La fuerza de la Razón (y II)

La iglesia católica no defiende a Cristo frente al islam
por Oriana Fallaci

Soy una atea cristiana. No creo en eso que denominamos con el término Dios. Ya lo escribía en mi primera Esfera Armilar. Desde el día en que recuerdo no creer (cosa que sucede bastante pronto, es decir cuando, de niña comienzo a preguntarme sobre el atroz dilema: Dios existe o no existe), pienso que Dios ha sido creado por los hombres y no viceversa.
Creo que los hombres lo han inventado por soledad, impotencia y desesperación. Es decir, para dar una respuesta al misterio de la existencia, para atenuar las irresolubles preguntas que la vida nos arroja a la cara… ¿Quién somos, de dónde venimos, a dónde vamos? Qué había antes de nosotros y de estos mundos, miles de millones de mundos, que con tanta precisión giran en el universo. Qué vendrá después…

Creo que lo hemos inventado incluso por debilidad, es decir por miedo a vivir y a morir. Vivir es muy difícil. Morir es siempre un trauma. Y el concepto de Dios que ayuda a afrontar esos dos momentos puede proporcionar un alivio infinito. Es algo que entiendo perfectamente.
De hecho, envidio al que cree. A veces, me siento incluso celosa de los creyentes. Nunca, sin embargo, hasta el punto de madurar la sospecha y, por lo tanto, la esperanza de que Dios exista. Un Dios que con todos los miles de millones de mundos que hay tenga el tiempo para localizarme y ocuparse de mí. Ergo, me las apaño sola. Y por si eso no fuese suficiente, soporto mal a las iglesias. Sus dogmas, sus liturgias, su presunta autoridad espiritual, su poder. Y no comulgo con los curas. Incluso cuando se trata de personas inteligentes e inocentes, no consigo olvidar que están al servicio de ese poder y hay siempre un momento en el que aflora mi innato anticlericalismo. Un momento en el que sonrío al fantasma de mi abuelo materno que era un anarquista y cantaba: «Con las tripas de los curas colgaremos al rey».

Y sin embargo, repito que soy cristiana. Lo soy aunque rechazo varios preceptos del cristianismo. Por ejemplo, el precepto de poner la otra mejilla, de perdonar (un error que incentiva la estupidez y que ya no cometo). Y soy cristiana porque me gusta el discurso que está en la base del cristianismo. Me convence. Me seduce hasta tal punto de que no le encuentro contraste alguno con mi ateísmo y con mi laicismo. Hablo, obviamente, del discurso de Jesús de Nazaret, no de aquel elaborado o traicionado por la Iglesia católica e incluso por las iglesias protestantes.
Un discurso que, superando la metafísica, se concentra sobre el Hombre. Que reconociendo el libre albedrío, es decir reivindicando la conciencia del Hombre, nos hace responsables de nuestras acciones y señores de nuestro destino. En ese discurso, veo un himno a la Razón, al raciocinio. Y porque donde hay raciocinio hay posibilidad de optar y donde hay posibilidad de optar hay libertad, veo en él un himno a la Libertad.

Al mismo tiempo, veo en él la superación del Dios inventado por los hombres por soledad, impotencia, desesperación, debilidad y miedo a vivir y a morir. Veo en él la ocultación del Dios abstracto, omnipotente y despiadado de casi todas las religiones. Zeus que reduce a cenizas con sus rayos, Jehová que se venga con sus amenazas y sus venganzas o Alá que sojuzga con su crueldad y sus estupideces. Y en vez de esos tiranos invisibles e intangibles, una idea que nadie había tenido o, en cualquier caso, nadie había divulgado. La idea del Dios que se hace Hombre. Es decir, la idea del Hombre que se hace Dios, Dios de sí mismo. Un Dios con dos brazos y dos piernas, un Dios de carne que se lanza a hacer o a intentar hacer la Revolución del Alma. Un Dios que hablando de un Creador sentado en el Cielo (¿quién nos escucharía si no?), se presenta como su hijo y explica que todos los hombres son sus hermanos y, por lo tanto, a su vez, hijos de aquel Dios y capaces de vivir su enseñanza divina. Vivirla predicando el Bien, que es fruto de la Razón y de la Libertad, dando Amor, que antes de ser un sentimiento es un razonamiento.
Un silogismo del que deduje que la bondad es inteligencia y la maldad, una estupidez..


