Leonés, jefe de los gatos, y Cántabro, uno de sus lugartenientes, se hallaban emboscados en una terraza, pero no al acecho de pájaros ni ratones. Durante los últimos días de febrero, anormalmente cálidos por efecto del viento sur (o del cambio climático, como sostenía un tarado norteamericano con exceso de peso que había estado recientemente de visita en el país), los gatos del barrio de La Cruz se entretienen mirando la televisión a través de las ventanas abiertas. Como animales curiosos y sagaces que son, sienten un gran interés por los informativos. Agazapados sobre una cornisa o escondidos detrás de un parterre, estiran pescuezos, aguzan la vista y ponen firmes las orejas para enterarse de la marcha del país, no demasiado halagüeña, a juzgar por todo ese trajín de furgones de policía cargando y descargando moros de aspecto acobardado y penoso, forzados a tomar asiento detrás de unas peceras de cristal mientras un individuo vestido de negro, calvo y con gafas (¿un eclesiástico, tal vez?) recita una extraña homilía. También les tienen en vilo las tribulaciones que últimamente parecen aquejar al macho dominante de la nación.
Leonés soltó un bufido. Para nada reconocía a su héroe, su admirada inspiración de pocos meses atrás, en aquel hombre alto y sin garbo, vacilante, de movimientos torpes y mirar ojeroso y difuminado.
“¿Qué le sucede a Zapatero?” dijo, “Ultimamente se le oye soltar unas tontadas de tal calibre que hasta los relojes se paran a su paso. No lo entiendo.”
“Jefe, sin duda pasa por un mal momento”, respondió Cántabro, su responsable de seguridad interna, “Fíjese en todo los los limacos que se tiene que tragar: el atentado del aeropuerto, el energúmeno ese que está en huelga de hambre, el voceras aquel que se pasa las mañanas despotricando en la radio de los curas… ¿cómo se llama? ¡ah, sí, Federico Schlichting Vidal, creo que se llama!, y sobre todo el tiparraco barbudo que le disputa el puesto de macho dominante. Es duro arramblar con todo eso. ¡Seguro que no querrías hallarte en sus zarpas!
Leonés lanzó a su amigo una mirada venenosa y cortante. Demasiado tarde advirtió Cántabro la indiscreción que había cometido. Leonés sí que estaba en su lugar, o por lo menos no andaba ya lejos de hallarse en él. Las cosas iban mal: el diálogo con los ratones había fracasado, la alianza de especies con los perros ya no interesaba a nadie. Los gatos del bando contrario, agrupados en torno a un líder conservador de gran carisma llamado Gallego, le apretaban las tuercas cuanto podían… Y por si fuera poco estaba el asunto del viejo almacén de ultramarinos, que en aquellos días volvía a ser tema de conversación en todo el barrio.
Tres años atrás una vieja licorería había saltado por los aires llevándose la vida de numerosos gatos que se alojaban en su desván. Los culpables del desastre eran, según indicios, un mendigo marroquí y dos yonkis que, después de forzar la puerta trasera y pasar la noche en el interior del almacén, se habían dejado prendido un hornillo de butano. Sin embargo, corrían rumores de que en realidad habían sido los ratones, royendo un tubo de plástico adosado a la toma del gas. Esto, de haberse podido verificar, tocaba muy de cerca a Leonés y sus secuaces, puesto que desde que las amas de casa del barrio decidieron alimentar a los gatos con las sobras de sus cocinas, aquellos habían decidido dejar de cazar ratones. Los infundios se repetían periódicamente, con mayor o menor menoscabo para la reputación de Leonés, a quien no pocos comenzaban a ver ya como un gato perezoso e incompetente que suponía una carga para la vecindad. Sin embargo, de un tiempo a aquella parte se estaban alcanzando unos niveles de insidia y crispación verdaderamente intolerables.
“La culpa la tiene ese condenado cuervo que trabaja para Gallego” se dijo Leonés. “El es quien ha extendido todas esas leyendas tan torticeramente viles, sobre la voladura del viejo almacén”. Leonés se sentía solo, con la soledad del poder como único leit-motiv inspirador de sus pensamientos. Todo se le iba haciendo cuesta arriba. El acuífero de su buena suerte parecía haberse secado. El cielo se cubría de nubarrones, y no había nadie al lado para ayudarle a aguantar la carga. Echaba en falta lo que un buen gobernante debe siempre tener al lado, y en lo que lamentablemente pocos reparan cuando el sol del atardecer brilla y suenan violines por doquier: buenos consejeros. Quienes se deshacían en loas y ditirambos cuando las cosas pintaban bien, ahora callaban, o se apartaban, o compensaban su falta de talento toreando gallinas o haciendo idioteces. Por ejemplo la última de Gallego (no el líder de la oposición, sino el otro Gallego, del séquito personal de Leonés). ¡Querellarse con dos loros que le habían insultado desde una ventana!
