Desgraciado como todos, feliz a su manera

Publicado el Martes, 26 de Septiembre de 2006

He ido a ver Alatriste y, para hablar con sinceridad, me ha parecido una película mediocre. Aunque la caracterización resulta excelente, con gran fidelidad de detalle en vestuario y escenas que parecen desprendidas de los cuadros de Velazquez y Murillo, falta ese toque de pericia que permite al verdadero especialista, mediante un hábil manejo de los decorados y la cámara, camuflar las limitaciones inevitables en una producción de bajo presupuesto -contra todo lo que se haya dicho, esta película no está hecha a escala de Hollywood-. Los intérpretes, solo discretos y nada más. El mayor desacierto, no haber doblado a Viggo Mortensen a un español verosímil.

Por fortuna la lista de méritos es más larga que la de los fallos. Esta película presenta algunos valores interesantes. Tiene fuerza descriptiva y no aburre al espectador. Alternando con planos estáticos y repetitivos, propios de un cine de mala calidad como el español, con poca atención al detalle, alternan deslumbrantes secuencias de acción y pinceladas narrativas de una fuerza irresistible. En un juicio global, Alatriste ha de ser vista como una prueba de que en España, pese a la asfixiante tiranía de todo ese abyecto gremio de la farándula que vive a costa de insultar, chantajear y mendigar al gobierno de turno, sea este de derechas o de izquierdas, todavía resulta posible hacer una película digna sin tener que meter en ella a Rosy de Palma o a una mujer meando.

Alatriste refleja más la España de nuestros días que la del Siglo de Oro: abusos de poder, ambientes miserables en derredor de islotes de pompa y despilfarro, corrupción administrativa, funcionarios incompetentes y despóticos, criados serviles, mujeres sometidas a la tiranía de las convenciones sociales y toda una superestructura de grandes personajes gotosos, que se dedican a parasitar la economía nacional mientras los jornaleros se parten los lomos en el campo, los pícaros tijeretean faltriqueras en plena misa y los soldados arriesgan su cabeza en las ciénagas de Flandes por una paga que nunca llega. Viendo al Capitán Diego Alatriste y a sus compañones pica en ristre, mostrando ante un pelotón de atónitos gabachos cómo lucha y cómo muere un soldado español de los tercios de Flandes, uno piensa en esos obreros polacos y negros que hacen equilibrios en los andamios para que un consejero de la banca o un parlamentario se puedan regalar la gran vida.

Hay detalles en la película, como las soflamas patrióticas emitidas por los soldados en el campo de Rocroi, que le han granjeado la crítica de determinados sectores nacionalistas y progres. Esto, utilizando palabras del propio creador del personaje, no pasa de ser una solemne soplapollez. No sin razón se indigna Arturo Pérez Reverte al percatarse de que mientras ingleses y franceses glorifican sus derrotas militares, llevándolas no pocas veces al cine, los españoles se avergüenzan incluso de sus más insignes victorias. Ello se debe -siguiendo la línea argumentativa de APR- a que somos un pueblo de acomplejados dirigido por gobernantes mediocres.

Alatriste no es un filme de denuncia social: la miseria, el desgobierno y la falta de ética que advertimos en él constituye el telón de fondo para otro tipo de crítica más importante: la tesis de que el país está como está -ahora lo mismo que en el siglo XVII- porque no es una meritocracia. En Alemania cuando un subordinado trabaja y tiene talento lo ponen al frente de un departamento, iniciando asi el triste proceso que según el Principio de Peter lo hará ascender hasta su óptimo nivel de incompetencia. No sucede lo mismo en España, donde el premio a la eficacia suele ser por lo general una mayor explotación. A un valiente soldado capaz de asaltar un galeón holandés y conquistar para su rey un valioso cargamento de oro, después de haber pasado a cuchillo esforzadamente a todos los herejes que lo tripulaban, no le veréis luego recibir su parte del botín. Tendrá suerte si le dan una mísera bolsa de reales y le dejan acabar sus días en un hospicio.

Los críticos de cine suelen ser bastante amigos de la banalidad oficial y menos de la crítica. En esta película la hay a espuertas; por eso la han tratado tan mal. Sin embargo, al espectador, que en una auténtica democracia es quien debería tener la última palabra, y no un ministerio ni la matriarca del clan Bardem, no le costará mucho identificarse con Alatriste. Luchará con él, le acompañará en su atribulado periplo por Flandes y en sus paseos por los helados cantones de un Madrid notoriamemente anterior a las mejoras de Alvarez del Manzano y Ruiz Gallardón. Junto a él sufrirá y se sentirá puteado por toda una caterva siniestra de cancilleres corruptos, funcionarios cesantes, alguaciles cornudos y frailes hijoputas.

Una puntualización a tener en cuenta si no queremos que Pérez Reverte nos alancée con alguno de sus improperios: nada de sentimentalismo. Alatriste no ha de ser compadecido. No le insultemos con nuestra lástima. Al fin y al cabo no es ninguna víctima de las circunstancias. El mismo ha elegido su destino, y en ningún momento le veremos dar un paso sin haber asumido antes plena y consciente responsabilidad de sus actos -costumbre que no vendría nada mal a quienes hoy nos gobiernan, aunque fuera de vez en cuando-. Si no ha llegado a colocarse en la vida, la única explicación posible es que él mismo ha decidido ser fiel a sus principios y a su idea de la libertad, antes que ingresar en el séquito de un Grande de España, siempre necesitado de espadachines diestros para sus asuntos de honor.

Alatriste es como Cyrano de Bergerac, pero sin nariz y sin letras. Y la satisfacción que obtiene, en medio de aquel lodazal de desventura y bajeza que fue la España de los Austrias en su fase terminal, es del mismo tipo que la conseguida por el héroe francés, y no poca: la certeza de que en unas condiciones de vida monstruosas, a pesar de no tener un par de botas decentes, nadie, absolutamente nadie, ha podido contigo: ni los matones al servicio de la nobleza, ni la Justicia, ni la Iglesia, ni el mismo Rey, ni siquiera los franceses en Rocroi. Cuentan que el Conde Duque de Olivares, empeñado en lograr que Quevedo se prosternase ante él, mandó hacer una puerta baja en su despacho. No sirvió de nada, porque el astuto Don Francisco, habiendo captado el ardid, entró de culo. En esta película la única vez que vemos inclinarse a un soldado de los Tercios de Flandes es en las playas de Cádiz, besando, tras dilatada ausencia, el suelo sagrado de la patria.

igandekoa @ 2:29 pm
Clasificado bajo: Cultura, Sociedad, Reflexiones, España


1 comentario acerca de 'Desgraciado como todos, feliz a su manera'

  1.  
    01 de Octubre de 2006 | 3:17 am
     

    Genial artículo, igandekoa. Suscribo totalmente lo de producción de bajo presupuesto, comparada con los cánones de Hollywood. ¿Podría ser que estos 20 millones de presupuesto no se quedaran en anécdota, sino que marcaran el comienzo de otra forma de hacer cine en España? Ya veremos.

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