Un Dios, por último que afronta el drama de la Etica desde el hombre. Con el cerebro de un hombre, el corazón de un hombre, las palabras de un hombre y los gestos de un hombre. Un Dios que es más que benignidad. Más que dulzura, ternura, dejad que los niños se acerquen a mí.
Como un hombre, echa con cajas destempladas a los fariseos y a los rabinos que comercian con la religión. Como un hombre afronta el tema del laicismo: dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Como un hombre detiene a los cobardes que van a lapidar a la adúltera: el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Como un hombre grita contra la esclavitud.
¿Quién se había levantado contra la esclavitud? ¿Quién se había atrevido a decir que la esclavitud es inaceptable, inadmisible e inconcebible?

En definitiva, lucha como un hombre. Se enfada, se atormenta, se equivoca, sufre, ciertamente peca y, por fin, muere. Muere sin morir, porque la vida no muere. Renace siempre, resucita siempre. Es eterna.

Y, junto al discurso de la Razón, la idea de la Vida que no muere es el aspecto del cristianismo que más me convence. El que más me seduce. Porque en ella veo el rechazo de la Muerte, la apoteosis de la Vida.

La pasión por la vida se come a sí misma, pero es Vida y el contrario de la Vida es la nada.
En definitiva, los principios que están en los cimientos de nuestra civilización. Esta mañana me he vuelto a leer el famoso ensayo que Benedetto Croce publicó en 1942: «Para que no podamos no decirnos cristianos». (Sí, aquel ensayo donde, en contra de los profesorcillos que exaltan el Faro de Luz, observa: «La larga edad de gloria que fue llamada Medievo completó la cristianización de los bárbaros y animó a la defensa contra el islam, tan amenazador para la civilización europea»).

Hay dos cosas en dicho ensayo que me llaman poderosamente la atención. El lapidario juicio con el que exalta lo que yo he llamado Revolución del Alma, y la fuerza con la que sostiene que todas las revoluciones que han venido después se derivan del cristianismo. «El cristianismo ha sido la mayor revolución que jamás haya realizado la Humanidad.
Ninguna otra se le puede comparar. Respecto a él, todas las demás son limitadas».

Por otra parte, no es necesario acudir a Croce para darse cuenta de que, sin el cristianismo, no habría existido el Renacimiento, no habría existido la Ilustración, no habría existido siquiera la Revolución Francesa, que, a pesar de sus monstruosidades, nació del respeto por el Hombre y, en ese sentido, algo de positivo ha dejado.
No habría existido el socialismo o, mejor dicho, el experimento socialista. Ese experimento que fracasó de una forma tan desastrosa pero que, como la Revolución Francesa, dejó algo de positivo. Y tampoco habría existido el liberalismo. Ese liberalismo que está en los cimientos de la sociedad civil y que hoy todo el mundo acepta o finge aceptar.
A mi juicio, no habría existido siquiera el ya difunto feminismo.

Por lo tanto, despojado de las bellas fábulas sobre los milagros y sobre las resurrecciones físicas, lavado de las superestructuras católicas, liberado de los yugos doctrinarios, es decir reconducido a la genial idea del espléndido nazareno, el cristianismo es realmente una irresistible provocación.
Un clamoroso desafío que el hombre se hace a sí mismo. Y eso aumenta la culpabilidad de una Iglesia católica que guiando a la Triple Alianza, favoreciendo y beneficiando al islam, se ha hecho y se sigue haciendo la primera responsable de la catástrofe que estamos viviendo.
Porque, antes de invadir nuestro territorio y destruir nuestra cultura y anular nuestra identidad, el islam trata de acabar con esa irresistible provocación. Con ese clamoroso desafío.

¿Saben cómo? Por medio de la rapiña ideológica. Es decir, robando al cristianismo, fagocitándolo, presentándolo como un brote degenerado, definiendo a Jesucristo como «un profeta de Alá».
Es decir, un profeta de segunda clase. Tan inferior a Mahoma que, casi seiscientos años después, éste tuvo que comenzar desde el principio. Para poder adueñarse mejor de nuestro Jesús de Nazaret, los teólogos musulmanes niegan incluso que fuese crucificado. Lo meten en sus jaimas a comer como un comilón, a beber como un borrachín y a azotarse como un maníaco sexual. Y, después, sentencian: Pobrecillo, a su manera predicaba el verbo de Alá, pero sus degenerados discípulos llamaron cristianismo a lo que en realidad era ya el islam, traicionaron lo que había dicho y….

