As I Please, 31 de diciembre de 1943
Leyendo las discusiones acerca de la culpabilidad de la guerra que retumban en las columnas de correspondencia de los periódicos, noto la sorpresa con la que mucha gente parece descubrir que la guerra no es un crimen. Hitler, parece, no ha hecho nada punible. No ha violado a nadie, ni se ha llevado piezas de botín con sus propias manos, ni ha azotado personalmente a ningún prisionero, enterrado vivo a ningún hombre herido, lanzado bebés al aire y espetado con su bayoneta, mojado monjas en petróleo e incendiado con cirios de iglesia -de hecho no ha hecho ninguna de las cosas que se suele acreditar a los nacionales enemigos de hacer durante una guerra. Sólo ha precipitado un guerra mundial que tal vez haya costado veinte millones de vidas antes de que termine. Y en eso no hay nada ilegal. ¿Cómo podría haberlo, cuando la legalidad implica autoridad y no hay autoridad con el poder de trascender fronteras nacionales?
En los recientes juicios en Kharkov se hizo algún intento de colocar sobre Hitler, Himmler y los demás la responsabilidad de los crímenes de sus subordinados, pero el mero hecho de que esto tuviera que hacerse muestra que la culpabilidad de Hitler no es auto-evidente. Su crímen, se entiende, no fue construir un ejército con el objetivo de una guerra agresiva, sino instruir a ese ejército para torturar a sus prisioneros. Dentro de sus límites, la distinción entre una atrocidad y un acto de guerra es válida. Una atrocidad significa un acto de terrorismo que no tiene objetivo militar genuino alguno. Uno debe aceptar tales distinciones si uno acepta la guerra en sí, que en la práctica todo el mundo hace. No obstante, un mundo en el que está mal asesinar a un civil individual y bien lanzar mil toneladas de explosivos sobre areas residenciales a veces hace que me pregunte si esta tierra nuestra no es un manicomio utilizado por algún otro planeta.
Mientras el autobús 53 me lleva de un lado a otro, nunca, por lo menos cuando hay luz suficiente para que pueda ver, paso la pequeña iglesia de St John, justo pasando la carretera desde Lord’s, sin una punzada. Es una iglesia de la Regencia, una de las muy pocas de la época, y cuando pasas por allí bien merece la pena entrar dentro para ver su amigable interior y leer los resonantes epitafios de los Nawabs de la India Oriental que yacen enterrados allí. Pero su fachada, una de las más encantadoras de Londres, ha sido totalmente estropeada por un espantoso memorial de guerra que hay delante. Esa parece ser una norma fijada en Londres: cuando por alguna casualidad tienes una vista decente, bloquéala con la estatua más fea que puedas encontrar. Y, desafortunadamente, nunca hemos andado lo suficientemente escasos de bronce para que estas cosas sean fundidas.
Si escalas hasta lo alto de la colina en Greenwich Park, puedes tener la suave emoción de hallarte exactamente en la longitud 0º, y también puedes examinar el edificio más feo en el mundo, el Observatorio de Greenwich. Después mira colina abajo hacia el Támesis. Extendido bajo tuya están la pieza maestra de Wren, el Hospital de Greenwich (ahora el Naval College) y otro exquisito edificio clásico conocido como la Queen’s House. Los arquitectos responsables de ese desorden desparramado sin forma en lo alto de la colina tenían esos otros dos edificios bajo sus ojos mientras se colocaba cada ladrillo.
Como dijo el sr. Osbert Sitwell en los días de los “bombardeos de Baedeker” - ¡qué ingenuo de los alemanes imaginar que los británicos podríamos ser intimidados por la destrucción de nuestros monumentos antiguos! ¡Como si cualquier estrago de las bombas alemanas pudiera posiblemente igualar las cosas que hemos hecho nosotros!
Veo que el sr. Bernard Shaw, entre otros, quiere reescribir el segundo verso del Himno Nacional. La versión del sr. Shaw retiene referencias a Dios y el Rey, pero es con un sentimiento vagamente internacionalista. Esto me parece ridículo. No tener un himno nacional sería lógico. Pero si tienes uno, su función debe necesariamente ser señalar que nosotros somos Buenos y nuestros enemigos son Malos. Además, el sr. Shaw quiere cortar las únicas líneas que contiene el himno que merecen la pena. Todos los instrumentos de metal y tambores del mundo no pueden convertir “God Save the King” en una melodía buena, pero en las raras ocasiones en las que se canta en su totalidad sí cobra vida en las dos líneas:
¡Confunde sus políticas,
Frustra sus viles trucos!
Y, de hecho, siempre imaginé que el segundo verso se deja habitualmente fuera a causa de una vaga sospecha por parte de los Tories de que estas líneas se refieren a ellos.
Otra adquisición por nueve peniques: Chronological Tablets, exhibiting every Remarkable Occurrence from the Creation of the World down to the Present Time. Impreso por J. D. Dewick, Aldersgate Street, en el año 1801.
Con interés miré la fecha de la creación del mundo, y descubrí que fue en el 4004 a.C y “se supone ocurrió durante el otoño”. Más adelante en el libro se da más exactamente como septiembre de 4004.
Al final hay un número de hojas en blanco en las que el lector puede seguir las crónicas por su cuenta. Quienquiera que poseyera este libro no lo siguió muy lejos, pero una de las últimas entradas es “Martes 4 de mayo. Aquí se proclamó la paz. Iluminación general.” Esa fue la Paz de Amiens. Esto puede advertirnos de no ser demasiado prematuros con nuestras propias iluminaciones cuando venga el armisticio.
[Artículo original, disponible aquí]
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Escrito por: Syme
