Memoria histórica

Publicado el miércoles, 01 de marzo de 2006

José García Ladrón de Guevara

Confieso que me provoca un malestar muy parecido a la náusea tener que volver, necesariamente, sobre un tema que yo, por mi parte, ya daba por agotado y concluido, como diatriba dialéctica, pero que algunos, desde sus inmóviles posicionamientos políticos, se obstinan en mantener a la orden del día. Me refiero a lo que se viene denominando la ‘memoria histórica’, referente a lo que significó para todos los españoles nuestra guerra civil del 36, con sus efectos colaterales y subsiguientes.

Como cada cual cuenta la feria según le fuera en ella, resulta evidente, e incuestionable, que los planteamientos de unos y otros no pueden ser coincidentes, ni siquiera aproximados, máxime teniendo en cuenta algo muy importante, y que suele minimizarse ahora, a los setenta años de aquello, y es que, entonces, la contienda terminó con la victoria de un bando y la derrota del otro. O sea, que sí hubo vencedores y vencidos. Pues claro que sí. Que me lo pregunten a mí. Porque yo fui, con mi madre y mi hermano, fusilado nuestro padre, uno de los muchísimos españoles perdedores, sometidos a la infame represión permanente, sin concesiones ni blandenguerías, de aquel miserable, vengativo e inhumano generalísimo, Caudillo de España por la gracia de Dios. O algo así.

Cuarenta años; que se dice muy pronto. Mucho más de media vida, incluidas la infancia, la juventud y lo mejor de la madurez, supuso para nosotros, las víctimas de aquella catastrófica tragedia, valga la redundancia, después de los tres años de la guerra. Eso es, nada menos, lo que ahora unos nenes, socialistas de diseño industrial, que se proclaman progres y de izquierdas, muchos de ellos hijos y nietos de notorios jerarcas del régimen franquista, se permiten la osadía de utilizarnos, a los que verdaderamente sufrimos, a todos los efectos posibles, las consecuencias de aquella derrota total y sin paliativos, planteando públicamente la necesidad (a su conveniencia) de recuperar ‘in mente’ aquel ignominioso tiempo perdido, actualizándolo como una ‘memoria histórica’, en términos absolutamente maniqueos, con la insidiosa excusa de una ineludible recompensación (moral supongo) a favor de las víctimas personales e individualizadas, de aquel calamitoso desastre nacional.

Pero, bueno. Vamos a ver. ¿Qué pretenden estos muchachos y a estas alturas? Cuando la inmensa mayoría de los damnificados ya se han muerto. Y los pocos que quedamos presentes, vivimos, mal o bien, ese último plazo de tiempo existencial que yo denomino ‘la prórroga’, previa a la inminencia del último viaje. Lo que yo les pregunto, con el cabreo y la indignación adecuados, es por qué no se acordaron antes de nosotros. Hace veinte años, por lo menos. Cuando todavía existían tantísimas víctimas, olvidadas y pasando apuros. ¿Qué significa, para mí, la ‘memoria histórica’? No sé si el recuerdo actualizado de aquella continuada pesadilla, que parecía interminable. ¿Quieren que les cuente algo de lo que supuso, para nosotros, el infierno de aquella apocalíptica huida de la población civil, por la vieja carretera de la Costa, desde Rincón de la Victoria hasta Nerja; donde nos alcanzaron las tropas italianas, vitoreando al Duce, que tomaron Málaga? Febrero de 1937. Yo tenía entonces ocho años de edad. Y lo recuerdo. Cinco o seis días huyendo a la desbandada. Hostigados por los barcos de guerra franquistas, que ametrallaban a la multitud cuando la carretera coincidía con la orilla de la playa. Y las pasadas de los aviones de caza disparando, como si fuéramos alimañas. ¿Les describo el horror de las criaturas agonizantes, destripadas, en las cunetas o por aquellos terraplenes? Más ‘memoria histórica’. Les diré que cuando llegamos a Granada por Zafarraya, pocos días después detuvieron y encarcelaron a mi padre. Y que fue juzgado por un tribunal militar, oficiando la burda parodia de un juicio sumarísimo, condenándole a muerte, sin recomendar el indulto, por el terrible delito de ‘rebelión militar’, cuando los rebeldes eran ellos, los verdugos. Se llamaban Manuel Rojas, E. Amat, José Navarro, Enrique Palacios y José Pérez. Les recordaré que mi padre fue ejecutado en las tapias del cementerio de Granada el 19 de octubre de 1938. Que nos fueron confiscados todos nuestros bienes patrimoniales. Asaltada y saqueada por los moros la casa donde residíamos en Cazalla de la Sierra, donde mi padre ejercía el cargo de secretario del Ayuntamiento. Les puedo añadir que a partir de entonces mi madre, mi hermano y yo, vivimos de la beneficencia familiar, hasta que mi madre consiguió abrir un portal, en la calle de San Antón, donde vendía artículos de papelería al menudeo y arreglaba las medias de las señoras con una maquinilla apropiada para tales menesteres.

Naturalmente, ni la viuda ni los huérfanos de un rojo fusilado recibían pensión alguna. Nada por nada, igual a nada. Que se las apañaran como pudieran. Ni mi hermano ni yo tampoco nos libramos de la mili, por hijos de viuda indigente. Qué va. Nos obligaron a cumplir el servicio militar. Estudiamos como pudimos, tanto en las escuelas públicas, como en el Instituto ‘Padre Suárez’. Desde chaveas trabajamos; yo como chupatintas en unas oficinas y mi hermano de aprendiz en una imprenta. Las pasamos canutas, oiga. Pero aquello ya está archivado para siempre. Eso sí, pasaron los años. Muchos y muy largos. Murió el dictador. Y con la democracia llegaron los nuestros. ¿Qué bien! Yo traté de conseguirle una pensión a mi madre, como viuda del fallecido (en 1938) Horacio García, secretario del Ayuntamiento de Cazalla de la Sierra. Ya era hora. ¿Sí o no? Pues mire usted, los nuestros, los míos, se la denegaron. Se tuvo que apañar, después, con la pensión mínima establecida para la generalidad de las viudas sin papeles. Toma ‘memoria histórica’.

¿Saben estos nenes, disfrazados de izquierdistas, que unos 14.500 huérfanos de fallecidos en la Guerra Civil y en la postguerra subsisten con una ayuda de 56,6 euros, cantidad que lleva congeladas dos décadas? (Diario ‘El Mundo’, 19-2-2006).

Y conste que ni mi madre, que vivió hasta los 94 años, ni mi hermano ni yo, jamás hemos recibido ni una peseta, ni una palabra, ni un gesto de ayuda o solidaridad. Nada. Nunca. Y a mucha honra. No tenemos nada que agradecerles. Que se metan la memoria histórica por donde les quepa. Y que nos dejen morir en paz, sin rencores, dignamente. Se lo ruega, si es que tienen vergüenza, esta víctima del bando perdedor. Porque debo repetírselo: entonces sí que hubo vencedores y vencidos. Olvídenme, muchachos. Y no se luzcan a costa del dolor ajeno.

[Publicado en Ideal Granada, el 27 de Febrero de 2006]

Kane @ 13:46
Clasificado bajo: Ciudadanía


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