Intentan robar incluso el judaísmo. Cuando afirman que el primer profeta de Alá fue Abraham.
Como fundador de la estirpe de Israel, el viejo Abraham ocupa un lugar irrelevante (Es obvio que, si fuese judía, no lloraría por eso. A mi juicio, un fundador de una estirpe que para mayor gloria de Dios quiere degollar a su propio hijo es mejor perderlo que encontrarlo). Moisés, por su parte, se convierte en un impostor que atraviesa el mar Rojo con las barcazas de la mafia albanesa.
Un charlatán que se va a la Tierra Prometida para jugársela a Arafat, su rival. Pero de esas infamias, el judaísmo se defiende con uñas y dientes.

La Iglesia católica, no. La Iglesia católica sabe bien que, para los musulmanes, Cristo murió de un costipado y que en la tienda se lo pasa de miedo con las huríes.
Sabe bien que sus teólogos han efectuado siempre esa rapiña ideológica y que siempre han considerado al cristianismo como un aborto del islam. Sabe bien que el imperialismo islámico siempre ha querido conquistar Occidente, porque Occidente es el primero y el auténtico intérprete del raciocinio cristiano. Sabe bien que el colonialismo islámico siempre soñó con sojuzgar Europa, porque, además de ser rica, evolucionada y tener mucha agua, Europa es la cuna del cristianismo (un cristianismo manipulado cuanto quieran, traicionado cuanto quieran, pero, al fin y al cabo, cristianismo).

Sabe bien la Iglesia que sin el crucifijo los franceses nunca habrían vencido a los moros que habían llegado hasta Poitiers. Que sin el crucifijo, los españoles de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla nunca habrían reconquistado Andalucía, que los normandos nunca habrían liberado Sicilia, que el zar Iván el Grande nunca habría puesto fin a dos siglos y medio de dominación mongol en Rusia. Sabe bien que sin el crucifijo nunca habríamos roto el segundo asedio a Viena y nunca habríamos podido hacer frente a los 500.000 otomanos de Kara Mustafá (1). (Santidad, en 1683, defendiendo Viena estaban también los polacos. ¿Recuerda? Llegados de Varsovia y guiados por el heroico rey Juan Sobieski. ¿Recuerda lo que gritó Sobieski antes de la batalla? «¡Soldados, no es sólo Viena lo que tenemos que salvar! ¡Es el cristianismo, la idea de la cristiandad!». ¿Recuerda que gritaba durante la batalla? «¡Soldados, luchemos por la Virgen de Czestochowa!». Sí, sí, por la Virgen de Czestochowa. La Virgen negra de la que usted es tan devoto).

En otras palabras,
La Iglesia católica sabe bien que sin el crucifijo nuestra civilización no existiría. Sabe también que una de las raíces de las que nació la civilización, la raíz de la cultura grecorromana, no nos fue transmitida por Avicena y Averroes como el diálogo euroárabe quiere hacernos creer.
Nos fue transmitida por San Agustín que había integrado la cultura grecorromana en la teología cristiana unos siete siglos antes de Avicena y Averroes.Y por último sabe bien la Iglesia católica que, sin la irresistible provocación, sin el clamoroso desafío, hablaríamos también nosotros una lengua que no dispondría del vocablo «Libertad». Vegetaríamos también nosotros en un mundo que, lejos de rechazar la muerte, ve en la muerte un privilegio.

EPILOGO
La reincidente herejía está consumada Y Mastro Cecco se prepara para ir, para volver a ir, a la hoguera. No a la hoguera de nuestra civilización que, repito, está ya ardiendo. El pobre Mastro Cecco y la pobre Mastra Cecca pueden imaginar ya desde ahora mismo el auto sacramental con el que los alumnos de Sigrid Hunke celebran su castigo (un auto sacramental con el ceremonial de siempre, aunque modificado con el paso de los siglos). Lo imagino en Florencia, en la plaza Santa Croce, donde Messer Jacopo de Brescia me quemó en 1328 y donde, en 2002, el ex republicano de Saló quería hacer lo mismo. La plaza está llena de una multitud que no sabe bien quién es el reo o la rea, qué está pasando o de qué parte ponerse.

En cambio, sabe que la ajusticiada morirá entre atroces sufrimientos y, desde este punto de vista, la cosa promete. Al menos tanto como un partido de fútbol.

