Trasteando en la entrada de la Wikipedia sobre Friedrich Jahn, llego a esta cita en la página de discusión:
Fascist Body As Political Icon–Global Fascism edited by J. A. Mangan
[1] There he read from his Deutsches Volkstum which he published in 1810. This is a work replete with racial intolerance and Darwinists assertions. In just one illustration in Deutsches Volkstum Jahn stated: ‘The purer a nation is the better; the more mixed it is the worse’.
This quotes demonstrate the ideology Jahn pushed forward.
Dejando a un lado la pertinencia de la censura a Jahn -a quien Peter Viereck llama gráficamente “el primer SA“-, me llama la atención que se le acuse precisamente de haber escrito “afirmaciones darvinistas”. Un darvinismo notablemente avant la lettre, además, si tenemos en cuenta que Jahn murió en 1852, siete años antes de la publicación de El origen de las especies. En cualquier caso, leyendo el fragmento citado -ignoro si todo el libro- se diría que el mayor reproche que se le puede hacer a la ideología volkisch es precisamente ése: su querencia por el “darvinismo”.
Por supuesto, esto es, como poco, desenfocar el problema. La insistencia en la sangre, en el linaje, extendida a menudo a la tribu o la raza, es muy anterior a Darwin y, se diría, consustancial al hombre; y no resulta difícil intuir su origen evolutivo. Cosa muy distinta a ella es el darvinismo o, más genéricamente, la biología evolutiva. Pretender achacar todo brote de racismo u obsesión por la limpieza de sangre a un “darvinismo esencial” anterior e independiente de Darwin parece, en el mejor de los casos, una llamada a la confusión; si no una interesada maniobra que pretende enmascarar bajo la acusación de cientifismo la verdadera tentación irracionalista, antimoderna, de las doctrinas políticas racistas o clasistas.
Tomemos, por ejemplo, el nazismo, que tuvo en Jahn y el patriotismo romántico de las Guerras de Liberación una de sus primeras inspiraciones. Subrayar el “darvinismo social” de los nazis supone, ya se haga indocta o intencionadamente, hacer recaer sobre la ciencia, o sobre la razón, el peso de los crímenes por ellos cometidos. Pero, ¿por qué no hablar más bien del irracionalismo, de origen netamente romántico, que permea tanto el nazismo como la ideología volkisch y otros muchos movimientos de raíz totalitaria? Es bien sabido el interés de figuras como Himmler, Rosenberg, Hess y el propio Hitler por el esoterismo a lo René Guenon y las pseudociencias del arianismo. Las teorías de Rosenberg, filósofo oficial del movimiento, incluían el origen atlante de la raza aria entre otros dislates sin cuento -dislates que pasaron a la vascomanía vía Federico Krutwig. Y, contra lo que se ha dicho a menudo, y por más que muchos conmilitones suyos se las tomasen a guasa, no constituían una desviación marginal del nazismo, sino un puntal del adoctrinamiento de la juventud que se difundía en periódicos, revistas, folletos y libros de texto. El irracionalismo nazi no impedía, por cierto, el recurso a la ciencia y la técnica a conveniencia, como el irracionalismo islámico no impide servirse de aviones, explosivos o centrifugadoras atómicas. Aquí -y en agendas políticas y culturales nada desinteresadas- parece estar el origen de la mixtificación que achaca el salvajismo nazi a una especie de “razón insomne”, por decirlo a la manera de Derrida. Se confunde así una razón instrumental o inmediata, de la que ningún totalitarismo carece, con la dudosa racionalidad de unos fines basados en presunciones erróneas, teorías defectuosas o cosmovisiones delirantes. (Sería tema para otro post -para otros muchos, más bien- tratar de dilucidar cuanto hay de cínico, de superficial o de automático en la adopción de ese irracionalismo como desesperado mecanismo de supervivencia de una Kultur condenada la desaparición.)
De hecho, ya se entienda como un fundamento, ya como un recubrimiento ideológico, una superestructura, el irracionalismo nunca anda lejos del totalitarismo y las ideologías revolucionarias. Umberto Eco recordaba en El péndulo de Foucault la deriva de las utopías de los sesenta hacia, por un lado, la violencia de grupos como las Brigate rosse o la Baader-Meinhof; y, por otro, el “esoterismo de masas”, orientalizante y new age. Y Steven Pinker ha documentado extensamente la alergia desatada por la sociobiología y la perspectiva evolucionista sobre la naturaleza humana en el medio ambiente progresista de las universidades de los años setenta -alergia que persiste, especialmente en el ámbito del postmodernismo y los cultural studies.
También los socialismos reales han más que coqueteado con el irracionalismo anticientífico, quizás porque la fe contra toda evidencia en las bondades del sistema requiere una suspensión de la incredulidad no menor que la creencia en los extraterrestres y los poltergeist. Baste pensar en la adopción de las teorías de Lysenko, que tanto gusta de citar Pío Moa. Sorprende quizás más por ello la cruzada emprendida por éste contra el “ciencismo”, y que incurra en el error de señalar un exceso de razón como causa de los totalitarismos. Una cosa es la mayor o menor simpatía que se tenga por los “nuevos ateos”, las dudas incluso sobre la oportunidad de sus ataques a la religión en Occidente, y otra muy distinta embarcarse en la defensa de antiguallas y cuentos de viejas que pueden arruinar la credibilidad de cualquiera.