Madrid, 22 de febrero de 2019

Publicado el Miércoles, 7 de Febrero de 2007

Lo que el espectador ve en las películas americanas –gente histérica, el jefazo con la adrenalina en órbita y pegando ladridos, los teléfonos descuajaringándose a timbrazos- no es más que un fraude cultural. Cuando Méndez llegó al Presidium de Policía Ruiz Gallardón, la única diferencia con respecto a la normalidad, si es que alguna vez existió la normalidad en Ciudad-Polanco, capital de la República Socialista Monárquica de Prisia, consistía en un ambiente efectivamente tenso, pero más desde la alerta que desde la histeria. Los Tedax estaban allí. También los encargados de los perros, y el servicio secreto. Incluso el psicólogo y, por supuesto, el Fiscal. Todo el mundo en pie de guerra. Méndez, que tenía edad para haber conocido otros tiempos, se dijo: “No cabe duda: nos estamos germanizando…”

Pino, la secretaria del jefe, le vió llegar desde el otro extremo del pasillo, y sin pérdida de tiempo fue a su encuentro a paso ligero. Por lo general usaba zapatos con tacón para realzar su figura, pero aquella mañana se había calzado las zapatillas de gimnasia, otra señal de que la cosa se había puesto seria. “¡Detective! ¡Por favor, venga conmigo: el Comisionado quiere verle!”

“Hoy no te has arreglado como otras veces. Me recuerdas a Sandra Bullock.”

“¿Sandra qué…?”

“Nada, olvídalo. Era una actriz que hacía películas de acción cuando yo era joven, y que estaba para parar un tren de carretera.”

“Gracias por el cumplido, Detective. Pero no puede ser: en tal caso la conocería yo. No ha pasado tanto tiempo”.

“Tú también sabes devolver los halagos. ¿Qué tal si me cuentas lo que sucede?”

Mientras subían en el asensor, Pino le puso en antecedentes: una explosión en el centro de mensajería del bloque de oficinas Ruiz Gallardón de la Plaza Ruiz Gallardón, en pleno centro de Ciudad Polanco y junto a la estación de trenes de carretera Ruiz Gallardón. Daños: cuantiosos. Alarma social: imagínate ¿Heridos? Al menos una veintena, de diversa consideración. ¿Alguna desgracia irreparable? Afortunadamente el ataque terrorista tuvo lugar a la hora del bocadillo. Pese a la potencia del artefacto, cuyo zambombazo se ha podido escuchar desde el Helipuerto Ruiz Gallardón, a más de catorce cuadras de distancia, no ha habido víctimas mortales, a excepción de un chimpancé genéticamente modificado que trabajaba en el reparto de la correspondencia.

El Comisionado estaba flemático y firme, casi marcial, vistiendo uno de esos trajes Jil Sander para caballero confeccionados en China que están de moda entre los funcionarios con empleo fijo. El y Méndez se llevaban bien. La relación entre ambos no solo era correcta, sino también todo lo cordiales que permiten la ética laboral y el organigrama. Un autor de novela negra que hubiera querido escribir algo sobre dos personajes asi no vendería un solo libro, por lo menos entre los incontables devotos que aun tiene toda esa literatura vulgar y cargada de tópicos americanos a lo Vázquez-Montalbán y Dashiell Hammet que se solía leer durante el cambio de Milenio.

Méndez saludó con una inclinación de cabeza y no dijo nada. No era amigo de perder el tiempo con compadreos. El trato con su jefe estaba regulado por una estricta economía afectiva y semántica, y cuando hay una carta para García no se pierde el tiempo haciendo preguntas inútiles: uno coge la carta y marcha a lo más profundo del manglar a entregársela a García.

“Méndez, tenemos un problema. Ya sabe lo de la bomba”.

“Lo he oído en la SPR (Sociedad Prisiana de Radiodifusión) mientras venía al trabajo. ¿Se sabe quién ha sido, Comisionado? ¿Sirios, colombianos, ETA?”

“¿Ha oído hablar alguna vez del Frente Suevo de Liberación Nacional?”

