Haciendo justicia. Toma II

Publicado el Viernes, 31 de Marzo de 2006

Como ya dije hace unas semanas, es un auténtico gustazo ver como la justicia, amante de todos, funciona como Dios manda. O como no manda, según el caso.

Imagino que todos ustedes estarán familiarizados ya con el cuento del señor Abdul Rahman, ese pobre diablo que tuvo la desgracia de nacer afgano -que ya es jodido-, y de, encima, salirnos cristiano. Si no la conocen -aunque deberían-, se la cuento, que estoy generoso.

El señor Rahman, afgano -y por lo tanto, musulmán- desde que nació, se convirtió al cristianismo hace dieciséis años, mientras trabajaba en Pakistán como miembro de una ONG cristiana. Hasta aquí, nada raro. Resulta incluso enternecedor.

Años después, y tras residir en Alemania y pedir asilo en Bélgica -sin fortuna-, no le quedó otra que regresar a su país en 2002, estando ya derrotados los talibanes. De vuelta, el hombre se encontró con nada menos que un divorcio sobre la mesa. Que su mujer ya no lo quería, vamos. Por cristiano. Ea.

Y con todo buen divorcio, llegan las batallas legales. Normalmente, primero por el dinero. Después, por los críos. Y fue durante la lucha por la custodia de sus dos hijas, que sus propios familiares decidieron denunciarlo a la policía, que terminó arrestándolo: el canalla tenía en su poder una Biblia.

Y es que en algunos países, con culturas diferentes a la nuestra -pero no por ello menos respetables-, la apostasía es un crímen. Y no un crímen cualquiera, no. Es un crímen castigado con la muerte, que se dice pronto.

Y para ser consencuente, la fiscalía exigió justamente eso: pena de muerte. Y las cosas se pusieron todavía más feas para el pobre Rahman: la acusación pedía su ejecución, por ser un “microbio“, y un “traidor” que debía ser “cortado y removido del resto de la sociedad musulmana“; el fiscal general del Estado afgano pedía que se le colgara; Incluso el propio juez -imparcial, como debe ser- dejó bastante clara su postura: se le “invitaría de nuevo” a abrazar el Islam, “porque la religión del Islam es una religión de tolerancia”. De arrepentirse, se le perdonaría. Todo sea dicho, el testarudo de Rahman se negó a abandonar sus creencias -jodido infiel-, y rechazó la posibilidad de ser perdonado. Y es que lo bueno es eso. Que el Islam -como ya se han encargado de decirnos una y otra vez-, es una religión de tolerancia, paz, y respeto. Tanto, que hasta te da una segunda oportunidad cuando te portas mal: o vuelves al buen camino, o acabas con los pies colgando. Y el muy desagradecido, rechazándola.

La buena noticia, como insisto ya sabrán, es que Abdul fue finalmente liberado. Oh, no, pero no se engañen. Nada de soltarlo porque, a día de hoy y en el siglo XXI, ejecutar a alguien por convertirse a otra religión sea una barbaridad. Liberado porque su juicio fue paralizado por razones técnicas. ¿Las razones? Se dudaba sobre el estado mental del acusado, nada menos. Imagino que porque ya hay que ser subnormal -con perdón-, para quedarse en un país donde la palabra de Mahoma está por encima de la Carta de Derechos Humanos. Ah, y supongo que las posibles reacciones internacionales ante la posible ejecución, también entrarían en esas razones técnicas. O al menos, consiguieron que Karzai metiera la zarpa en el asunto.

Y es que -pondré esto como moraleja- historias como ésta le dejan a uno perplejo, preguntándose quienes son los que, realmente, tienen un estado mental, cuanto menos, preocupante. Porque parece que hay tribus que, se haga lo que se haga, jamás llegarán a civilizarse.

Espero les gustara el cuento. Seguro que no es el último.

Syme @ 11:29 pm
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