que una opción política es necesaria y que incluso la estupidez es mejor que el totalitarismo.

Una cosa buena que han demostrado Hitler y sus amigos es lo relativamente bien que se lo ha pasado el intelectual durante los últimos cien años. Después de todo, ¿cómo se compara la persecución de Joyce, Lawrence, Whitman, Baudelaire, incluso Oscar Wilde, con la clase de cosas que les ha estado pasando a los intelectuales liberales en Europa desde que Hitler llegó al poder? Joyce se fue de Irlanda asqueado: no tuvo que correr para salvar la vida, como sí hizo cuando los panzers entraron en París. El gobierno británico prohibió sordamente Ulises cuando apareció, pero levantó la prohibición quince años después, y lo que tal vez sea más importante, ayudó a Joyce a mantenerse vivo mientras se escribía el libro. Y después, gracias a la generosidad de un admirador anónimo, Joyce pudo vivir una vida civilizada en París durante casi veinte años, trabajando sin parar en Finnegans Wake y rodeado de un círculo de discípulos, mientras aplicados grupos de expertos traducían Ulises no sólo a varias lenguas europeas sino incluso al japonés. Entre 1900 y 1920 había conocido el hambre y el rechazo: pero con todo, su vida parecería una bastante buena su se viera desde dentro de un campo de concentración alemán.

¿Qué habrían hecho los nazis con Joyce si le hubieran echado la garra? No lo sabemos. Tal vez incluso hubieran hecho un esfuerzo para ganárselo y añadirlo a su bolsa de literatos “convertidos”. Pero debió haber visto que no sólo habían roto la sociedad a la que estaba acostumbrado, sino que eran enemigos mortales de todo lo que apreciaba. La batalla sobre la que quiso estar “encima” le afectó, después de todo, bastante directamente, y me gusta pensar que antes del final se convenció para pronunciar algún comentario no-neutral sobre Hitler -y viniendo de Joyce podría ser bastante mordaz- y que yace en Zurich y será accesible tras la guerra.

[Artículo original, disponible aquí]

Categorías: As I Please
Escrito por: Syme

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