Méndez parpadeó, mientras Pinito, con su eficacia y su precisión de movimientos habitual se sentaba en la butaca del Comisionado, se ponía el guantelete y comenzaba a manipular archivos en el ordenador a través del interfaz de realidad virtual. No era posible. El detective sacó el terminal holográfico de su bolsillo y lo desconectó para evitar cualquier interrupción. “¿Los terroristas gallegos? ¿Esos que el mes pasado provocaron los altercados de Coimbra?”

“Lo acaban de reivindicar hace un cuarto de hora. Inteligencia lo corrobora.” El Comisionado hizo una seña para que tomara asiento.“Al parecer” continuó, “En realidad los terroristas querían poner la bomba en el Bloque de Oficinas Ruiz Gallardón de la Avenida Ruiz Gallardón, y no en el Centro de Negocios Ruiz Gallardón de la Plaza Ruiz Gallardón, donde ha estallado. Es fácil equivocarse en esta ciudad, con tanta abundancia de topónimos en memoria del antiguo alcalde… Evidentemente los suevos buscaban un efecto mediático. No consta que tuvieran la intención de matar…”

“Sin embargo no avisaron”, interrumpió Méndez. “Tanto en un lugar como en otro podría haberse producido una hecatombe. Decenas de víctimas, tal vez cientos. Es un milagro que solo le haya tocado a ese pobre animal.”

“Sí avisaron, Méndez” corrigió el Comisionado: “En la misma llamada con la que han reivindicado el golpe hace pocos minutos. He aquí su segundo error: orientarse por ese ridículo huso horario lusitano que pretenden implantar los separatistas gallegos. ¡Si serán imbéciles…! ¡Imagínese: todos sus relojes, incluido el de la bomba, llevaban una hora de retraso!”

Méndez conocía bien la teoría de su jefe respecto a los grupos insurgentes: todos los terroristas son malvados, pero entre ellos cabe distinguir dos tipos: terroristas inteligentes y terroristas tontos. Los más peligrosos, con diferencia, son los segundos. Por lo general lleva poco tiempo atraparlos, pero en el ínterin son capaces de provocar auténticas catástrofes, en virtud del poder devastador que les proporcionan los explosivos de alta potencia combinados con la estupidez organizada. Había que actuar con rapidez, para evitar un deterioro en la imagen del gobierno, daños a las compañías de seguros y, peor aun –lo que en términos políticos resultaría del todo inasumible- nuevas víctimas. La muerte de aquel chimpancé suponía ya un grave problema, sobre todo desde que el Presidente Zapatero hubiera otorgado su célebre carta de ciudadanía a los primates.

Méndez sintió que había terminado el momento de las palabras y llegaba el de la acción, asi que se levantó de su silla. “¿Por dónde tengo que empezar?” Hubo un instante de silencio. Pinito, frente al ordenador, levantó la mirada con una expresión inquisitiva, y Méndez comprendió que, desde hacía por lo menos veinte minutos, ella estaba al corriente de cosas de suma importancia, que ahora el Comisionado estaba a punto de revelarle a él.

“Méndez” dijo finalmente: “Quiero que entienda la gravedad del asunto. Mire usted, de haber estallado la bomba en el emplazamiento original elegido por los terroristas no sería lo mismo: un par de Burger King, Fnac, el Museo Gay, la Iglesia de la Almudena, el Catafalco de Don Jesús… Una gran conmoción social, el tráfico interrumpido durante varias horas, el SAMUR haciendo sonar las sirenas por toda Ciudad Polanco y grandes titulares en la primera plana de La Nación, El Planeta y el XYZ. Nada que nos afecte a nosotros, o que la brigada de bomberos no sea capaz de solucionar. Pero el atentado tuvo lugar en el Centro de Negocios Ruiz Gallardón de la Plaza Ruiz Gallardón, y da la casualidad de que allí se encuentran las dependencias del Conservatorio Sonsoles Espinosa, donde precisamente para hoy, a las once y media de la mañana, estaba prevista una visita oficial de la Reina Leticia. Esto no es un atentado cualquiera; aunque sus propios autores no se lo habían propuesto, ha terminado convirtiéndose en un golpe directo contra la Jefatura del Estado ¡Méndez: esos bastardos acaban de hacer del cuerpo encima de la Democracia, el Estado de Derecho y la Constitución Reformada del 2010!”

