As I Please, 3 de marzo de 1944

Hace algunas semanas una lectora católica del Tribune escribió para protestar contra una crítica del sr. Charles Hamblett. Objetaba a sus comentarios acerca de Santa Teresa y de San José de Copertino, el santo que una vez voló alrededor de una catedral con un obispo a la espalda. Yo contesté, defendiendo al sr. Hamblett, y recibi una carta todavía más indignante en respuesta. Esta carta da lugar a varios puntos importantes, y al menos uno de ellos me parece que merece discusión. La relevancia de santos voladores para el movimiento socialista puede no estar muy claro a primera vista, pero creo que puedo mostrar que el presente estado nebuloso de la doctrina cristiana tiene serias implicaciones que ni cristianos ni socialistas han afrontado.

El fundamento de la carta de mi correspondiente es que no importa si Santa Teresa y el resto de ellos volaran por el aire o no: lo que importa es que la “visión del mundo de Santa Teresa cambió el curso de la historia”. Esto lo concedería. Habiendo vivido en un país oriental he desarrollado cierta indiferencia hacia los milagros, y sé muy bien que tener ilusiones, o incluso ser un completo lunático, es bastante compatible con lo que se llama, sin demasiado rigor, un genio. William Blake, por ejemplo, era en mi opinión un lunático. Juana de Arco fue probablemente una lunática. Newton creía en la astrología, Strindberg creía en la magia. No obstante, los milagros de los santos son un asunto menor. También parece en la carta de mi correspondiente que incluso las doctrinas más centrales de la religión cristiana no deben ser aceptados en sentido literal. No importa, por ejemplo, si Jesucristo existió o no. “La figura de Cristo (mito, u hombre, o dios, no importa) trasciende tanto todas las demás que sólo deseo que todo el mundo atendiera, antes de rechazar esa versión de la vida.” Cristo, por lo tanto, puede ser un mito, o puede haber sido meramente un ser humano, o la versión que dan de él los Credos puede ser cierta. Así que llegamos a esta posición: el Tribune no debe ridiculizar la religión cristiana, pero la existencia de Cristo, por cuyo rechazo innumerables personas han sido quemadas, es indiferente.

Bien, ¿es esto la doctrina católica ortodoxa? Mi impresión es que no. Puedo pensar en pasajes en los escritos de apologistas católicos populares como el padre Woodlock y el padre Ronald Knox en los que se afirma en los términos más claros que la doctrina cristiana significa lo que parece que significa, y que no debe ser aceptada en un soso sentido metafórico. El padre Knox se refiere específicamente a la idea de que no importa realmente si Cristo existió realmente como una idea “horrible”. Pero lo que dice mi correspondiente sería repetido por muchos intelectuales católicos. Si hablas con un cristiano serio, católico o anglicano, a menudo te ves ridiculizado por ser tan ignorante como para suponer que alguien se tomara alguna vez las doctrinas de la Iglesia literalmente. Estás doctrinas, te dicen, tienen un significado muy diferente que eres demasiado ordinario para entender. La inmortalidad del alma no “significa” que tú, Fulano, permanecerás consciente una vez hayas muerto. La resurrección del cuerpo no significa que el cuerpo de Fulano será realmente resucituado -y así sucesivamente. Así el intelectual católico puede, con propósitos polémicos, jugar a una especie de juego handy-pandy, repitiendo los artículos del Credo exactamente en los mismos términos que sus antepasados, mientras se defiende del cargo de superstición explicando que está hablando en parábolas. Sustancialmente su reivindicación es que aunque él mismo no cree en forma definitiva alguna en la vida después de la muerte, no ha habido cambio alguno en la creencia cristiana, puesto que nuestros ancestros realmente tampoco creían en él. Mientras tanto un hecho de vital importancia -que uno de los puntales de la civilización occidental ha sido derribado- es oscurecido.

No sé si, oficialmente, ha habido alguna alteración en la doctrina cristiana. El padre Knox y mi correspondiente estarían en desacuerdo sobre esto. Pero lo que sí sé es que la creencia en la supervivencia tras la muerte -la supervivencia individual de Fulano, todavía consciente de sí mismo como Fulano- está enormemente menos extendida de lo que estaba. Incluso entre cristianos profesos probablemente está decayendo: otra gente, por norma, ni siquiera consideran la posibilidad de que pueda ser cierto. Pero nuestros antepasados, por lo que sabemos, sí lo creían. Salvo que todo lo que escribieron sobre ello tuviera la intención de confundirnos, creían en ello de una forma sumamente literal y concreta. La vida sobre la tierra, tal y como ellos la veían, era simplemente un corto periodo de preparación para una vida infinitamente más importante más allá de la tumba. Pero esta noción ha desaparecido, o está desapareciendo, y las consecuencias realmente no se han afrontado.