Están repletos los balcones requisados por las damas y los caballeros de la Triple Alianza. Parlamentarios, europarlamentarios, extraparlamentarios, líderes de los partidos, obispos, arzobispos, cardenales, ayatolás, imames, directores de periódicos, altos funcionarios y funcionarios de la RAI. Cada uno de ellos enarbola una bandera o una bufanda con los colores del arco iris, mientras las campanas tocan a muerto. Hacía una eternidad que callaban las campanas. El pluriculturalismo las había mantenido en silencio por consideración con el Profeta. Pero dado que hoy se trata de hacerlas tocar a muerto, el alcalde de Florencia ha concedido un permiso especial. Su tañido es bastante sombrío. Tanto más que se mezcla con la estridente voz de los muecines que ladran sus inevitables Alah akbar.

En este escenario, desfila el cortejo, alma del evento. Lo abren los frailes dominicos que avanzan llevando el estandarte con el lema Iustitia et Misericordia, rematado con una rama de olivo. Una rama (según la noticia de la página 78 de la Inquisición toscana) idéntica a la que hoy simboliza la actual coalición del Olivo.

Tras los frailes dominicos, los padres combonianos que distribuyen a los clandestinos «permisos de residencia en nombre de Dios».Después, los antiglobalización con sus elegantísimas batas blancas diseñadas por los estilistas de lo políticamente correcto. Detrás, los kamikazes palestinos, tunecinos, argelinos, marroquíes, sauditas, etc., con los explosivos a la cintura y una madre que exhibe un espléndido cheque en dólares.

Y después, el Gran Inquisidor que, exhibiendo su kaffiah, desfila a lomos de un purasangre iraquí. Esta vez, el Gran Inquisidor no es Fray Accursio. Es el obispo de Caserta. Tras él, los hermanos Pecadores de la Vanguardia Nacional con el jeque Ahmed Yasin en silla de ruedas y la gorda nieta de Mussolini que avanza, entre las risas de la multitud, portando un cartel que dice «Partido del Abuelo». A su espalda, Mortadella (2) y el émulo de Togliatti (3) que desfilan de la mano con un cartel sobre el que está escrito «Partido del Voto».

Tras ellos, los hermanos Aulladores del Frente Antimperialista, los Franciscanos de Asís que llevan de la mano a los magistrados de corazón tierno, y los cuatro soft-infibulistas a los que obesos prelados castrados y reducidos a eunucos alaban a coro: «¡Amame, Alfreeedooo! Amame, como yo te amo». Por último, los periodistas provoca lágrimas y los dibujantes mea conditio que, felices por mi ya inminente martirio, proclaman a grito pelado el Requiem Aeternam.

Al final de todos, me arrastro yo, descalza, desangrada, consumida, envuelta en un sambenito que parece un burka y ridiculizada con una mitra de pan de azúcar que me han colocado en la cabeza. A mi lado, el Ejecutor de la Justicia que, esta vez, no es Messer Jacopo de Brescia.

Es la jefa de las Brigadas Rojas que ha conseguido un permiso por buena conducta y que, tras haberme atado al palo, me pregunta (según el ceremonial establecido por el santo Oficio) en qué religión deseo morir. Si respondo en la católica, apostólica y romana o, todavía mejor, en la islámica, puede ejercer todavía la misericordia a la que aluden los estandartes de los dominicos olivistas. Es decir, estrangularme y quemarme muerta. Si respondo (como responderé) con una blasfemia, entonces no. Declarando que ella sólo responde de sus acciones ante el proletariado metropolitano, me quema viva.

Entendámonos. Imagino que me quema viva, sin creérmelo demasiado. El auto sacramental es una apuesta políticamente arriesgada entre los crucifijos y las campanas, símbolos demasiado incorrectos para el Diálogo Euroarabe. Pero de hecho, pienso que el castigo llegará, como explica Alexis de Tocqueville en la conclusión de su insuperable libro sobre la democracia.

En los regímenes dictatoriales o absolutistas, explica Tocqueville, el despotismo golpea groseramente el cuerpo. Lo encadena, lo tortura, lo suprime con las detenciones, las prisiones y las inquisiciones. Con las decapitaciones, los ahorcamientos, los fusilamientos y las lapidaciones.
Haciendo esto ignora el alma que, intacta, puede levantarse sobre las carnes martirizadas y transformar a la víctima en héroe.

