Pocas figuras caracterizan mejor que el fallecido Milton Friedman la divergente consideración que la ciencia económica merece para, por un lado, sus propios practicantes y las ciencias sociales de tradición anglosajona en las que ha florecido; y, por otro, la mayor parte de los profanos, así como las humanidades y las filosofías de tradición continental e inspiración hegeliana, romántica, marxista o freudiana. En el primero de los ámbitos, Friedman será recordado como una de las figuras señeras de su tiempo; un intelectual en el mejor sentido de la palabra que aunó el rigor de su trabajo académico con la defensa incansable de los valores de la libertad individual. Para los segundos, quien murió ayer era apenas un sospechoso abogado del dios mercado y de la sociedad darwiniana del chacun pour soi meme; el principal y más siniestro campeón de ese neoliberalismo que es el penúltimo asustaviejas de los reaccionarios contra la mundialización.
Es lícito sospechar que buena parte de los movimientos que se creen -o se venden- “de progreso” no son sino pervivencias del orden señorial o corporativo periclitado, o nostalgias inconcretas de una sociedad rural ideal y ahistórica. Esta interpretación, apta tanto para la utopía socialista clásica como para las de inspiración racial o nacional, con más sentido puede predicarse aún de la izquierda postmoderna y su énfasis en identidades colectivas, buenos salvajes, culturas ancestrales y pseudociencias de la naturaleza y la socialidad humanas. Un episodio del debate cultural y político victoriano puede arrojar luz sobre este proceso de travestismo y sobre el papel que la economía política ha desempeñado y desempeña como chivo expiatorio de las melancolías antimodernas.
En inglés es relativamente frecuente referirse a la economía como la dismal science, o “ciencia funesta”; particularmente cuando se habla de ella de modo irónico o despectivo. La creencia común es que Thomas Carlyle acuñó el término espantado por las sombrías predicciones de Malthus y los despojados análisis de David Ricardo. Es decir, por motivos análogos a los que hoy esgrimen los detractores de la ciencia económica: su frialdad y deshumanización. Pero la verdad es muy distinta: lo que a Carlyle le disgustaba de los economistas clásicos y de su antagonista y antiguo amigo John Stuart Mill era el desdén de éstos por los argumentos raciales y jerárquicos. Y, muy particularmente, su postura en el debate sobre la esclavitud, en el que los economistas como John Bright, Harriet Martineau y el propio Stuart Mill formaban, siguiendo la estela del mismo Adam Smith, frente común abolicionista con los evangélicos. Carlyle -para quien los negros eran “terneros de dos patas”-, como Ruskin, Dickens, y muchos otros, no podía tolerar la asunción de que todos las razas pertenecían por igual a la especie humana, y que una organización basada en el mercado y el rule of law podía sustituir ventajosamente al esclavismo. La economía política representaba un saber ajeno al mundo jerárquico y señorial, al viejo orden del manorial system basado en las relaciones de poder y propiedad entre hombres de distintas dignidades y no en los intercambios voluntarios entre iguales. Ese y no otro era su carácter funesto a ojos de los nostágicos victorianos, atrapados en el mundo extraño y cambiante de la segunda globalización. Y ese es, en buena medida, su carácter funesto para quienes hoy reniegan de la tercera en nombre de paraísos perdidos, ingenierías sociales o Estados tutelares. El lector interesado tiene aquí la historia in extenso, en una serie extraordinaria de artículos de David M. Levy y Sandra J. Peart.

Volviendo a Milton Friedman, en Capitalismo y libertad ofrecía una impactante caracterización contemporánea de la controversia entre los órdenes ancestrales y el orden de la libertad (Vía Marginal Revolution):
President Kennedy said, “Ask not what your country can do for you - ask what you can do for your country.”… Neither half of that statement expresses a relation between the citizen and his government that is worthy of the ideals of free men in a free society.
Se entiende que los nostálgicos de hoy día tampoco le tuvieran aprecio. Por lo demás, se le reprocha una visita quizás inoportuna al Chile de 1975 y que sus discípulos asesorasen al gobierno chileno una vez los militares comprobaron que la economía se aviene mal al ordeno y mando. Con todo, el desempeño de los Chicago Boys hizo a buen seguro más por la paz, la prosperidad y la llegada de la democracia a Chile que todas las canciones de Víctor Jara y todos los bleeding hearts de aquí al Perito Moreno. (Algo irrelevante para los narcisistas de un idealismo atento sólo a la hermosura de sus principios y nunca a las consecuencias a menudo desgraciadas que traen; un idealismo que, además, ni siquiera sus más notorios proponentes son capaces de honrar.) Además, como nos recuerdan también desde M.R., el pensamiento económico de Friedman no fue monolítico ni doctrinario, como se ha sugerido a menudo -el también economista Robert M. Solow decía: “Everything reminds Milton of the money supply. Well, everything reminds me of sex, but I keep it out of the paper.”-; sino adaptativo, abierto, constructivo. Es bueno tenerlo presente cuando se oye hablar tanto del “fundamentalismo del mercado”, otro espantajo de moda.
Por encima de todo, Milton Friedman representa la mejor tradición de la “ciencia funesta”, una ciencia que no nos halaga los oídos con pasados fabulados ni consuelos futuros, que nos dice, como la verdadera filosofía, lo que no queremos oír; que nos enseña que la política y las leyes deben dialogar con la naturaleza y no pretender suplantarla; y que, frente al descrédito postmoderno de la realidad, nos muestra que ésta no se pliega al deseo ni a la magia simpática, pero comercia con la inteligencia y la prudencia.
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