Aquel grupo de 6.000 prisioneros, hacinados en el montículo junto a sus camaradas muertos y rodeados por un muro infranqueable de legionarios que los mantenían vigilados a punta de pilum, era cuanto quedaba de la terrible rebelión de los esclavos, que durante dos años había sumido a Italia en un baño de sangre. El General Craso, acompañado de un centurión, se aproximó al círculo de soldados, ordenó que le abrieran paso y haciendo bocina con las manos se dirigió a los cautivos en estos términos:
“¡Esclavos! No os hagáis ilusiones. Por haber asesinado a vuestros señores, devastado los campos y pasado a cuchillo a ciudadanos inocentes, sin perdonar a mujeres, niños y ancianos, estáis ya sentenciados. Tomar las armas contra Roma es un delito que se castiga con la muerte. Sin embargo, aun estáis a tiempo de evitar lo peor. Yo puedo hacer que os manden a las minas de Hispania, en vez de ser ejecutados aquí mismo: entregadme a vuestro jefe Zapatero y os perdonaré la vida.”
Los prisioneros miraban expectantes. De pronto, uno de ellos se levantó, haciendo sonar sus grilletes en medio de un silencio sepulcral, y con toda la fuerza de sus pulmones exclamó: “¡Yo soy Zapatero!”. Lo que sucedió acto seguido fue algo inenarrable. Otro más se puso en pie diciendo que era Zapatero. Y otro, y otro más, y después un pelotón entero. Y finalmente todos los prisioneros se levantaron gritando como un solo hombre: ¡Yo soy Zapatero! Y aquel bramido de libertad rugió como un trueno en la campiña de Apulia.
Algunos legionarios soltaron una lágrima de emoción, pero Craso estaba rojo de cólera:
“¡Joder, no! ¡Otra vez la misma mierda no!” vociferó, tirando su casco al suelo y lanzándolo de una patada en dirección a un pequeño grupo de legionarios que se apartaron para evitar que les cayera encima. “¡No hay derecho, coño! ¡Ahora tendremos que crucificarlos a todos! ¡Hala, más curro! ¡Y yo que quería volver a Roma para el fin de semana! ¡Siempre me pasa igual!”
“No necesariamente, Proconsul”, dijo el Centurión, interrumpiendo con respeto a su superior. “De nada les ha servido su noble gesto, porque ya sabemos quién es Zapatero”.
“¡Por los dioses!” exclamó Craso, poniendo la mano en el hombro del oficial. “Dímelo y te daré aquí mismo los 400.000 sestercios que necesitas para que te asciendan a la clase ecuestre. “¡Por nada del mundo estoy dispuesto a perderme el Derby de cuádrigas en el Coliseo!”
“Fíjate bien, Procónsul: es aquel de allá al fondo. ¡El único de todos ellos que no se ha levantado!”
Igandekoa, me encantan tus relatos ;-)