(Flash Gordon, tras haber acabado con el régimen dictatorial del malvado Emperador Ming, se encuentra de visita oficial en el reino de Aenoria, donde la Asociación Gay del Planeta Mongo le ha organizado yn homenaje en agradecimiento por haberles liberado de la tiranía homófoba del gobierno anterior. Antes de partir desde Arboria, el Príncipe Barin le advierte sobre el peculiar carácter y las excentricidades del mandatario aenoriano, el Príncipe Metrik, joven miope y regordete con calvicie en irreversible estado de consolidación y mentalidad burocrática).
Aenoria, 35 de Eroxx de 11.002
Barin es un tipo fenomenal. Vaya huevos. Me recuerda a aquel presidente español que me condecoró tras la guerra de Irak, ¿cómo se llamaba? ¡Ah, sí: Ansar! Pues del Príncipe Barin se puede opinar lo mismo que de él pensaba nuestro presidente George W. Bush: “The man has got cojones”. Jamás podré agradecerle todo lo que ha hecho por mí.
Llevamos dos días en este país y salvo por el plasta de Metrik, no parece que la cosa vaya del todo mal: se come bien, y las mujeres tienen unas carrocerías impresionantes, como en todos los sitios a los que suelo ir. ¡Esto sí que es algo peculiar! A veces tengo la sospecha de que mi vida es una película o un cómic, porque hasta la fecha solamente me he topado con unas hembras auténticamente de bandera. Mis hados aun no me han permitido ver esas mujeres de la limpieza, esas monjas o esos putorros que al parecer solo existen en los chistes de Zarkov. El otro día, sin ir más lejos, fui a Mercamongo para comprar una bacalada autóctona. La dependienta que me atendió llevaba el pelo desgreñado, el mandil salpicado de sangre y en la mano un cuchillo de destazar reptiles marinos. Pero aun asi, ¡Santa Madre de Dios, cómo estaba la tía! No solo se me insinuó y me hizo una rebaja en la bacalada, sino que además escribió su número de teléfono en el ticket de la compra. Naturalmente ni me molesté en llamarla.
Pero las aenorianas sí que son un espectáculo: verlas pasear por los bulevares cuando cae la tarde, con esas minifaldas y esos escotes, cogidas del brazo de sus maromos o llevando al extremo de una correa una de esas bolas peludas con tres patas que aquí tienen como mascotas. Ahora sé por qué Zarkov lleva gafas de sol desde que vino al planeta Mongo. ¡Menudas jacas! Además parecen tan accesibles y enrolladas como en la capital del Imperio. Si no fuera por respeto a Dale, ya le habría dado un viaje a más de una.
¿Cómo describir al Príncipe Metrik? El individuo es más raro que un perro verde -expresión que, dicho sea de paso, carace de sentido en Mongo, ya que hay aquí unos bichos que ladran y son de color verde-. Pero parece inofensivo. Ahora sí, su manía por los reglamentos y los estándares resulta del todo inaguantable. Ayer noche durante la recepción no hizo más que hablar de especificaciones industriales, control de calidad, rectas de regresión, procesos de mejora continua y la puta campana de Gauss. ¡Menudo rollazo nos metió, el tío! Dale estaba que se caía ñeque sobre el mantel, y cada vez que le entraban ganas de bostezar se ponía la servilleta delante de la boca para disimular. Empresa nada fácil, ya que el tipo será pelma, pero de tonto no tiene un pelo, y no le quitaba el ojo de encima a mi novia en ningún momento. He estado hablando con Zarkov y le he pedido su parecer acerca de Metrik, concretamente si piensa que es tan peligroso como sugiere Barin. Zarkov se engogió de hombros. Dice que no le gusta juzgar a las personas, y que para él todo hombre es honorable mientras no se demuestre lo contrario. Opina que el Príncipe Metrik es un tolay, y que al igual que los políticos y los funcionarios terráqueos, su nocividad no procede tanto de su mala intención como de que en cualquier momento le se le puedan cruzar los cables y cometa alguna gilipollez.
Según tengo entendido, uno de los desacuerdos con el derrocado emperador Ming era precisamente esta manía de Metrik por normalizarlo todo: Al tirano le podían interesar las homologaciones en la medida en que se aplicaran a tornillos, propulsores antigravitatorios, pistolas de rayos y cosas asi; es decir, el control de calidad en ámbitos técnicos que le sirvieran de ayuda para mantenerse en el poder. Sin embargo, al botarate de Metrik se le fue la olla y empezó a definir estándares para todo, incluso para el protocolo imperial y el harén del déspota. De modo que Ming se mosqueó y lo metió en un campo de prisioneros (ironías del destino, homologado por el propio Metrik). Asi fue como el reino de Aenoria y su despreciable pueblo de burócratas y chupatintas se unió a la rebelión.
Hoy por la mañana nos disponíamos a salir de paseo, después de desayunar a toda prisa para evitar que nos cogiera por banda, cuando de repente, ¡zas! ¿quién aparece por el buffét? Metrik en persona, para saber si estábamos contentos, si nos sentíamos cómodos y todo eso. Llevaba un block de formularios en el que iba apuntando las respuestas. Dijo que era importante para certificar el sistema de hospitalidad palaciega. “¡Joder, ese tío está enfermo!” exclamó Zarkov cuando coincidimos en el WC antes de comer. “¡No entiendo cómo puede andar con esas gilipolleces perfeccionistas cuando es él quien se certifica a sí mismo! ¡Una cosa sí que te puedo decir, Flash: no son españoles!”. Zarkov posee autoridad para enjuiciarlo, puesto que su madre es oriunda de Barbate.
