As I Please, 11 de febrero de 1944

Existen dos actividades periodísticas que siempre te traen una respuesta. Una es atacar a los católicos y la otra es defender a los judíos. Recientemente comenté algunos libros que trataban la persecución de los judíos en la Europa medieval y moderna. La crítica me trajo el habitual fajo de cartas antisemitas, que me dejaron pensando por milésima vez que este problema está siendo evitado incluso por la gente a la que afecta de forma más directa.
Lo inquietante de estas cartas es que no todas vienen de lunáticos. No me importa demasiado la persona que cree en los Protocolos de los Sabios de Sion, ni siquiera en el oficial de ejército licenciado que ha sido injustamente tratado por el gobierno y está enfurecido al ver que se le dan los mejores trabajos a “extranjeros”. Pero sumándose a estos tipos existe el pequeño empresario o hombre profesional que está firmemente convencido de que los judíos se buscan ellos mismos todos sus problemas mediante métodos empresariales turbios y una completa falta de espíritu público. Esta gente escriben cartas razonables, bien equilibradas, niegan cualquier creencia en el racismo, y apoyan todo lo que dicen con abundantes ejemplos. Admiten la existencia de “judíos buenos”, y normalmente declaran (Hitler dice exactamente lo mismo en Mein Kampf) que no comenzaron teniendo ningún sentimiento anti-judío pero que se han visto forzados a tenerlo simplemente observando cómo se comportan los judíos.

La debilidad de la actitud izquierdista hacia el antisemitismo es afrontarla desde el ángulo racional. Obviamente, los cargos hechos contra los judíos no son ciertos. No pueden ser ciertos, en parte porque se cancelan, en parte porque un solo pueblo no puede tener tal monopolio de maldad. Pero simplemente señalando esto uno no llega más lejos. El punto de vista oficial de la izquierda del antisemitismo es que es algo “organizado” por las clases dirigentes para desviar la atención de los verdaderos males de la sociedad. Los judíos, de hecho, son chivos expiatorios. Esto es sin duda correcto, pero es bastante inútil como argumento. Uno no echa por tierra una creencia mostrando que es irracional. Ni es de utilidad alguna, según mi experiencia, hablar sobre la persecución de los judíos en Alemania. Si un hombre tiene la más ligera disposición hacia el antisemitismo, tales cosas rebotan de su conciencia como guisantes de un casco de acero. El mejor argumento de todos, si los argumentos racionales fueran alguna vez de utilidad alguna, sería indicar que los supuestos crímenes de los judíos son sólo posibles porque vivimos en una sociedad que recompensa el crimen. Si los judíos son todos criminales, encarguémonos de ellos arreglando nuestro sistema económico para que los criminales no puedan prosperar. ¿Pero de qué sirve decir esa clase de cosas al hombre que cree como un acto de fe que los judíos dominan el mercado negro, se abren paso hacia la cabeza de las colas y se escaquean del servicio militar?

Nos iría bien una investigación detallada sobre las causas del antisemitismo, y no debería ser viciado de antemano por la presunción de que esas causas son enteramente económicas. Por muy cierta que pueda ser la teoría del “chivo expiatorio” en términos generales, no explica por qué los judíos, en vez de algún otro grupo minoritario, son atacados, ni deja claro de qué son el chivo expiatorio. Algo como el Caso Dreyfus, por ejemplo, no se traduce fácilmente a términos económicos. Por lo que respecta a Gran Bretaña, las cosas importantes a descubrir son simplemente qué cargos se hacen contra los judíos, si realmente está a la alza el antisemitismo (realmente puede haber descendido a lo largo de los últimos treinta años), y hasta qué punto es agravado por el influjo de refugiados desde más o menos 1938.

Uno no debe sólo no asumir que las causas del antisemitismo son económicas en una forma cruda y directa (desempleo, envidia empresarial, etc.), sino que debería también evitar asumir que la gente “sensible” es inmune a esto. Florece especialmente entre hombres literatos, por ejemplo. Sin levantarme siquiera de esta mesa para consultar un libro puedo pensar en pasajes de Villon, Shakespeare, Smollett, Thackeray, H. G. Wells, Aldous Huxley, T. S. Eliot y muchos otros que serían tildados de antisemitas si hubieran sido escritos desde que Hitler llegó al poder. Tanto Belloc como Chesterton flirtearon, o algo más que flirtear, con el antisemitismo, y otros escritores a quienes es posible respetar se lo han tragado más o menos en su vertiente nazi. Claramente la neurosis yace muy profunda, y simplemente qué es lo que la gente odia cuando dicen que odian una entidad no-existente llamada “los judíos” es todavía incierto. Y es en parte el miedo a descubrir cuán extendido está el antisemitismo lo que lo previene de ser seriamente investigado.


