La carretera de Damasco
Siete años después de las ejecuciones en el Gólgota alguien llamó a la puerta en la casa de Simón Pedro. Al abrir, el recio y corpulento pescador se encontró un individuo de lo más extraño: pequeño, delgado, aproximadamente de la misma edad que él, unos cuarenta años, con brazos de gimnasta y aspecto distinguido. Se trataba de una visita inverosímil, ya que Saulo de Tarso era un fariseo, un judío educado en la cultura helénica cuyo padre pertenecía a esa élite de gerifaltes locales que se dedicaban a recaudar impuestos y proveer de funcionarios locales al poder de Roma. Por si fuera poco Saulo se había hecho notar durante los últimos años como un implacable perseguidor de las congregaciones cristianas. Había motivos suficientes para desconfiar del recién llegado.
Sin embargo Saulo no venía con el propósito de tender ninguna encerrona. Fueron necesarias largas explicaciones para convencer al reticente Simón Pedro, hombre inculto, que no destacaba además por su agudeza mental, de las ventajas que ofrecía una cooperación entre ambos. Finalmente el pescador accedió a admitirle como huésped y a trabajar con él. Saulo ya no era el mismo sabueso que solía aterrorizar a los fieles con demandas legales e inspecciones del fisco. Un enigmático incidente, acaecido tres años antes en la carretera de Damasco, había producido un cambio fundamental en su vida.
He aquí un relato de lo que le sucedió en el año 37, cuando iba camino de Damasco.
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Escrito por: igandekoa