No hacía falta decir más. Todos aquellos años en la lucha antiterrorista a las órdenes del Comisionado le permitían anticiparse al curso de su pensamiento estratégico. Ante todo, actuar con rapidez: desactivar la célula sueva antes de que la prensa tuviera tiempo de reaccionar y comenzaran a tirarle de las orejas al Secretario de Estado -y este, a su vez, al Comisionado, siguiendo un orden natural de picoteo que acabaría en la gallina más débil, por ejemplo en el propio Méndez-. La adorable y eficaz Pinito había terminado de imprimir el dossier. Con la gracia hierática de una mantis religiosa, y al mismo tiempo, sorprendentemente, con la agilidad de una ardilla, lo metió en una carpeta de cartulina reciclada y lo puso en manos del detective. El Comisionado era una máquina antidisturbios a pleno rendimiento, un gladiador ansioso de salir a la arena y morir por el César: mientras se desplazaban de lado hacia la puerta, igual que los cangrejos, y Pinito les seguía moviendo graciosamente sus pequeños pies, siguiendo el paso de su jefe, como en una clase de ballet, el Detective recibió una andanada de últimas instrucciones de su superior.

“Ahí tiene todo lo que se sabe de esos hijos de la gran gocha. Póngase en movimiento. Recuerde que estamos buscando un pez espada, y no chicharros”. El Comisionado se refería a las prácticas chapuceras y deshonestas de los viejos tiempos, cuando ante la imposibilidad de solucionar el caso en los plazos fulminantes exigidos por el gobierno y la opinión pública se adulteraban informes, se aportaban pruebas falsas, o se arrestaba a robagallinas o camellos marroquís para acto seguido acusarles de atentados suicidas, masacres o delitos inimaginables contra la seguridad del Estado. “¡Quiero un buen trabajo, resultados, culpables y el corpus delicti, todo en uno y a vuelta de correo! Dentro de la carpeta encontrará las señas de un individuo al que los Servicios de Inteligencia de la Guardia Civil (sí, en el 2019 todavía existe la Guardia Civil, y sin desmilitarizar) lleva algún tiempo siguiendo. Necesitará una orden judicial para enhebrarlo como hace falta. He mandado que la tramiten ante el Juzgado de Instrucción mientras usted estaba de camino hacia aquí. Supongo que ya estará preparada. Pino, acompañe al Detective hasta el Negociado para recogerla. Llévese los hombres que necesite, Méndez ¡Y también su arma de reglamento!”

Lo último que oyó al salir, mientras Pinito, tomándole del brazo, le alejaba del despacho del Comisionado, fue algo parecido a esto: “Acabe con esos alcornoques célticos antes de que causen más problemas ¡No fracase!”. Los pies de Pino se movían con una suavidad indescriptible, como si no llegaran a tocar el suelo. Acompañándola, con la mano de ella puesta en su codo, mientras pasaba rápidamente las hojas del dossier, como si quisiera calcular su peso, las perspectivas de éxito, la carga de responsabilidad que todo aquello implicaba y las consecuencias en la eventualidad de un fracaso, Méndez se sintió extrañamente satisfecho.

Había conocido los viejos tiempos. Ni comparar con la actualidad: los agentes siempre dispuestos y con la moral alta, una plantilla rejuvenecida y dinámica, directrices claras, transparencia y afán de superación, capacitación y competitividad. Un funcionariado policial verdaderamente europeo. ¿Acaso era el país el que estaba cambiando? Al bajar por la escalera se cruzaron con dos antidisturbios que venían de Administración. El uniforme impecable, firme y aplicado el paso, las nucas al cero y las manos desocupadas -que es precisamente en lo que se distingue al buen policía o al buen escolta: no te dejes cubrir las espaldas por uno que se hurga el bolsillo o mariconea con las llaves-.

Méndez pensó: “No nos estamos germanizando. Nos hemos vuelto franceses”.

igandekoa @ 1:58 am
Clasificado bajo: Relatos, Sociedad, España


1 comentario acerca de 'Madrid, 22 de febrero de 2019'

  1.  
    07 de Febrero de 2007 | 11:31 pm
     

    Muy bueno, lo del huso horario me llego al alma…

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