-Don Enrique Múgica Herzog.
-No.
-Don José Nasarre de Letosa Conde.
-Sí.
En el interior del hemiciclo continuaba la votación en tonos aburridos. Francisco Fernández Ordóñez comenta con Juan José Rosón que tiene en el bolsillo el papel que tiene que ir al Boletín Oficial del Estado con el preceptivo cese del presidente Adolfo Suárez.
En los escaños socialistas, Alfonso Guerra, que ya ha votado, está a punto de levantarse y abandonar su asiento. Hace diez minutos, su secretaria María Victoria le ha pasado un papel diciéndole que la visita que esperaba estaba ya en el segundo piso del edificio nuevo donde se encuentra el despacho del grupo parlamentario socialista.
Otro socialista, Manuel Nuñez Encabo, diputado por Soria, que se ha incorporado a la votación con el tiempo justo, porque ha tenido que dejar el coche que le acababan de prestar en doble fila, también repite una y otra vez lo que tiene que votar para no equivocarse. Le dice a su compañero Navarrete que no se equivoque al emitir su voto.
En la puerta de entrada del edificio, que conduce al pasillo principal del palacio, el comisario Oria sacó su pipa de la boca y frunció el ceño al oír el portazo. Volvió la cabeza, y de pronto descubrió la pistola.
Fue su primera visión. Luego el tricornio, y el generoso bigote de Tejero. Oria expulsó rápidamente el humo sin comprender muy bien las prisas y la ostentosidad de la inesperada visita.
Oria era hombre de parsimonia y de infinita paciencia. Su escasa estatura, su rostro bonachón, su constante amabilidad y la filosofía de su permanente pipa entre los labios le proporcionaban un aspecto reconciliador y paternal que le habían hecho un hombre querido en el Congreso. Oria se quedó petrificado con la pipa en las manos, mientras que Gonzalo Rodado, el policía nacional que estaba junto a él, en el aparato detector de metales, un alcarreño de 38 años, permaneció impertérrito.
El policía nacional, al ver aparecer al jefe de la Guardia Civil con cara de pocos amigos y ademanes definitivos poco reconciliadores, pensó que lo mejor era cumplir el reglamento.
Apenas había juntado los talones cuando su mano ya había subido a la sien para hacer el saludo militar.
“Éste no viene de buenas”, pensó, en segundos, el comisario Oria. El comisario no se equivocaba. Apenas llegó hasta él, del rostro descompuesto del teniente coronel de la guardia civil salió un grito desgarrador, crispado, que no dejaba mucho margen a la interpretación.
-¡Al suelo!¡Todo el mundo al suelo!
Oria intentó identificarse. Se acercó al guardia civil.
-¡Al suelo! -le gritó Tejero cuando estaba junto a él a punto de abrir la boca, mientras que toda la humanidad del comisario se extendió horizontal sobre la alfombra del pasillo principal del Congreso. Y con Oria decenas de personas que, en ese momento, estaban en el corredor.
Avanzó Tejero y miró a su derecha. En el primer salón, dos personas aún de pie, con el rostro desencajado y la mano a la altura de la cintura parecían petrificadas.
-¡Todo el mundo! -se indignó Tejero-. ¡He dicho todos al suelo! -añadió estirando su brazo derecho, el dedo índice presionando el gatillo de su arma.
El disparo sonó seco, casi como un portazo. Su eco, posterior, recorrió como un incomprensible mensajero de odio; las viejas paredes del palacio de las Cortes temblaron, y la pequeña aleación de nueve milímetros fue, como un rayo, a estrellarse en la greca de escayola del techo del escritorio. La reseca purpurina que la cubría saltó por los aires en el mismo instante en que los dos policías de escolta que habían permanecido de pie, petrificados, se arrojaban al suelo sobre los cuerpos tendidos de sus compañeros.
-¡Al suelo! -volvió inútilmente a ordenar Tejero, mirando ahora el pasillo tapizado de cuerpos aplastados contra la alfombra, silenciosos y rígidos, mientras hacía un segundo disparo que alcanzó el techo hacia la mitad y fue a incrustarse en el tabique que, a veinticinco metros, ponía fin al largo pasillo.
Tres o cuatro armas salieron lentamente de su fundas en el escritorio destinado a los escoltas. Eran las armas de quienes se habían arrojado al suelo sin ver que los gritos y los disparos venían de un teniente coronel de la guardia civil.
Lentamente, sin hacer un solo ruido, sin que se pudiera percibir un solo movimiento, los revólveres salieron de sus fundas. El ruido levísimo de los muelles de los percutores tensándose se apagó entre el movimiento de las manos.
-¡Son picos, son picos! -musitó un inspector de policía.
Las armas volvieron lenta, discreta, crispadamente a sus cartucheras.
¡Eran guardias civiles!
“Con ésos no nos han enseñado a luchar -pensó alguno. No vamos a matarnos entre nosotros.”
“Irán buscando a algún terrorista”, pensó otro.
