En un terreno tan viciado por la propaganda como la historia de Oriente Próximo, los ajustes de cuentas postcoloniales han hallado terreno abonado, tanto por la conflictividad histórica de la zona -un caos, nos tememos, anterior a la existencia de Israel, a la presencia europea, a las Cruzadas y hasta a, digamos, romanos y griegos- cuanto por el bochornoso historial de state-building desde el final del Imperio Otomano, con las excepciones de la propia Turquía kemaliana, Israel y algunas monarquías petroleras cuyo funcionamiento interno no corresponde exactamente con lo que llamaríamos una sociedad abierta. Así, la idea de que los potencias europeas, singularmente el Imperio Británico, se lanzaron como lobos sobre el cadáver del Imperio Otomano para repartirse sus despojos, engañaron arteramente al pueblo árabe que se había levantado contra el yugo turco y trazaron fronteras arbitrarias según sus intereses, se ha convertido en la versión canónica, sintetizada, por ejemplo, en A peace to end all peace, de David Fromkin, y repetida tanto por académicos de aquí y de allí como por voceros de la mala conciencia occidental à la Robert Fisk y, en un nivel aún más bajo, el reporterismo-basura ideológico al estilo de Maruja Torres. El corolario de esta versión es que los árabes han sido timados, divididos, expoliados y humillados por los extranjeros, y más por los anglosajones -una humillación que alcanzaría su cenit en el 48-, y que algo hay por tanto de respetable y legítimo en su perpetual outrage contra Occidente.
Como todas las narrativas postcoloniales y anti-occidentales, la que nos ocupa tiene la doble ventaja de contentar y halagar tanto a las supuestas víctimas como a los supuestos malos de la película, o a los descendientes de ambos. A unos, porque les permite vivir en la calidez del victimismo y la autocomplacencia, y les exime del doloroso ejercicio de la autocrítica, que quizás desvelase su verdadera cuota de responsabilidad en el desaguisado próximo-oriental. A los otros, porque los convierte en los únicos agentes de la historia, los únicos capaces de hacer el mal -entonces, en la época colonial, y de forma vicaria, en todo caso- y el bien -ahora, denunciando el pasado y mostrando su simpatía por los oprimidos, su antipatía hacia Israel, y su infinita ansia de paz-.
En 1999, Efraim Karsh, director del programa de Estudios Mediterráneos del King’s College londinense, y su esposa Inari publicaron un libro que desafiaba la conventional wisdom imperante sobre la “Cuestión de Oriente”, y lo hacía precisamente devolviendo a los actores locales su verdadero protagonismo en el proceso: Empires of the Sand. The struggle for mastery in the Middle East 1789-1923 (”Imperios de las arenas. La lucha por el dominio en el Oriente Medio 1789-1923″). Sus tesis principales eran que las potencias no habían pretendido acabar con el Imperio Otomano hasta que éste se unió a Berlín y Viena en la Primera Guerra Mundial; que la “Gran Revuelta Árabe” de 1916 fue una apuesta imperialista de los hashemíes de La Meca y no la culminación de un movimiento nacional árabe -inexistente o muy limitado antes y después de la guerra-; que el acuerdo franco-británico Sykes-Picot no constituyó ningún engaño, ni a los árabes, ni a los hashemíes que se habían erigido indebidamente en sus representantes; y, en resumen, que la intervención de las potencias, lejos de impedir la unidad de la “Nación Árabe”, permitió formar unidades políticas mayores que las que hubieran evolucionado en unos territorios tan fragmentados social, económica, confesional e ideológicamente.
Más en El Neoconomicón (Imperios de las arenas I, II, III y IV)
Son una serie de posts que me han gustado, y muy interesantes, pero no creo que la gente se moleste ni siquiera en leerlos.
De ser así, tampoco sería lo peor, Ignacio. Lo peor es que, al parecer, muchos supuestos “especialistas” tampoco se han molestado en leer el libro.