Cuando estás con un mandatario normal te invita a ver sus dominios, sus armas, sus trofeos de caza o incluso su harén, como me pasó con un cacique del Subcontinente Cli-Cli que estaba algo volado. Metrik te lleva a visitar su despacho, donde guarda sus dispositivos de calibración, sus polímetros, sus libros de estadística, su rotativa offset particular para formularios y la colección completa de normas MIN (Mongo Industrie-Norm). “No en DVD como los consultores de poca monta, sino en archivadores como Dios manda” dice, con un pícaro guiño. “¡Toda una pared llena de ellos!”
A todo esto Zarkov, el muy miserable, bajo pretexto de que su madre le llamaba por conferencia intergaláctica, ya había hecho mutis por el foro. Se pasó toda la mañana en un centro comercial de Aenoria, de compras con Dale, mirando a las camareras y a las dependientas de las tiendas, mientras yo me tragaba las soporíferas losas de Metrik. Solo ha habido una situación en la que lo pasara peor: fue hace muchos años, en una conferencia de Al Gore sobre el calentamiento global. El tío no solamente es un pelmazo, sino también un geta de marca mayor. Asegura que sus normas MIN son la quintaesencia destilada por cinco mil años de burocracia industrial en el planeta Mongo. Pero a mí no me la da con queso: abre cualquiera de los tomos y comprobarás lo mucho que ha fusilado de otra muy conocida colección de normas alemanas.
El pavo tenía algunos objetos realmente extravagantes, como un fragmento de metal plateado de raro diseño que se mantenía suspendido en el aire merced a un campo antigravitatorio. “Esto”, me explicó, “es una mediana normalizada para la aerovía”. A pesar de que les había costado un huevo diseñarla, a Ming no le gustó, porque su guardia personal mostraba cierta propensión a chocar con ella cuando iban escoltándole en motos volantes, a resultas de lo cual los esbirros quedaban gravemente mutilados -entiéndase: cuando lograban sobrevivir a la caída de doscientos o trescientos metros existente entre la cota de la aerovía y el nivel de la calzada peatonal-.
Metrik es todo un caso. En su país la homologación y los trámites constituyen un vicio nacional tan extendido que ríete de los franceses con sus quesos y sus perfumes, o de los griegos a la hora de la siesta. Las normas no solo afectan a productos industriales como tuercas, latas de refresco, sellos de correos y papel, sino también a cosas de lo más impensable como la longitud del césped en los jardines, el color de la ropa interior de señora y hasta las mismas sentencias judiciales, elaboradas en forma de impreso para quitarle al magistrado un trabajo que después se le reintegra de manera desproporcionada en forma de seminarios para la ISO-15000 o evaluaciones de 180 grados.
“El gran inconveniente” me explicó, “es que si no hay un recuadro correspondiente al delito tipificado te pueden recurrir la sentencia, y luego es un follón tremendo. Pero bueno, de todos modos resulta preferible a eso de caerse de una aeromotocicleta viendo como tu pierna desciende por separado a cinco metros de distancia, ¿no le parece?”. Al oirle mascullar semejante parida, mostrando sus incisivos como un conejito mientras reía, sentí deseos de propinarle un puntapié en su oficioso culo.
Aquel suplicio se prolongó después de la hora de comer, hasta que vino un chambelán a avisarle sobre una emergencia en las fronteras. Un pueblo bárbaro situado en los confines del reino se negaba a adoptar los nuevos bidones de aluminio estándard para la leche de sus cabras. El Príncipe Metrik, compungido y visiblemente nervioso, se marchó tras haberse disculpado por tener que interrumpir nuestra interesante charla, mas en aquel momento asuntos más perentorios recababan su atención: hacer frente a una grave crisis nacional que podía significar la guerra con los nómadas, pero que para mí supuso un alivio providencial.
Por la noche me sentía cansado y de mala leche. Encontré a Dale sentada frente a la cómoda, cepillándose sus largos y sedosos cabellos negros. “¡Qué mala cara tienes!” me dijo. Me preguntó qué tal había pasado el día y le conté la verdad, acompañada de un par de observaciones sarcásticas que ella encontró desconsideradas para con nuestro anfitrión, y por las que me reprendió: “No seas duro con él, cariñazo. No es un mal tipo. El hombre hace lo que puede por mostrarse amable…”
“Sobre todo contigo” le respondí, intentando mostrar mi sonrisa más canallesca y lasciva -algo que decididamente jamás se me dará bien, porque soy un pésimo actor. Tengo menos facultades interpretativas que Tom Cruise en La Guerra de los Mundos-. “Ya me fijado en cómo te mira el escote”. Tuve que apartarme para esquivar la trayectoria del cepillo, que pasando de largo fue a dar contra un higo chumbo cantarín, arrancándole un chillido de dolor. Dale y yo nos pusimos a pelear sobre la cama. Hicimos unas risas, y lo que siguió después no es apto para todos los públicos.