Sebástian K, con ese nombre conocí a aquel misterioso vecino. Ahora poco importa su nombre, lo único que queda del frío que lo invadía se estaba enfriando por el clima, su sangre. Su cuerpo yace inerte sobre la nieve, y un plástico lo envuelve, para ser retirado del asfalto.
Los curiosos se amontonan como moscas a un trozo de alma infecta, podrida por su culpa, buscando saciar únicamente sus impulsos morbosos y violentos, mientras que el cuerpo les devuelve la mirada, insensible, egoísta, burlona y llena de rencor.
Sin embargo pocos meses antes, Sebastián no era mas que un joven solitario y encerrado en sí mismo pero llweno de bondad, un tanto peculiar, e inofensivo y pacífico. Trabajaba por las mañanas en una oficina y por las tardes buscaba en las manchas de humedad de su techo, encontrando siluetas, sombras y dibujos. Pocas veces salía de su rutina y personalmente, nunca vi entrar a nadie en su piso. Desde el principio, este chico me resultó simpático y despertaba mi curiosidad.
Un día, mientras leía los repetitivos y también monótonos titulares del periódico en una cafetería cualquiera, vi cómo Sebastian entraba con la cabeza baja y con movimientos cohibidos se acerco a la barra y pidió un café. Tal oportunidad de conocerlo no podía ser desperdiciada, así que inmediatamente llamé su atención con un gesto pidiendo que se sentase en mi mesa.
De esta manera lo conocí. Al verme interesado en su vida, y mostrando siempre un extraño distanciamiento, Sebastián empezó a contarme sobre su vida y modo de vivir, mientras que de vez en cuando escrutaba una mirada nerviosa por todo el local, como si temiese algo, que por cierto, nunca terminó de confesarme.
Pude conocer lo suficiente a Sebastian para describirle como persona, antes de los desafortunados incidentes por los que sufrió su cordura, y, de modo misterioso, su físico. Básicamente Sebastián era un cúmulo violento de comportamiento contranatura, sentido común cínico, intuiciones inexplicables, idealismo fanático y una obsesiva e instintiva inhibición.
Creo que, precisamente esas características y esa pasión por la vida, unidos a la necesidad de callárselo todo, fueron las que, con el paso del tiempo, desgastando la barrera entre la lógica y lo apasionado, con sus pasiones individuales como compañero de las características anteriores, llevaron a Sebastián al estado que tenía justo antes de perecer.
Aún así, esta descripción tan frívola no conseguiría meteros y haceros a la idea de la situación por la que pasaba Sebastián. Imagináos a un poeta mudo, a un escritor manco o a un pintor ciego… la tortura que imagino que pasaba a tan poca edad solo me parecía comparable a los castigos de Zeus a Atlas o a Tántalo. Muchas veces intenté ayudarle, pero su idealismo lo convertía en un tipo tan tozudo como pocos ha podido ver Gaia. Al final quedé resignado, convenciéndome de que la vergüenza que en él habitaba estaba tan metida en su subconsciente que ya formaba un todo con éste.
Sin embargo, Sebastián no dejaba de sorprenderme contándome diversas anécdotas, y con ese entusiasmo me comentó, casi por descuido, que en momentos de mucha tensión, una riña con sus familiares, o una discusión acalorada con alguien, o delante de una mujer a la que guardaba un gran afecto, llegaba a sentir dolores en el pecho tan intensos que lo asfixiaban y hasta llegaban a provocarle nauseas. Me aseguró que en nada se parecían a unos ataques de ansiedad o de nervios y fue precisamente eso lo que más me preocupaba de la situación. Su problema no era una simple característica moldeable, sino una enfermedad crónica de su persona.
Una tarde, cuando entraba en la cafetería para tomar algo, y, si había suerte seguir hablando con el joven, encontré que este ya me estaba esperando, y, por cierto, mas nervioso que de costumbre.
- Venga aquí, se lo ruego… le pido que mantenga esto en el más absoluto secreto. Esta mañana, al despertarme, noté que me encontraba mucho más aliviado que de costumbre, menos tenso y más descansado. Pero al pasarme como por instinto la mano por el pecho, vi como me salía directamente desde dentro esta… cosa.
Y mirando a su alrededor, temiendo que alguien viese su secreto, desabrochó lentamente los botones de su camisa, dejando su pecho a mi vista y enseñando algo que jamás había visto. Se trataba de una especie de escama, o pústula totalmente negra y limpia. Durante el escaso tiempo que vi ese fenómeno un escalofrío recorrió mi espalda, y vi imposible el hecho de ocultar mi asombro.
- Dios mío, ayúdeme, no sé que hacer, no le cuente a nadie este asunto…
Dicho esto, nada mas prometerle hacer algo al respecto, se levantó bruscamente de la mesa y abandonó la cafetería, refugiándose en su casa.
Al día siguiente, pregunté a un amigo mío médico si existía alguna patología parecida a lo que vi en Sebastian, pero éste negó saber algo sobre el asunto, tratándolo como una broma por mi parte. Insistir en el tema podría ofenderle, así que decidí hacer mutis y tratar el problema directamente con Sebastián.
