Un fantasma en el espacio profundo

Publicado el Martes, 8 de Enero de 2008

El joven Kaal Djaal sentía debilidad por el arqueólogo. Su misantropía, el menosprecio hacia las convenciones y su carácter algo estrafalario lo hacían aparecer ante los ojos del preadolescente más en términos de igualdad que como un ejemplo a imitar. Cuestión de neuronas-espejo, no de liderazgo. Jonah rondaba la cuarentena; alto, cenceño, con el rostro curtido por la radiación del espacio profundo, servía en la marina de Sarka como oficial científico desde hacía años, acompañando a la capitana Vargas durante sus últimas misiones. También se encargaba de la búsqueda y catalogación de transmisiones de datos antiguas. En realidad él no era militar, ni siquiera navegante, sino radioarqueólogo.

Existen dos tipos de arqueología: la que busca objetos, más frecuente en los tiempos antiguos, y la arqueología de señales cósmicas, una ciencia finalmente integrada en el stablishment gracias al esfuerzo heroico de cuarenta generaciones de especialistas a lo largo de más de mil años. Una normativa de la Federación exige que todas las naves de cierto tamaño, tanto militares como civiles, lleven a bordo un equipo completo para la detección de de radiotransmisiones antiguas. El verdadero motivo no es prestar un servicio a la ciencia, sino el espionaje encubierto, ya que para descubrir la señal antigua es preciso escuchar canales de uso más valorizable utilizados generalmente por los gobiernos, el comercio o incluso contrabandistas.

Los cruceros nuevos que se construyen para la armada recogen las transmisiones en un colector principal y el computador de a bordo se encarga de separar lo que podría resultar interesante para la Academia de Ciencias de Las Islas de otros datos que competen en exclusiva al Almirantazgo. Pero en los viejos tiempos cada nave llevaba un observatorio en forma de domo invertido en la parte más baja del crucero, desde donde el radioarqueólogo manejaba sus aparatos. El Blanik era una de tales embarcaciones. Para llegar al domo había que bajar treinta metros de escalerilla -empresa fácil, dado el debilitamiento de la gravedad artificial-, y una vez abajo, con una cosquilleante sensación de vértigo en la parte baja de la pelvis, podías contemplar a tus pies toda la gloria del espacio exterior. Allí era donde Jonah, desde una silla extensible, vigilaba las pantallas del instrumental: la sonda cuántica, el detector de neutrinos y un vetusto scanner Chetverikov, con sus válvulas de plasma desprendiendo un fulgor azulado en medio de la penumbra.

“Son los mejores receptores que se hayan hecho jamás”, explicó Jonah. “Lástima que dejaran de fabricarse hace un siglo”.

Contrariamente a la noción popular, no existe una diferencia esencial entre la labor de un radioarqueólogo y la de un excavador de zanjas en sentido literal. Los objetos -es decir, huesos, adoquines, fragmentos de metal y plástico, o en el otro caso ondas errabundas- son lo de menos. En el fondo no se trata más que de una eterna búsqueda en pos de la huella del hombre, único ser racional que se conoce en lo que llevamos explorado del cosmos, dejando por supuesto a un lado los chimpancés modificados genéticamente y los famosos termiteros de Betelgeuse. En la comunidad científica aun no existe acuerdo respecto a si estos últimos son obra de seres inteligentes o animales.

Después de graduarse Jonah estuvo trabajando durante dos años en un enclave de la radiosfera. Pero entonces estallaron las Guerras de la Federación y tuvo que alistarse en la marina de Sarka.

“¿Qué es la radiosfera?” preguntó el joven Djaal.

“Llamamos radiosfera a todo el horizonte situado en un radio de 9.000 años-luz con centro en la Tierra. Esa es la distancia que han recorrido hasta la fecha las ondas hertzianas desde el momento en que comenzaron a ser producidas por medios artificiales. Alguien que en mi especialidad no conozca la radiosfera sería como un fiel del Culto al Hombre Revivido que jamás hubiera estado en Nueva Roma. Allí hay gran cantidad de material procedente de los comienzos de la explotación industrial del espectro radioeléctrico. En el siglo y medio posterior al descubrimiento del electromagnetismo por el sabio Maxwell, el planeta entero y el espacio circundante se saturaron de ondas. Estas transmisiones se alejan hacia el espacio galáctico a la velocidad de la luz, y constituyen el objeto de estudio del radioarqueólogo, que se dedica a localizar, amplificar, procesar, analizar e inventariar la señal”.