La civilización occidental, a diferencia de algunas civilizaciones orientales, se fundó en parte sobre la creencia de la inmortalidad individual. Si uno observa la religión cristiana desde fuera, esta creencia parece mucho más importante que la creencia en Dios. Es muy difícil separar de él la concepción occidental del bien y del mal. Hay pocas dudas de que el moderno culto de adoración del poder está atado al sentimiento del hombre moderno de que la vida aquí y ahora es la única vida que hay. Si la muerte termina con todo, se hace mucho más difícil creer que puedes estar en lo cierto, aunque seas derrotado. Estadistas, naciones, teorías y causas son juzgadas casi inevitablemente mediante la prueba del éxito material. Suponiendo que uno pueda separar los dos fenómenos, diría que la decadencia de la creencia en la inmortalidad personal ha sido tan importante como el crecimiento de la civilización máquina. La civilización máquina tiene posibilidades terribles, como probablemente reflexionaron la otra noche cuando comenzaron los cañones cañones antiaéreos: pero la otra cosa también tiene posibilidades terribles, y no se puede decir que el movimiento socialista les haya dedicado muchos pensamientos.

No quiero que regrese la creencia en la vida tras la muerte, y en cualquier caso no es probable que vuelva. Lo que quiero señalar es que su desaparición ha dejado un gran agujero, y que deberíamos tomar nota de ese hecho. Criado durante miles de años en la noción de que el individuo sobrevive, el hombre ha de hacer un esfuerzo psicológico considerable para acostumbrarse a la noción de que el individuo perece. No es probable que éste pueda salvar la civilización a no ser que pueda desarrollar un sistema del bien y del mal que sea independiente del cielo y el infierno. El marxismo, en efecto, proporciona esto, pero nunca ha sido realmente popularizado. La mayoría de socialistas se contentan con señalar que una vez que se haya establecido el socialismo seremos más felices en un sentido material, y con asumir que todos los problemas desaparecen cuando uno tiene el estómago lleno. Pero la realidad es lo contrario: cuando uno tiene el estómago vacío, su único problema es un estómago vacío. Es cuando nos alejemos del trabajo penoso y de la explotación cuando realmente comenzaremos a preguntarnos sobre el destino del mundo y la razón de su existencia. Uno no puede tener una visión decente del futuro salvo que se dé cuenta de cuánto hemos perdido por la decadencia del cristianismo. Pocos socialistas parecen ser conscientes de ello. Y los intelectuales católicos que se aferran a la letra de los Credos mientras leen en ellos significados que nunca debieron tener, y que se ríen con disimulo de cualquiera lo suficientemente simple como para suponer que los Padres de la Iglesia quisieran decir lo que dijeron, están simplemente levantando cortinas de humo para ocultar su propia incredulidad en sí mismos.


Tengo el gran placer de dar la bienvenida al regreso del Cornhill Magazine tras sus cuatro años de ausencia. Aparte de los artículos -hay uno bueno sobre Mayakovsky de Maurice Bowra, y otro bueno por Raymond Mortimer sobre Brougham y Macaulay- hay algunas notas interesantes por el editor sobre la historia temprana del Cornhill. Un hecho que se saca de ellos es el tamaño y riqueza del público lector victoriano, y las vastas sumas ganadas por hombres literatos en aquellos días. El primer número del Cornhill vendió 120.000 copias. Le pagó a Trollope £2.000 por un serial -él había exigido £3.000- y encargó otro de George Eliot por £10.000. Excepto para los pocos que lograron entrar en el mundo del cine, estas sumas serían bastante impensables hoy día. Tendrías que ser de los mejores incluso para entrar en la clase de los £2.000. En cuanto a los £10.000, para conseguir eso por un solo libro deberías ser alguien como Edgar Rice Burroughs. Una novela hoy en día se considera haber ido bien si le consigue a su autor £500 -una suma que un abogado con éxito puede ganar en un solo día. La estafa de los libros no es tan reciente como “Beachcomber” y otros enemigos de la raza literaria imaginan.

[Artículo original, disponible aquí]

Categorías: As I Please
Escrito por: Syme

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