Nuestro nuevo compañero de piso es un tío enrollado. Es agradable y es fácil vivir con él. Ha supuesto un soplo de aire fresco en nuestas existencias comunales.
Esta noche él estaba viendo una película en la que los aliados bombardeaban Dresden y un par de cosas más. Por lo visto ha sido algo bueno, una película actual de calidad y en plan documental, una de esas cosas que en España hubieran puesto en “La Dos” a las cinco de la mañana.
Yo salía de lavarme los dientes del cuarto de baño y él venía del comedor.
-¿Qué tal la peli?
-Buf… Han perdido los alemanes.
La respuesta fue tan estúpida que por supuesto me hizo gracia. Luego pensé en los alemanes.
Siempre que hay que hacer una película en la que se necesite un malo de entidad y la acción no se desarrolle en el espacio, allí estarán los nazis. Todos los detalles, la simbología, los desfiles, los uniformes, los campos de veraneo… todo ha quedado en la conciencia colectiva. Ahora te sale un alemán por una ventana gritándote porque llevas ahí diez minutos tirando bolas de nieve, y te cagas encima. Piensas que lo siguiente que sabrás al despertarte es que vas en tren en dirección a unas duchas en algún lugar. Pero no, todo eso ya ha pasado. Para casi todos.
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