Darth Vader llegó a su domicilio fatigado y de mal genio. Había sido un día agotador, lleno de lances y villanías como de costumbre: aplastamiento de una rebelión en el Sistema Coccix III, envío definitivo a la reserva (él prefería llamarlo asi) de los últimos veteranos de la Guardia Republicana, exterminio de los dirigentes de la Federación de Comercio, voladura de un par de planetas contestatarios y una bronca del Emperador Palpatine por haber dejado escapar dos naves rebeldes en el sector de Betelgeuse.
Ahora podría descansar, quitarse el casco y el sintetizador de voz, tomar una copa y dejar que el aire acondicionado le diera durante un rato sobre la masa encefálica. No obstante, al ver que su secretario le esperaba en el vestíbulo, supo que los problemas no habían terminado. “Comandante Tietze” espetó, colérico, con su voz gutural siniestramente deformada por el digitalizador, “espero que se trate de algo importante, o más le valdrá tener sus amígdalas aseguradas”.
“Disculpe, Lord Vader”, respondió el militar imperial, entregándole con mano temblorosa una tarjeta holográfica con el logotipo de UPS-Galactic, “es un asunto de última hora que le afecta a usted personalmente… He creído conveniente no esperar hasta mañana, ya que zarpamos muy temprano para esa expedición de castigo contra los wookies”.
Darth Vader examinó el holograma: se trataba de varias acciones legales dirigidas contra él. Una denuncia por abandono de hogar, el recurso de un contrabandista llamado Han Solo que protestaba contra la confiscación de su nave por impago de las tasas de atraque, una querella de Amnistía Intergaláctica por un presunto delito de genocidio cometido contra la etnia Tusken del planeta Tatooine. También se le acusaba de infanticidio en el Templo Jedi y de otros delitos antiguos de menor laya -que por cierto deberían estar ya prescritos si no viviéramos en una galaxia tan querulante, resentida y cabrona- como participar en carreras de bólidos antigravitatorios sin tener la edad mínima, conducción temeraria y exceso de velocidad en la aerovía Imperial Nr. 5 y alteración del orden público con sables láser en un local de copas de los bajos fondos de Coruscant.
Estaba a punto de montar en cólera, pero de repente pensó que a lo peor tenían entre manos un asunto más serio de lo que pudiera parecer a simple vista. Tietze se tranquilizó al advertir el cambio de ánimo. Su tráquea estaba a salvo, al menos por el momento…
“Me pregunto quién andará detrás de todo esto. ¿Qué opina usted, Tietze?”
“Excelencia, eso no es todo: un juez español acaba de enviar una comisión rogatoria para que usted sea extraditado a la Tierra por crímenes contra la humanidad y otras razas galácticas. Y por si fuera poco, con el argumento de que el Imperio es heredero de todos los compromisos del gobierno de la extinta República, también se le acusa de haber violado la Ley de Reproducción Asistida…”
“¡Esto es el colmo!” exclamó iracundo Vader, levantando los brazos. “¡Yo no tuve nada que ver con aquel ejército de clones! Fueron los Jedi quienes mandaron fabricarlo, y la idea salió de ese condenado Maestro Yoda. Siempre va por ahi dándoselas de tío legal y exhibiendo esa imagen de asceta, pero en el fondo no es más que un sinvergüenza y un miserable. Estoy convencido de que incluso sus defectos de dicción son fingidos. ¡Cuando le ponga la mano encima a ese maldito enano va a saber lo que es hablar en un correcto español! ¡Tengo un dispositivo que le hará crecer tanto como un maestro clonador de Kamino!” Vader dio algunos furiosos paseos por la estancia, arriba y abajo. Al cabo de un rato se tranquilizó y dijo: “¡Qué barbaridad: esta galaxia está completamente judicializada! ¡Tenemos que hacer algo, Tietze!”
“¿Quiere que envíe a la Estrella de la Muerte?”
Nervioso y con las manos cogidas tras la espalda, Vader dio un par de vueltas por la habitación antes de contestar.
“Mejor no… La situación requiere un poco de mano izquierda. Acabamos de abolir la República y nuestro poder no está aun lo suficientemente consolidado. En estos momentos no nos podemos permitir un despliegue de violencia gratuita como el de hoy. Yo sería partidario de montar un proceso para despachar todos esos cargos de una tacada, y que se llegara a un acuerdo entre el Ministerio Fiscal y el Juez en perjuicio de la acusación particular”.
“Si me permite la sugerencia, Lord Vader” interrumpió respetuosamente el comandante Tietze, “podríamos poner como abogados de la acusación particular a los droides que actuaron de oficio en el juicio por el atentado contra las lanzaderas de cercanías de Coruscant”.
“¿Aquel que los radicales de Mos Eisley cometieron para protestar contra la invasión de Aldebarán por el Consejo Jedi?”
“En realidad, Excelencia”, respondió Tietze, “no se trató de un atentado fundamentalista. Lo montó una banda organizada por la Federación de Comercio para hacer fracasar una venta de cruceros a los ewoks. Pero para el caso lo mismo da. Esos droides con un cartucho de software jurídico le pueden servir. Están especializados en la defensa legal de disidentes republicanos, contrabandistas y demás gentuza enemiga del Imperio; pero son tan torpes y llevan a cabo su trabajo tan rematadamente mal que preferimos tenerlos en contra nuestra. No hace falta ni sobornarlos…”
“¡Encárguese usted de este asunto, comandante Tietze!”, ordenó Darth Vader, mientras se desabrochaba la capa. “Y no olvide mandar los droides a la chatarrería después del juicio”.
Es Mos Eisley
Gracias por la corrección. Ya está incluida en el texto. Es importante tener en cuenta estos detalles, no sea que uno se vea envuelto en problemas y le asignen a un droid como abogado de oficio.