El primero de ellos, anoche. 23:25, minutos antes de que pase el último autobús. Se me acerca una joven, así a ojo de unos veinticinco años.
- Perdona, ¿tienes un euro para llamar por teléfono?
- Todas las veces que me han dicho eso era mentira. ¿Por qué no llamas a cobro revertido?
- Es que… es que tengo que llamar desde la cabina.
- Pues llama a cobro revertido. Es el 1009.
- Lo he intentado, pero no me deja llamar a un móvil.
- Ya. ¿Y a quién tienes que llamar?
- A… a… a mi novio.
- Pues nada. Toma, llama desde mi teléfono. [Se lo ofrezco]
- No… es que… se va a enfadar y eso.
- Te pillé. Lo siento.
- Muchas gracias, ¿eh?
El segundo diálogo, hace alrededor de una hora. Todavía no ha amanecido. Camino por la acera cuando sobrepaso (la juventud y sus prisas, ya se sabe) a una señora de negro, con pañuelo y gafas de sol incluidas.
- Disculpe, ¿tiene usted un cigarro?
- No, lo siento. No fumo.
- Gafitas.
- [Me detengo. Me giro] ¿Disculpe?
- Gafitas.
- ¿Cómo?
- Porque soy una persona mayor y, si me pasa algo, es culpa suya, porque…
- Erm… ¿por qué lleva usted gafas de sol, si es de noche?
- ¡Porque soy ciega!
- Si, ya…
- ¡No me lleve usted la contraria! Porque…
- Venga… adiós…
Y es que, a las siete de la mañana, uno no está especialmente creativo. Es una pena que respuestas como ¿y se ha parado usted a pensar por qué morirá sola? nunca se me ocurran en el momento.