El teniente coronel, el capitán, el civil de anorak y una docena de guardias comenzaron a andar por el pasillo mientras otros subían por las dependencias, salones y escaleras.
Simultáneamente, decenas de civiles habían tomado posiciones. El policía nacional que montaba guardia en la puerta por donde tenían su entrada los miembros del Cuerpo Diplomático se sobresaltó al ver a aquellos guardias civiles a paso ligero precipitarse sobre él.
-¿Qué pasa? -preguntó al teniente que encabezaba el pelotón.
-Un comando de ETA está dentro -contestó rápido el teniente sin ni siquiera detenerse.
Los guardias fueron penetrando en el recinto. El penúltimo en entrar parecía tener un viejo rencor hacia la policía nacional. Aquel día debía sentir más que nunca la enorme superioridad de la Guardia Civil sobre los canelos, como les llamaba.
Al pasar junto al policía, el guardia civil colocó el CETME en su vientre mientras se abalanzaba sobre el revólver del 38 especial que colgaba en la cintura del policía nacional.
-Pero… ¿qué haces?, ¿es que me quieres desarmar? -gritó el policía mientras retrocedía para evitar que su atacante alcanzara el arma.
-¡Esto es un golpe de Estado! -informó secamente, orgulloso, el guardia civil.
Abajo, en el pasillo principal del parlamento, Antonio Tejero, el teniente y el paisano avanzaban rápidos por el pasillo camino del hemiciclo entre el estupor y el asombro de periodistas, policías y altos cargos de la Administración que yacían silenciosos en el suelo.
Al otro lado del patio, que se había llenado de pronto de guardias civiles que bajaban en oleadas de los autobuses, un policía nacional entraba a voz en grito en el destacamento situado en uno de los sótanos al lado del aparcamiento.
-¡Mi teniente, mi teniente! ¡Que están entrando muchos guardias civiles en el patio!
Pedro Contreras, 47 años, jefe del destacamento del Congreso, pegó un respingo en el sofá. Miró sobresaltado el rostro jadeante y descompuesto del policía y, de un salto, se incorporó. Cogió de un manotazo su gorra marrón y salió corriendo.
El cabo y los nueve guardias que en ese momento estaban de descanso salieron tras él. Apenas hubieron coronado la rampa de entrada del nuevo aparcamiento, seis guardias civiles les rodearon. Un sargento le puso a Contreras de golpe el subfusil en el vientre.
-¿Qué pasa? -preguntó atónito el teniente.
-Lo que tenía que pasar -contestó el sargento-. ¡Y no te muevas!
El teniente miró a sus hombres. No comprendía aquella actitud agresiva y descarada de los civiles. No comprendía qué especialísimas circunstancias propiciaban que aquel sargento de la Guardia Civil le tratara con ese descaro, olvidando las dos estrellas que mostraba su boina.
-¡Actuamos en nombre del Rey! -dijo un guardia civil a su derecha.
La verdad es que en ningún momento se le había pasado por la imaginación hacer frente a los civiles. “¡Cómo iba a hacerlo!” pensó. Pero al oír el nombre del Rey en boca de uno de los asaltantes le invadió una fuerte sensación de respeto, y su conciencia se liberó de la indefinible incomodidad que le embargaba.
Unos metros más adelante, en la calle Fernanflor, uno de sus policías preguntaba excitado a un grupo de guardias:
-¿Qué sucede?
-Pues si no lo sabes tú, que ya estás aquí -le contestó uno de los civiles- ya me dirás cómo coño vamos a saberlo nosotros, que venimos ahora.
-Don Carlos Navarrete Merino.
-No.
-Don Manuel Nuñez Encabo.
Nuñez Encabo oye, lejanos, como en un sueño, gritos de “fuego, fuego”. Algunos diputados se incorporan lentamente mientras otros se miran entre sí.
El secretario de la Cámara vuelve a pronunciar el nombre de Nuñez Encabo, que ha dicho un “no” casi imperceptible.
-Don Manuel Nuñez Encabo.
-No.
Un grupo de diputados de UCD, detrás del sector del banco azul donde se encuentra el presidente del Gobierno, se incorpora extrañado al oír un golpe, como un estampido, y al percibir lejanas las voces de “fuego, fuego”.
Tejero, pistola en mano, había llegado ya a la puerta que daba entrada al hemiciclo. Estaba obsesionado con su entrada triunfal y castrense. Había llegado el ansiado momento de imponerse a los políticos, de tenerlos bajo la mira de sus armas. ¡Ahora sí que iban a estar las cosas en su sitio!
Se imaginaba sus caras atónitas, su indignación contenida, su impotencia, su miedo.
No miró hacia atrás para ver cuántos le seguían cuando volvió a vociferar mientras forzaba con furia la puerta de entrada:
-¡Todo el mundo al suelo!
-¿Qué pasa?
