Coincidiendo con unas reflexiones acerca del despegue económico de España y este ciclo de prosperidad que entra en su duodécimo año, al amor del boom del euro, el ladrillo y la externalización masiva de servicios públicos, encontré este párrafo procedente de un libro titulado “Historia de Alemania desde 1945: un balance”. El autor es Alfred Grosser, politólogo y escritor francés nacido en 1925 que escribe desde el compromiso didáctico con el objeto de tender puentes mediante el conocimiento mutuo entre los dos países que articulan el núcleo de la Unión Europea. El texto constituye una explicación de la política económica de Ludwig Erhard (1897-1977), primer Ministro de Economía de la República Federal de Alemania, a quien se le atribuye haber puesto los cimientos políticos e institucionales de eso que llaman “milagro alemán”.
A los ojos de mucha gente resulta difícilmente aceptable esta amalgama de liberalismo político y liberalismo económico, y el orden que brota del libre mercado parece más próximo a la ley de la jungla que al imperio de la justicia. Pero en 1948/49 las ideas económicas opuestas al pensamiento de Erhard no tenía ninguna posibilidad de imponerse en Alemania. El programa socialdemócrata en materia de política económica aspiraba a estimular la producción mediante el crédito, a reducir la diferencia entre los ingresos, principalmente a través de una reforma de los tipos tributarios y las cotizaciones a la Seguridad Social, y a combatir el desempleo por todos los medios, muy en particular a través de generosas subvenciones estatales. Esta política, que ya había sido introducida por los laboristas en el Reino Unido, implicaba controles de precios, racionamiento y una reglamentación estricta del Comercio Exterior. Sin embargo, Alemania había pasado por quince años de economía planificada, de los cuales los doce primeros habían conducido a la mayor catástrofe de la historia alemana, mientras que en los últimos tres años el racionamiento ni siquiera había sido capaz de suministrar artículos de primera necesidad, y los precios en el mercado negro alcanzaban niveles astronómicos. Además los partidarios de la teoría del pleno empleo eran muy vulnerables en un aspecto: ¿no llegaría este sistema a generar rebrotes inflacionarios en un país en el que desde 1923 la palabra “inflación” inspiraba connotaciones de espanto comparables a las de la peste y el cólera?
La política económica alemana favorecía a los más fuertes y dinámicos, los “empresarios”: este término volvió a adquirir su pleno significado etimológico en el mismo momento en el que el estrato socioeconómico al que hacía referencia daba un paso al frente para ponerse una vez más a la vanguardia de la sociedad. Los parados y las víctimas de guerra obtuvieron misérrimos subsidios, mientras los nuevos ricos comenzaban a ostentar un lujo ofensivo. Pero este lujo, ¿privaba a los pobres de unos bienes que habrían podido conseguirse por medio de una política económica distinta? Erhard creía que no. Según él, los incentivos del beneficio constituían el mejor estímulo para la reconstrucción de la economía, si bien con una condición: las facturas de los restaurantes, deducibles de la declaración de impuestos, o la compra de automóviles de lujo con cargo a la cuenta de gastos de las empresas, no habían de suponer más que una mínima parte de los ingresos de la actividad empresarial. Para que el sistema funcionara la mayor parte de los mismos debía destinarse a la reinversión. En otras palabras: el cebo del beneficio adicional y la ambición de poder económico debían ser más fuertes que el deseo de disfrutar de la riqueza.
Esta larga cita sobre la política económica de Erhard nos recuerda que el liberalismo económico, contrariamente a la opinión popular dominante sobre el tema, no es una ideología, sino una fuerza social que ha cambiado el mundo durante la segunda mitad del siglo XX. Sus implicaciones éticas pueden ser discutidas, teorizadas, analizadas, incluso aceptadas o rechazadas con pasión. Pero hay algo de lo que no cabe duda. Sin Ludwig Erhard tendríamos acaso transporte público, serenos y panaderías subvencionadas. No tendríamos automóviles y lunas de miel en las Seychelles para la clase obrera, ni teléfonos móviles, y tampoco un ordenador encima de cada mesa.