As I Please, 7 de enero de 1944

Ojeando las fotografías de la Lista de Honores de Año Nuevo, estoy impresionado (como de costumbre) por la bastante excepcional fealdad y vulgaridad de las caras allí exhibidas. Parece ser casi la norma que la clase de persona que se gana el derecho de llamarse Lord Percy de Falcontowers debería parecer en el mejor de los casos un tabernero sobrealimentado y en el peor un recaudador de impuestos con una úlcera duodenal. Pero nuestro país no está solo en esto. Cualquiera que tenga buena mano para las tijeras y pegamento podría compilar un excelente libro titulado Nuestros Gobernantes, y que consistiría simplemente de fotografías publicadas de los grandes de la tierra. La idea se me ocurrió por primera vez cuando vi en Picture Post unos “fotogramas” de Beaverbrook dando un discurso y pareciendo más un mono en un palo que lo que podría parecerle posible a cualquiera que no lo estuviera haciendo aposta.

Cuando tuviera reunida su colección de führers, reales y aspirantes, podría ver que varias cualidades recurren a a lo largo de la lista. Para empezar, todos son viejos. A pesar de toda la palabrería que se le rinde en todos los lados a la juventud, no hay tal cosa como una persona en una posición verdaderamente de mando que tenga menos de cincuenta años. Segundo, son casi todos pequeños. Un dictador más alto de cinco pies y seis pulgadas [aproximadamente unos 168 centímetros] es una gran rareza. Y tercero, existe esta casi general y a veces bastante fantástica fealdad. La colección contendría fotografías de Streicher explotando un vaso sanguíneo, señores de la guerra japoneses imitando a babuínos, Mussolini con su achaparrada papada, el timorato De Gaulle, el achaparrado y brazicorto Churchill, Gandhi con su larga y maliciosa nariz y enormes orejas de murciélago, Tojo exhibiendo treinta y dos dientes con oro en cada uno de ellos. Y enfrente de cada uno, para contrastar, habría una fotografía de un ser humano común del país implicado. Frente a Hitler un joven marino de un submarino alemán, frente a Tojo un campesino japonés del tipo viejo – y así sucesivamente.

Pero de vuelta a la Lista de Honores. Cuando uno recuerda que casi la totalidad del resto del mundo lo ha abandonado, parece extraño ver que esta tontería todavía continúe en Inglaterra, un país en el cual la misma noción de aristocracia pereció hace cientos de años. La diferencia de raza sobre la cual suele estar fundamentado el dominio aristocrático había desaparecido de Inglaterra a finales de la Edad Media, y el concepto de “sangre azul” como algo valioso en sí, e independiente del dinero, estaba desapareciendo en la época de Isabel. Desde entonces hemos sido una plutocracia pura y dura. Pero aún así seguimos haciendo esfuerzos espasmódicos de vestirnos cpn los colores del feudalismo medieval.

¡Imagínense el Herald’s Office solemnemente falsificando pedigrís e inventando escudos heráldicos con sirenas y unicornios echados, contornados, y qué sé yo, para directores de compañía de bombin y pantalón diplomático! Lo que más me gusta a mí es la cuidadosa graduación mediante el cual los honores son siempre servidos en directa proporción a la cantidad de daño hecha – baronías para las Grandes Empresas, baronetcías para cirujanos de moda, títulos de caballero para profesores mansos. ¿Pero se imagina esta gente que por llamarse lords, caballeros y demás tienen de alguna forma algo en común con la aristocracia medieval? ¿Cree Sir Walter Citrine, por ejemplo, ser la misma clase de persona que Childe Roland (¡llegó el noble Citrine a la tenebrosa torre!)?, o ¿tiene Lord Nuffield la impresión de que deberíamos confundirlo con un cruzado con cota de malla?

De todas formas, este asunto de la lista de honores tiene un aspecto severamente práctivo, y es que un título es un alias de primera clase. El sr. X puede prácticamente cancelar su pasado convirtiéndose en Lord Y. Algunos de los designios ministeriales que se han hecho durante esta guerra apenas habrían sido posibles sin un disfraz similar. Como dijo Tom Paine: “Esta gente cambia sus nombres tan a menudo que es tan difícil conocerlos como lo es conocer a los ladrones.”


Escribo esto al ritmo de un martillo eléctrico. Están taladrando agujeros en las paredes de un refugio, retirando ladrillos en intervalos regulares. ¿Por qué? Porque el refugio corre el peligro de caerse y es necesrio darle un revestimiento de cemento.

Parece dudoso que esos refugios fueran alguna vez de mucha utilidad. Darían protección contra astillas y explosiones, pero no más que las paredes de una casa común, y la única vez que vi una bomba caer en un lugar cercano a uno lo cortó del suelo casi como si se hubiera hecho con un cuchillo. El caso es, de todas formas, que durante el tiempo en que se construían estos refugios se sabía que se caerían en un año o dos. Innumerables personas señalaron esto. Pero nada ocurrió; la chapucera construcción continuó, y alguién se hizo con el contrato.

Efectivamente, un año o dos más tarde, los profetas tuvieron razón. La argamasa comenzó a salirse de las paredes, y se hizo necesario revestir los refugios con cemento. Una vez más alguien -tal vez fue el mismo alguien- se hizo con el contrato. No sé si, en alguna parte del país, estos refugios son realmente utilizados en ataques aéreos. En mi parte de Londres nunca han existido dudas al respecto; de hecho, se mantienen cerrados permanentemente para que no sean utilizados con “fines impropios”. Hay una cosa, no obstante, para la que pueden ser posiblemente útiles y es como fortines en luchas urbanas. Y en general han sido construidos en las calles más pobres. Me haría gracia si cuando llegara el momento los peces gordos no fueran capaces de aplastar al populacho porque les hubieran provisto inconscientemente con miles de nidos de ametralladoras de antemano.

[Artículo original, disponible aquí]

Categorías: As I Please, Destacados
Escrito por: Syme

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