Victor Carrascal, secretario de la Cámara, había oído ruidos, carreras y gritos de “fuego, fuego”. Instalado en el atril, miró instintivamente hacia el pasillo de su izquierda, de donde procedían los gritos, mientras que parte de los diputados situados enfrente mismo suyo se levantaban extrañados.
Mecánicamente repitió el sentido del voto del diputado Nuñez Encabo…
-No.
Los ruidos arrecian y Víctor Carrascal vuelve a preguntar ya con un tono más bajo de voz:
-¿Qué pasa?
Juan José Rosón, ministro del Interior, en una de las esquinas del banco azul donde está el gobierno, se incorpora ligeramente con las manos puestas en el pupitre, mientras ve cómo un oficial de la guardia civil, seguido de otros oficiales y números, va entrando en el hemiciclo por el pasillo de la izquierda. Como un susurro, antes que el guardia civil comience con tranquilidad estudiada a subir las escaleras de la presidencia, Juan José Rosón murmura un nombre con un ligero escalofrío: “¡Tejero!”
Antonio Tejero, como si se tratase de un escenario, sube las escaleras de la izquierda y se sitúa a la derecha y delante del presidente de la Cámara, la mano izquierda tendida y la derecha empuñando su pistola reglamentaria.
Landelino Lavilla se levanta como empujado por un resorte y le increpa:
-¿Qué ocurre?
Tejero, sin mirarle, con la mano derecha rozando el gatillo de su pistola amartillada, la mirada desafiante, los ojos desencajados, grita:
-Quítate de ahí.
A su izquierda en el primer piso, en la tribuna de prensa, Rafael Luis Díaz, el locutor de la SER, ha hecho una larga pausa que han podido oír millones de españoles. Nervioso ha comenzado a decir que se ha oído un ruido, un golpe…
-Se ha oído un golpe. Se ha oído un disparo… Se ve a la policía. Entra la guardia civil. La guardia civil entra en estos momentos en el Congreso de los Diputados. Hay un teniente coronel que en estos momentos sube a la tribuna. En estos momentos apunta. Es un guardia civil que apunta… que está apuntando con la pistola… Entran más policías. Están apuntando al presidente del Congreso de los Diputados con la pistola. Cuidado. Cuidado, la policía, la policía… No podemos emitir más porque… llevan metralletas…
-¡Alto! ¡Todo el mundo quieto! ¡Quieto todo el mundo! ¡Silencio! ¡Quieto todo el mundo! -grita Tejero con voz ligeramente gangosa.
El teniente general Gutiérrez Mellado reconoce a Tejero y se levanta automáticamente. Pone las manos sobre su escaño y sin pensarlo sale al pasillo mientras que el presidente del gobierno intenta retenerlo inútilmente.
-¡Al suelo, al suelo!
Los guardias civiles vociferan siguiendo la misma cadencia, el mismo grito, el mismo tono que el oficial que los manda.
¡Al suelo todo el mundo! ¡Todo el mundo al suelo!
Gutiérrez Mellado oye, en décimas de segundo, que el teniente coronel Tejero ha dicho “Siéntese, diputado”, y se dirige a desarmarlo…
-¡Al suelo! ¡Al suelo! ¡Al suelo! ¡Al suelo! ¡Al suelo!
Gutiérrez Mellado sigue avanzando mientras intenta decirle a Tejero que salga “fuera”. Tres guardias lo retienen.
Rafael Luis Díaz oye que le dicen que se tire al suelo, pero ha conseguido refugiarse en una de las columnas…
Tejero dispara.
Luego, una, dos, tres, una interminable ráfaga de ametralladoras…
Todo el gobierno, salvo el presidente en funciones Adolfo Suárez, se refugian bajo los escaños.
Las ráfagas duran segundos, pero parecen horas.
Adolfo Suárez, que permanece sentado en su escaño, siente como varios casquillos de bala rebotan cerca de él y piensa que puede estar herido. Pero permanece impasible.
Luego, de nuevo, la voz de Tejero:
-¡Quietos, para, para! ¡Que vais a dar a alguien de los nuestros!
El teniente general Gutiérrez Mellado, sordo por los disparos, intenta seguir avanzando hasta el lugar donde se encuetra Tejero, pero es Tejero el que va hacia él.
Le pone una zancadilla, le coge por el cuello e intenta tirarle al suelo. El vicepresidente del gobierno, agarrado a la barandilla de su escaño piensa, en décimas de segundo, que no puede caer, que el honor del ejército y el de España no pueden estar por los suelos… Siente como le agarran por el cuello, como una, dos, tres, media docena de manos intentan tirarle. Se agarra con fuerza al banco azul y es Tejero el que está a punto de caer.
Gutiérrez Mellado, fatigado, cansado, vuelve a su escaño. Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo Sotelo al unísono le dicen la misma frase que el general no puede oír:
-Déjalo, déjalo.
-¡Siéntate, te lo ordeno! -le añade Suárez.
Luego un largo, profundo, y persistente silencio…
(de La noche de Tejero, José Oneto, Los libros de cambio 16)