Al contrario, en los regímenes inertemente democráticos, el despotismo ignora el cuerpo y se ceba con el alma. Porque es al alma a la que quiere encadenar, torturar y suprimir. De hecho, no les dice a las víctimas: «O piensas como yo o mueres».
Les dice: «Elige. Eres libre de pensar o de no pensar como yo. Y si piensas de una forma diferente a la mía, no te castigaré con el auto sacramental. No tocaré tu cuerpo, no confiscaré tus bienes, no te quitaré tus derechos políticos. Incluso podrás votar. Pero no podrás ser votado, porque yo sostendré que eres un ser impuro, un tonto o un delincuente. Te condenaré a la muerte civil, te convertiré en un fuera de la ley, y la gente no te escuchará. Más aún, los que piensan como tú también te abandonarán para no sufrir, a su vez, el mismo castigo».

Añade después Tocqueville que en las democracias inanimadas, en los regímenes inertemente democráticos, se puede decir todo, menos la verdad. Se puede expresar todo, difundir todo, excepto el pensamiento que denuncia la verdad.

Porque la verdad coloca a las democracias contra la pared.
Da miedo. Y cuanto más ceden al miedo y, por miedo, trazan en torno al pensamiento que denuncia la verdad un muro insalvable. Una invisible pero insuperable barrera en el interior de la cual sólo se puede o callar o unirse al coro. Si el escritor salta ese muro, supera esa barrera, el castigo surge a la velocidad de la luz. Peor aún. Los que ponen la rueda del castigo en marcha son precisamente los que, en secreto, piensan como él, pero que por prudencia se cuidan mucho de oponerse a los que lo anatematizan y lo excomulgan. De hecho, durante algún tiempo, tergiversan, dan un golpecito al muro y otro a las botas. Después callan y, aterrorizados por el riesgo que incluso dicha ambigüedad comporta, se alejan pisando con la punta de los pies, abandonando al reo a su suerte. En definitiva, lo que hacen los apóstoles cuando abandonan a Cristo arrestado por voluntad del Sanedrín y lo dejan solo incluso después de la pantomima de Caifás, es decir durante el Vía Crucis.

Aclaremos esta cuestión. No me asusta ninguno de los dos castigos. La muerte del cuerpo porque, cuanto más odio la Muerte, cuanto más la considero un derroche de la naturaleza, menos la temo (tanto en la paz como en la guerra, en la salud como en la enfermedad, siempre he jugado con la Muerte a los dados y el que crea que me va a amedrentar con el espectro del cementerio comete una grosera estupidez).

Y tampoco me asusta la muerte del alma, porque ya estoy acostumbrada al papel de fuera de la ley. Cuanto más se intenta atenazarme, anatematizarme y excomulgarme, más desobedezco. Más me rebelo. Y esta herejía reincidente lo confirma.

En cambio, me molesta el insuperable círculo que los italianos han trazado en torno al Pensamiento. La insuperable barrera en el seno de la cual sólo se puede callar o unirse al coro de las condenas y de las mentiras que expresan reverencia por el enemigo y falta de respeto por el que lucha contra él.

—–

- (1) Kara Mustafá: Gran visir del Imperio Otomano que 1683 emprendió una expedición contra Austria y sitió Viena, pero fue derrotado por tropas germano-polacas hasta que se batió en retirada. Fue condenado a muerte por orden del sultán Mehmet IV.
- (2) ‘Mortadella’: Sobrenombre con el que se designa despectivamente en Italia a Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea.
- (3) Palmiro Togliatti: Dirigente histórico del Partido Comunista Italiano, que participó en su fundación en 1921.

Categorías: Cultura
Escrito por: Syme

2 respuestas a “La fuerza de la Razón (y II)”

  1. BilbaoPundit :: Civilización y civilizaciones :: September :: 2006 Dice:

    [...] Sin embargo, también es evidente que lo que convencionalmente entendemos por "filosofía", "razón", "liberalismo" o "democracia política" encuentra arduas dificultades para abrirse paso en el mundo islámico -aunque algunos guarden legítimas esperanzas para que la situación mejore. Otra evidencia histórica es que nuestra civilización y nuestras civilizaciones son incomprensibles sin una larga lista de enfrentamientos con el Islam. Así lo recordaba Oriana Fallaci: sin el crucifijo no nos entendemos: [...]

Responder