Para que el ejército y la policía iraquí pudiera desarmar a las milicias chíitas , el primer ministro debería ser una especie de Stalin o al menos un Sadam Husein, capaz de aterrorizar a los soldados y policías iraquíes.
Edward Luttwak es uno de esos conservadores lúcidos, a veces excesivos, pero casi siempre con capacidad para al análisis político práctico, que desde Aristóteles consiste en el arte de tratar con los casos particulares sin desentenderse de los principios universales. En los años ochenta, Luttwak fué uno de los arquitectos del rearme americano en la carrera armamentística contra la Unión Soviética, que finalmente concluyó con el desplome comunista del periodo 1989-1991.
Hoy mismo, desde el New York Times, Luttwak hace una advertencia a la administración Bush: retire sus tropas hasta las fronteras de Kurdistan o hasta las bases más distantes del centro de Iraq…y que los iraquíes se las arreglen como puedan, que los árabes suníes y chiíes asuman la responsabilidad sobre su propia seguridad o aguarden a que se llene el balde de sangre. Hasta aquí las buenas noticias. Las malas noticias son que siempre hay un balde para acaparar más sangre, y que la ausencia de un Leviatán en la región que no haya sido ahorcado en absoluto asegura que se alcance un entente espontáneo.
¿Retirada? No exactamente, quizás una suerte de “no beligerancia” (disengagement) vigilante. Lo cuenta también Andrew Sullivan.