El lunes se cumplen ya 25 años de la invasión argentina de las islas Falkland. Hace 25 años, el Reino Unido aceptó la invitación de Galtieri, un pobre borracho con ansias de grandeza, y se presentó en el lugar de la cita, el Atlántico Sur, con toda la presteza posible. Si quieren venir, que vengan. Y fueron.
Un cuarto de siglo después, a punto de celebrarse tal efeméride, quince soldados británicos se encuentran secuestrados en Teherán por el gobierno iraní. Detenidos ilegalmente, desfilados por televisión, y obligados a declarar contra su propia patria, ahora se enfrentan a la posibilidad de ser juzgados, públicamente, por espionaje. Con todo lo que ello significa.
25 años después, la respuesta del gobierno británico, encabezada por Anthony Blair, y la deplorable Margaret Beckett, su secretaria de Exteriores, dista mucho de la respuesta, contundente e inmediata, de Margaret Thatcher. El desafío crece a cada día que pasa -y ya son ocho-, y la réplica británica no es más que una cobarde palabrería. Tanta como la de la propia Organización de las Naciones Unidas, aparente portadora de la legitimidad, moralidad y razón universales, que, a tal acto, no ha hecho más que mostrar su honda preocupación. En una mísera nota de prensa. Ni condena del secuestro, ni nada. Honda preocupación.
¿Hasta cuándo va Occidente a aguantar las chulerías de ese simio criminal que es Ahmadinejad? ¿cuántas invitaciones van a hacer falta para, al fin, acudir a la cita? Y… ¿acudirá Felipe González a intermediar?

Que vayan, que vayan
Que vayan, no: vayamos
Militares en un paíse xtranjero… no creo que fueran de excursion.