Una de esas entradas en alguna bitácora que cuesta creer que sean ciertas, pero que lo son: los buzones-bebé proliferan en Europa. Situados en zonas discretas, estos buzones, mitad contenedor de basura y mitad incubadora, permiten que los padres abandonen a sus hijos no deseados de forma segura, tanto para ellos -anónimamente- como para el bebé:
Al dejar al bebé en la incubadora, generalmente situada en una zona discreta, se aprieta un botón y éste envía una señal al personal médico de un hospital, que acude rápidamente en auxilio del niño abandonado.
Posteriormente, el bebé es llevado a la maternidad del hospital, dando inicio a los trámites de adopción.
Para los defensores de esta idea -ya implantada en la República Checa, Austria, Suiza, Alemania, Hungría e Italia- es la mejor forma de prevenir las más que frecuentes muertes de aquellos recién nacidos que son abandonados en la calle. El que vaya a abandonar a su hijo va a hacerlo haya buzón-bebé o no. Y si podemos evitar que el pequeño muera, mejor que mejor. Cierto.
Me ha recordado a las cabinas de suicidio que aparecen en Futurama: introduzca sus veinticinco centavos y muera. El mismo razonamiento. Si hay que suicidarse, mejor hacerlo de una forma rápida y segura. Y el que vaya a suicidarse, lo hará exista esta cabina o no, así que no perdemos nada facilitándole las cosas.
Pues sí, pero no. Nada que reprochar a los inventores del buzón-bebé, que sin lugar a dudas salvará vidas. Lo deleznable es que todavía existan miserables que abandonen a sus hijos en un contenedor de basura o, a partir de ahora, en uno de estos artilugios.
El día que -esperemos, nunca llegue- alquien quiera suicidarse, confío en que el método escogido sea algo más humano y digno -hasta la muerte entiende de esas cosas- que entrar a una cabina, cerrar la puerta, introducir una moneda y pulsar un botón, mientras otros suicidas hacen cola esperando su turno.
Y si algún día hay que abandonar a un hijo -por el motivo que sea, no es cuestión de juzgar a la ligera las acciones de otros- debería contarse con se actuará con un mínimo de humanidad. Se debería acudir al centro adecuado, para que la desgraciada criatura tuviera al menos una identidad y la posibilidad de conocer sus orígenes. No se la arrojaría a un contenedor, para pulsar después un botón y huir.
No si queda algo de dignidad.