Las siguientes líneas son citadas en la Autobiografía de Anthony Trollope:

Cuando el Gusto de Payne-Knight fue publicado en la ciudad
Un puñado de versos griegos en el texto se consignaron
Fueron rotos en pedazos, hechos picadillo,
Arrojados a las llamas como basura execrable;
In pocas palabras, fueron masacrados antes que diseccionados
Y varias cantidades falsas detectadas;
Hasta que, cuando el humo se hubo levantado de las cenizas
Se descubrió que - ¡las líneas eran de Píndaro!

Trollope no deja claro quién es el autor de estas líneas, y estaría muy contento si algún lector pudiera hacérmelo saber. Pero también las cito por su propia conveniencia - esto es, por la terrible advertencia a los críticos literarios que contienen- y para atraer atención sobre la Autobiografía de Trollope, que es un libro de lo más fascinante, a pesar o porque se ocupa en gran medida del dinero.


La disputa que se ha ido desarrollando en Time and Tide sobre el atlas de geografía bélica del sr. J. F. Horrabin es un recordatorio de que los mapas son cosas complicadas, que deben ser consideradas con la misma sospecha que las fotografías y las estadísticas.
Es una interesante manifestación menor de nacionalismo que cada nación se pinta roja en el mapa. También hay una tendencia a hacerte parecer más grande de lo que eres, que es posible sin falsificar realmente nada puesto que cada proyección de la tierra como una superficie plana distorsiona una parte u otra. Durante la “cruzada” Empire Free Trade hubo una distribución gratuita a los colegios de grandes mapas de pared coloreados que estaban hechos sobre una nueva proyección y que empequeñecían la U.R.S.S. mientras exageraban el tamaño de India y África. Luego están los mapas etnológicos y políticos, un material de lo más valioso para la propaganda. Durante la guerra civil española, se pusieron mapas en los pueblos españoles que dividían el mundo en estados socialistas, democráticos y fascistas. De ellos podías aprender que India era una democracia, mientras que Madagascar e Indochina (este era el periodo del gobierno del Frente Popular en Francia) estaban etiquetados como “socialistas”.
La guerra probablemente haya hecho algo para mejorar nuestra geografía. La gente que hace cinco años pensaba que croatas rimaba con cabras y dibujaban sólo una muy oscura distinción entre Minsk y Pinsk, podrían decirte ahora en qué mar desemboca el Volga e indicar sin buscar demasiado la localización de Guadalcanal o Buthidaung. Cientos de miles, si no millones, de ingleses pueden ahora pronunciar Dnepropetrovsk. Pero hace falta una guerra para hacer populares los mapas. Tan recientemente como durante la campaña egipcia de Wavell conocí a una mujer que creía que Italia estaba unida a África, y en 1938, cuando salía hacia Marruecos, algunas personas en mi pueblo -un pueblo muy rústico, ciertamente, pero a sólo cincuenta millas de Londres- me preguntaron si sería necesario cruzar el mar para llegar allí. Si pides a cualquier círculo de personas (me gustaría especialmente hacer esto con los miembros de la Cámara de los Comunes) que dibujen un mapa de Europa de memoria, obtendrías unos resultados sorprendentes. Cualquier gobierno que se preocupara genuinamente de la educación se aseguraría de que un globo terráqueo, en este momento una cara rareza, fuera accesible para cada escolar. Sin noción alguna de qué país sigue a cuál, y cuál es la ruta más rápida de un lugar a otro, y dónde un barco puede ser bombardeado desde la orilla, y dónde no, es difícil ver qué valor puede tener la opinión del ciudadano medio sobre política exterior.

[Artículo original, disponible aquí]

Categorías: As I Please
Escrito por: Syme

2 respuestas a “As I Please, 11 de febrero de 1944”

  1. Nemo Dice:

    son unos putos de mierda

  2. Nemo Dice:

    no entiendo nada

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