Con frecuencia se echa de menos una formación económica en los historiadores. Pero no sé de ninguna ocasión en que se les haya exigido formación o experiencia en finanzas. Nadie discute la relevancia del factor económico en la Historia: ya saben, toda esa cantinela sobre los precios del trigo en el siglo XVIII, los hornos Bessemer y la desmotadora de algodón en EEUU. Sin embargo, el dinero es la sangre de la economía, y a veces un traslado al sistema de coordenadas específico de la historia financiera nos permite apreciar determinados hechos desde una perspectiva diferente.
Como primer ejemplo pondría las Guerras de la Convención en la última década del siglo XVIII. En esa época los créditos internacionales se concedían para hacer la guerra, y no como ayudas al desarrollo. La fuente principal de empréstitos de Austria, rival de la Francia jacobina, era Amsterdam, cuyo mercado de capitales quedó cerrado a cal y canto al ser Holanda invadida por los franceses en 1793. La Corte de Viena pidió un préstamo a Londres, y al no serle concedido se vio obligada a abandonar las hostilidades. No fue el agotamiento, ni la pérdida de vidas, ni el ardor incontenible de los revolucionarios galos lo que apartó a Austria de aquella contienda. Los Habsburgo tuvieron que firmar la Paz de Basilea (1795) porque sus líneas de crédito tradicionales habían sido canceladas.
¿Por qué la historia no se explica más en términos financieros y menos a través de sofisticados modelos teóricos, procedentes de unas tesis monumentales en las que sesudos catedráticos franceses trabajan a menudo durante veinte o treinta años? La explicación podría hallarse en la complejidad inevitable de los temas financieros. Rara vez el historiador tiene la oportunidad de adquirir una formación financiera. Más de un economista también falla aquí.
Veamos un ejemplo de manual. Los keynesianos explican como trágico error la política de Heinrich Brüning, el último Canciller de la República de Weimar, quien con su brutal política deflacionaria empujó al Reich hacia lo más profundo de la recesión económica y el desempleo masivo, creando una situación trágica en la que la única alternativa consistía en arrojarse en brazos del nacionalsocialismo. El error catastrófico de Brüning estaría en la misma línea que la de casi todos los economistas neoclásicos anteriores a la generación de Keynes que creían en el dogma del equilibrio presupuestario. Asi que Brüning debía ser tonto: en vez de estrangular inútilmente la economía lo que había que hacer era inyectar liquidez en la misma, aumentando el gasto público y aplicando las recetas que hoy conoce cualquier licenciado en Empresariales.
El error de Brüning, sin embargo, era inevitable. Aunque hubiera querido servirse del déficit presupuestario difícilmente lo habría podido hacer, ya que el pueblo alemán vivía entonces -y continúa viviendo en nuestros días- muy influenciado por el trauma de la hiperinflación de 1923. Aparte de eso hubo otro problema. Un documento esclarecedor (y poco conocido) de la historia alemana es el borrador del decreto por el cual el Presidente del Reich, Paul Von Hindenburg, disolvió el Reichstag en 1930: según el texto, el Reichspräsident disuelve la Cámara ante la imposibilidad de alcanzar un acuerdo en la cuestión presupuestaria. La mención al Presupuesto General del Reich aparece tachada con un trazo de estilográfica, y fue suprimida al pasar a limpio el decreto.
Lo que se le ha explicado a la posteridad es que el crepúsculo de la República de Weimar fue consecuencia de una triple constelación de factores causales: el Tratado de Versalles, la depresión de los años 30 y la incapacidad de los partidos para formar coaliciones estables. Nunca se ha reconocido la naturaleza endógena de los fallos del sistema. Jamás se habló de sus números rojos crónicos, ni de los escandalosos aumentos de sueldo de sus funcionarios, ni de la desaforada avalancha de inversiones especulativas en inmuebles y en infraestructura, no pocas veces impulsada por los propios poderes públicos, ni de la tendencia incurable y crónica al endeudamiento de las administraciones regionales y municipales. Una alusión involuntaria al problema presupuestario, rectificada con rapidez, nos pone sobre la pista.
Avancemos dos décadas. Estamos en la Alemania de la Postguerra. Hitler ha muerto, y Heinrich Brüning vive en los EEUU, donde da conferencias y enseña Economía. Las potencias occidentales fundan la OTAN. Como repuesta, la URSS y sus satélites se agrupan para componer el Pacto de Varsovia. A los ojos de los historiadores revisionistas (téngase en cuenta que en EEUU “revisionismo” significa algo muy distinto a lo que se entiende en España respecto al mismo concepto), con su precipitado gesto de agresión, americanos y británicos alimentaron varias décadas de guerra fría; todavía en nuestro tiempo se suele presentar a la Unión Soviética como una potencia acosada por el imperialismo, justíficándose su política exterior como un reflejo ante la intransigencia de los EEUU y sus aliados.
Difícilmente se podría haber evitado esta situación en 1949. Los tratados (cuando no hablan de prestaciones concretas, como el de Methuen firmado en 1703 entre Portugal y la Gran Bretaña) en la mayor parte de las ocasiones no suelen tener más que un valor simbólico; son gestos para la galería, pero no la causa de procesos históricos. Y además, casi nadie los respeta.
Las relaciones entre las potencias aliadas se habían deteriorado un año antes, debido a la Reforma Monetaria alemana. Las potencias occidentales querían una divisa estable en su zona de ocupación, que permitiera recapitalizar los bancos ya existentes. Entretanto la Unión Soviética había comenzado a organizar su propio sistema bancario, para extraer recursos en concepto de reparaciones mediante el gasto inflacionario. Ambas políticas, lo mismo que los intereses de quienes las llevaban a cabo, eran irreconciliables. El 21 de junio de 1948 los norteamericanos introdujeron por sorpresa el marco alemán en Berlín, y tres días más tarde los rusos cortaron todas las carreteras y vías de ferrocarril a la zona occidental, comenzando así el bloqueo de Berlín y el Puente Aéreo. Ese fue el verdadero comienzo, el punto de no retorno dentro de la Guerra Fría: la creación del deutsche mark de la República Federal de Alemania, antecesor directo del euro.
