Todo “milagro” económico tiene una causa que lo desmitifica. Tras la capitulación Alemania pudo recuperarse con tanta rapidez gracias a que su base industrial había salido intacto de la guerra. En el caso de China, el secreto se halla en el trabajo esclavo y mal retribuido de una ingente masa de obreros que se pasan la vida de sol a sol en condiciones que para los estándares occidentales resultarían totalmente inaceptables: ganar en un mes lo que nosotros en un día, sin seguridad social, ni sindicatos, ni derecho a la huelga, en ambientes laborales peligrosos, que suponen la muerte de más de cien mil personas al año en accidentes de trabajo -principalmente en la minería-, y de otras cuatrocientas mil como resultado de enfermedades respiratorias debido a las emisiones de las centrales térmicas y una instalaciones industriales obsoletas. Este lado oscuro del resurgir industrial de China es algo de lo cual la opinión pública europea comienza a hacerse eco que las altas tasas de crecimiento de ese país están empezando a verse más como amenaza que como lección de economía política.
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