Pero mi preocupación por este no hizo sino crecer cuando me di cuenta que había dejado el hábito de ir a la cafetería. Cada vez sabia menos de él, y la única señal de vida que se podía ver en él era que la correspondencia no se amontonaba en su buzón. Pero no volví a ver a Sebastián durante todo un mes, y justo cuando empezaba a olvidarme del asunto volvió a aparecer en mi vida.
Esa tarde paseaba por las ramblas de la ciudad y estaba anocheciendo. Mientras que la vida nocturna poco a poco se apoderaba de las calles, súbitamente oí una voz que exclamaba mi nombre. Era Sebastiá, sin duda, pero al darme la vuelta la persona que vi apenas recordaba al joven tímido de antes. Sus manos y su rostro estaban rebosantes de aquellas pústulas y cada una emitía un brillo intenso. Sus dientes brillaban con una blancura absoluta cómplices del efecto que causaban sus ojos ahora extrañamente ovalados y rojos, nada tenían que ver con el Sebastián que conocí.
- Buenas noches - dijo con una voz tranquila, grave y penetrante, pero al mismo tiempo tranquilizadora- parece ser que usted me ve tal y como me veo yo, a juzgar por su cara. Me resulta esto muy extraño, ya que los demás no ven esto, o no se dan cuenta o son victimas de una ilusión… - Todo en él había cambiado, por muy tranquilizadora que fuera la voz, en el fondo transmitía autoridad, y su pose junto con sus gestos, una enorme seguridad. Las cadenas que antes le aprisionaban se habían finalmente roto, llevándose en tal acción toda la bondad y autocontrol de Sebastian.
- No tenga miedo, no olvidare que usted fue el único que me ayudo, o al menos intentó ayudarme antes de que me ocurriese esto. Pero me sorprende que usted haya visto estas manchas, que me vea de la misma forma que yo cuando me veo frente al espejo. Estas escamas me recubren ahora todo el cuerpo, peor nadie lo nota. Al contrario, ahora parezco irradiar un magnetismo y poder tan fuerte que todos se ven incapaces de rechazarme o retarme. Todo lo que no podía ser antes lo soy ahora con creces. Pero sigo horrorizándome cuando me veo, este rostro sigue sorprendiéndome cada día cuando me levanto. Apenas me acuerdo de mi aspecto anterior.
De esta forma se volvió a despedir Sebastián, siendo ésta la ultima vez que lo vi. Una semana después, todos vimos su cadáver en medio de la calle. Parecía como si hubiese previsto su final, y al llegar agotado por el incidente a mi casa, hallé una carta que había sido introducida por debajo de la puerta, de Sebastián K para mí, diciendo:
Al único hombre que quiso conocerme:
Sabrás tú al igual que yo que mis días están contados, el precio de mi venganza ha sido mi vida, a la que ya había renunciado hace muchos años. Pero algo o alguien me ha dado la oportunidad de devolverle estos golpes al mundo, a la humanidad. Todos eran culpables, no te engañes, por su egoísmo o su indiferencia, por su credulidad, crueldad o su hipocresía hacia mí. Ahora por fin, he dejado de ver estas desagradables cosas.
Jamás ninguna pasión, tanto en el amor como en el odio me había sido correspondida, y he llegado a la conclusión de que la felicidad y la perfección se hallan en los extremos y no en el equilibrio. Si no piensas así, mira a tu alrededor para comprobarlo.
Ahora que soy lo que he querido ser durante toda mi vida, encuentro el vacio, pero sé que he llegado a ser un Dios en la tierra para algunos Y ahora por fin, algo me hace sentir que sobro.
Mis torturadores me han dado el arma para ejecutarlos y puedo descansar.
Me ahorraré el describirte en que ha consistido mi venganza, ya leerás de ella en tus periódicos. Sólo puedo decirte que cuando el aceptarme llegó a ser algo totalmente imposible, surgieron las alternativas, estas escamas…
Ahora te dejo, cuídate y si todavía ves algo hermoso en el mundo, cuídate de que no te pase como a mí…
La única explicación que pude encontrar para sus pústulas fue que todo lo que se callaba jamás llegaba a desaparecer en su interior; y acumulando el resentimiento hacia sus cohibidores, fue testigo de como su interior terminaba de manifestarse por fuera.
Sebastian K murió en calidad de asesino, chantajista, torturador físico y psicológico y responsable de tres suicidios. Rendido de los intentos de aceptarse tal y como era y de vencer su inhibición, su rencor le dio el poder de ser ídolo de los demás para aborrecerse aun más frente al espejo. Yo he quedado como único testigo de su transformación, de su cáncer, pero basta ser observador para ver que como Sebastian, hay muchísima gente, cuyos resentimientos y pasiones calladas solo esperan poder manifestarse de una forma u otra, en el exterior.
Y mientras me siento en el sofá, para dormirme y descansar de un día tan agotador, por fuera ha dejado de nevar…