No siempre las finanzas tienen la última palabra. A veces la política y la guerra las obligan a desfilar por su propia senda. El Bundesbank alemán, al que podemos considerar como predecesor del BCE, estableció su sede en Frankfurt al fundarse en 1957. Antes de la Segunda Guerra Mundial los bancos se establecían próximos a los mercados de valores. Pero después, con el auge de las multinacionales, la banca tendió a orbitar en torno a las sedes de las grandes empresas. Frankfurt del Main era la capital administrativa de la zona ocupada por las potencias occidentales, y fue también allí donde las multinacionales norteamericanas establecieron sus delegaciones después de la guerra. Esto hizo que el sistema bancario alemán se concentrara en torno a Frankfurt, haciendo de esta ciudad uno de los principales centros financieros del mundo.
Los americanos han influido de modo fundamental en la creación de la nueva Alemania: el federalismo, la economía de mercado social, el DM, el Bundesbank. ¿Y no ha estado hasta hace muy poco tiempo Alan Greenspan detrás de las decisiones de los inversores europeos? En nuestro tiempo la influencia de las finanzas parece no tener límites. Ya hemos visto que detrás de las viejas historias de revolucionarios, nazis y otras plagas por el estilo -incluyendo a Felipe González y su cueva de los cuarenta ladrones socialistas especializados en sanear holdings y montar grandes eventos deportivos y feriales- siempre hay alguna secta de adoradores del Becerro con su tráfago incesante de empréstitos, bonos y títulos, vastos e inextricables tinglados de ingeniería financiera y a veces algún demonio haciendo girar la prensa de los billetes.
En nuestros días este influjo parece haber alcanzado su mayor fuerza. Vaya, si hasta los repartidores de Telepizza saben lo que es el Mercado Contínuo. Si no me creen salgan a la calle, paren a uno de ellos y pregúntenselo. Muy pocos habrá que no se hayan visto atrapados en la debacle del 2000-2001. La tecnología y el fanatismo religioso mueven montañas; pero sin una línea de crédito para alquilar la excavadora no será mucho lo que se consiga mover.
Hace un cuarto de siglo John Kenneth Galbraith, el gran teórico del Nuevo Estado Industrial, se mofaba de Milton Friedman y los monetaristas. Sostenía que sus remedios eran inútiles y dañinos, y que los gobiernos jamás los tomarían en serio. Galbraith, un canadiense bastante superficial, a pesar de sus innegables dotes de persuasión, educado en la tradición keynesiana, erró por completo en su pronóstico. En el umbral del nuevo milenio la economía de los países industrializados se mueve a base de monetarismo duro; no hace mucho hasta las economías periféricas renunciaban a su soberanía monetaria para ligar su divisa al dólar en América del Sur o Asia, o bien al marco alemán (y por consiguiente al Euro) en el Este de Europa. Ahora las cosas han cambiado, pero si hay algo claro es que a pesar de las victorias izquierdistas en Latinoamérica y el desprestigio del FMI, en el futuro, las naciones de todo el mundo recurrirán con mayor frecuencia a elementos de mercado para potenciar su política económica, y menos a la planificación del tipo soviético. El monetarismo seguirá, mal que le pese a los cocaleros y a más de un escritor europeo que opina sobre temas económicos sin tener la menor idea de lo que es el coeficiente de caja.
Atrás quedaron aquella historia de la demanda agregada, los multiplicadores y la cuadratura del círculo macroeconómico, y con ella todo el bagaje de herramientas de gestión que hicieron posible el Estado del Bienestar. Ya nadie se hace ilusiones acerca de cómo compatibilizar el crecimiento económico, el empleo, la estabilidad monetaria y el equilibrio en la balanza de pagos. Los keynesianos europeos son historia, lo mismo que los economistas neoclásicos anteriores a 1929. Por todas partes se desregula con entusiasmo, y para disgusto de la Izquierda los catedráticos de economía aclaman a Milton Friedman como el teórico más influyente de nuestro tiempo.
¿Estaba Keynes en lo cierto? ¿Triunfan las ideas al ir muriéndose poco a poco la generación anterior? Galbraith ha muerto el año pasado; pero aun viven Oskar Lafontaine y muchos otros keynesianos europeos. ¿Cómo es que a pesar de todo, incluso a pesar de una resistencia cada vez más obstinada y multitudinaria ante las fuerzas de la globalización, sigue triunfando el neoliberalismo, salvo en un número de países donde el fracaso del estado y las instituciones democráticas han propiciado la aparición, o mejor dicho la resurgencia, de políticas económicas mercantilistas y de planificación? Desde los años 80 todos los gobiernos quieren mejorar la competitividad, quitar obstáculos al comercio exterior, desregular la economía y mantener la liquidez bajo control. Seguramente tiene algo que ver con todo esto el que Paul Volcker, Presidente de la Reserva Federal en 1979, abandonase de repente una conferencia en Belgrado para regresar a Washington y desde allí iniciar una cruzada implacable contra la inflación.
Muy oportuno. Sin ir más lejos, Niall Ferguson, que ha escrito bastante sobre las finanzas en la historia, concede un papel importante en la formación del Imperio Británico a la adopción de las herramientas financieras de los holandeses y su sustitución como líderes del sector en Europa. A diferencia de los EEUU actuales, los británicos fueron los principales acreedores del mundo hasta la PGM.