“¿Cómo pueden captar una señal de tecnología tan antigua a tanta distancia, y después de haber flotado a la deriva durante noventa siglos?”, quiso saber Kaal Djaal. Jonah contestó: “Si fuera algo sencillo no tendríamos que pasar tres años en una Escuela de Ingeniería. La señal llega hasta nosotros muy atenuada. Para recogerla necesitaríamos un radiotelescopio enorme. Pero aquí es donde interviene el scanner Chetverikov, hozando en la misma estructura del espacio-tiempo como un microcerdo coreliano en busca de trufas, para sacar de ella lo que queda de la onda de radio, que a veces no es mucho. Después el ordenador nos permite corregir las distorsiones y emular un receptor, ya que los chismes que se utilizaban para captar y reproducir la onda electromagnética dejaron de existir hace mucho tiempo…”

Hablamos de un arte tedioso: esto es precisamente lo que le ha permitido convertirse en ciencia respetable, no el sufrimiento abnegado de todos esos pioneros que salieron al espacio en busca de sus ondas y no regresaron jamás. Casi todo lo que se detecta es inconexo, fragmentario, banal… Hay mensajes militares, jerga ingenieril en lenguas extinguidas, portadoras sin modular procedentes de radiobalizas y sistemas de guiado de aeronaves, y sobre todo una enorme cantidad de odas y cánticos a virtudes, tanto reales como pretendidas, de artículos baratos elaborados con métodos de producción en serie. Las pocas imágenes que se ha conseguido recuperar íntegras corresponden a telefilmes y programas de entretenimiento y variedades que probablemente significaron algo en su tiempo, pero que desde la perspectiva de una persona cultivada actual resultan incomprensibles, vulgares y en no pocas ocasiones inconcebiblemente decadentes y estúpidos.

“Fíjate en esto: es un ejemplo de lo que solemos encontrar”. Jonah mostró al chico en pantalla las imágenes en blanco y negro de un extraño cajón metálico levitando por encima de un asteroide cubierto de cráteres, mientras una voz en off pronunciaba algunas palabras ininteligibles por debajo de un fortísimo ruido estático. Solo pudo entender una frase, pronunciada en stark, el antiguo idioma oficial de la Federación: “El Aguila ha aterrizado”.

“No me preguntes qué quiere decir”, dijo Jonah. “Mineros, piratas, o tal vez gitanos del espacio tratando de robar el reactor de fusión de una planta terraformadora. Nadie lo sabe.”

Kaal Djaal quería ver de nuevo aquellas imágenes. El chico se había dejado atrapar por una extraña fascinación.

“¡Aguarda un momento!”, exclamó Jonah, alargando la mano hacia el pequeño estante donde guardaba sus discos: “Te voy a enseñar algo mucho mejor. Esto lo capté hace quince años, antes de que la emperatriz Phorenice iniciara su guerra contra la Federación. Nunca se lo he mostrado a nadie.”

Introdujo una tarjeta en la unidad lectora y después de mirar un rato en el índice de contenidos dio con lo que buscaba. Un video con imágenes reprocesadas, algo ramplón, pero extrañamente seductor. Mostraba a una rubia de botellazo paseando por la calle en compañía de un individuo. De pronto la mujer se puso de pie encima de una rejilla de ventilación, y el aire que salía desde abajo levantó su falda de una forma espectacular, como si quisiera arrancársela, dejándole las piernas al aire mientras ella se resistía sujetando el vestido con las manos.

“Ya sé que es ridículo”, confesó Jonah. “Pero por alguna razón no puedo dejar de mirarlo una y otra vez.”

igandekoa @ 11:30 pm
Clasificado bajo: Relatos


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