Por si fuera poco otro de los suyos, Canario, ya no estaba allí para apoyarle. Había vuelto a su tierra natal, una isla situada en algún lugar del océano, muchos kilómetros al sur, para intentar hacerse con un puesto de macho dominante. Canario era el gato mejor plantado de toda la calle. Leonés se alegraba por él, pero lo echaba de menos, y acosado por tentaciones escapistas en medio de un nudo gordiano que sus uñas no alcanzaban a romper, sentía también una sana envidia. “Si tiene éxito”, pensó, “tardaremos tres o cuatro años en verle por aquí otra vez. En esas islas hay muchas hembras que cubrir. ¡Se va a poner las botas, el muy pelafustán!”
La voz de Cántabro, que había estado callado mientras miraba ora al sombrío semblante de su jefe, ora al telediario, interrumpió el flujo melancólico y sin rumbo de su pensamiento. Algo que había visto en la televisión le había dado repentinamente una idea.
“¡Anímate, compañero!”, dijo a Leonés, “Ya sé lo que hacer. Espera aquí”. Agilmente descendió por una enredadera hasta un patio mal cuidado donde se amontonaban unos enseres viejos. Tras dedicarse un buen rato a buscar entre los desperdicios, volvió a subir a la terraza llevando entre sus fauces un objeto alargado y flexible, que dejó caer ante el perplejo Leonés.
“¿Y esto qué es?”, quiso saber el jefe. “Esto”, Cántabro respondió, “es un tubo de polipropileno”.
“¿Po-li-pro-pi-qué…?”
Cántabro le explicó que el polipropileno era un polímero muy utilizado por la industria humana para gran cantidad de aplicaciones, como por ejemplo la fabricación de mangueras para bombonas de butano y espitas de gas. “Mi idea es la siguiente: hagamos que los ratones roan este tubo hasta dejarlo casi deshecho. Después lo tiramos entre los escombros del viejo almacén y cuando alguien lo encuentre dará origen a una nueva oleada de especulaciones conspirativas sobre la voladura del viejo almacén…”
“¡Tú estás loco o qué!”, exclamó Leonés, iracundo, “¡Eso acabará de hundirnos a todos! ¿Por qué no me pides que vaya a la perrera municipal y me meta en la jaula de los rottweiler?”
“¡No, compañero, escúchame con atención, por favor!”, le interrumpió Cántabro. “Nuestra situación es tan mala que prácticamente ya no hay nada que nos pueda seguir haciendo daño. Por el contrario, toda esa cuadrilla de necios que toman parte en la tertulia matinal del cuervo y viven de las conspiranoias, se arrojarán sobre este tubo como buitres sobre una rata muerta, hilvanando insensateces, perdiendo el tiempo y desprestigiándose a sí mismos con historias e invenciones a cual más ridícula. Imagínate al cuervo despegando como un cohete del campanario de la iglesia y sobrevolando el barrio mientras grazna: despertad, buenas gentes. Hay polipropileno entre las ruinas del viejo almacén, tubos roídos por los ratones; Leonés mintió… no fueron el marroquí y los fumetas, aquí lo que hay es una siniestra conspiración para tapar los sucios manejos que llevaron a la perrera municipal a Madrileño, único gato probo y auténticamente español que ha ocupado el puesto de macho dominante en este barrio… La gente comenzará a perorar sobre el polipropileno y las conjuras sin tener ni idea de lo que dice. Imagínate a todos los loros del barrio parloteando polipropileno por aquí, polipropileno por allá, sin dejar dormir la siesta a sus dueñas. Al final, entre todos aburrirán hasta a las piedras; la gente, harta de tanto ruido y de tanto polipropileno, los obligará a callar, nosotros nos partiremos el rabo de risa y, lo que es más importante, a tí te dejarán en paz durante un tiempo…”
Leonés lo veía ahora más claro, pero no estaba del todo convencido. Cántabro era un gato muy muñidor. Solía tener buenas ocurrencias, pero al final lo complicaba todo de tal manera que no pocas veces terminaba marcando goles en portería propia. Al final el jefe dio su consentimiento, y Cántabro partió diligente y raudo para organizarlo todo. “Guárdame esto” le dijo, indicándole el tubo. “No tardo en volver”.
Leonés se quedó contemplando pensativamente el extraño artefacto rescatado de la basura por su amigo. “Este Cántabro… ¿De dónde sacará unas ideas tan retorcidas?” Y mientras tocaba el tubo con su pata, comenzó a ensayar la pronunciación de aquella palabra no menos enrevesada y exótica: “poli… prole… prolipo… ¡mierda! ¿cómo era?”