Juan Marsé
Debían ser las seis y media de la tarde. Estaba yo trabajando en mi estudio y entró Felisa arrastrando la escoba y apretando entre los dientes su larga boquilla de marfil con uno de mis cigarrillos. Había estado en el salón haciendo como que barría mientras miraba una película en la televisión y liquidaba los restos de cava de la botella con que regué mi frugal almuerzo. Mi querida y fiel asistenta era una vieja resabiada, gorda y cegata, no veía a tres palmos, pero su singular perspicacia iba lejos. Acaso porque había barrido y fregoteado muchas plateas y gallineros de cines de barrio desde que era casi una niña, sabía de películas y peliculeros más que Terenci Moix, Cabrera Infante y José Luis Guarner juntos, y me desafiaba con apuestas y adivinanzas para sacarme los cuartos:
-Quinientas pelas a que no sabe quién hacía de Gary Cooper niño en Beau Gest -dijo con su voz rota-. De mayor ha sido un cómico famoso.
Esta vez estaba seguro de ganar.
-Vale -dije, y sonriendo añadí: -Mickey Rooney.
Me miró con lástima, suspiró:
-Le daré otra oportunidad.
-Roddy McDowall. -Ella meneó la cabeza-. Pues a ver… Deme una pista.
-Lluvia. Paraguas.
-Hum…
-Mula. Bailarín. Y ya no hay más pistas. ¿Se rinde?
-Qué remedio.
-Donald O´Connor -tendió la mano con la palma hacia arriba, y pagué.
Calculé que en las dos últimas semanas me había sacado unas cinco mil. Se guardó las quinientas pesetas debajo del delantal, sacudió la ceniza del cigarrillo con un golpecito de los dedos en la larga boquilla y entonces dijo:
-En la tele acaba de salir un torero con pistola.
-¿Ah, sí? -dije sin prestar atención-. Y qué, ¿es buena la peli?
-Es española.
-¿Y eso qué quiere decir? -y sin esperar respuesta, intentando concentrarme de nuevo en mis papeles, añadí: -Vaya, vaya. Yo ahora tengo mucho trabajo, Felisa.
-Una de ésas que no tienen ni pizca de gracia, seguramente con palurdos en calzoncillos persiguiendo a pelandruscas en combinación, del Ozores o del Escrivá y con argumento del Vizcaíno Casas. ¡Brrrrrr…! El protagonista torero gasta unos bigotes del año de la catapún.
-Nunca he visto un torero con bigotes.
-Ha subido a un estrado, en una especie de circo lleno de extras sentados malamente y ganduleando, y con una pistola en la mano, ha ordenado: “¡Se sienten, coño!”. ¿Se da cuenta? ¡Ni hablar saben!
-Ni eso.
-¡Luego dicen que el cine español no puede competir con el extranjero porque está poco subvencionado! ¿Usted cree que podemos competir con diálogos tan zafios y actores tan carrozones y teatrales? ¿Si viera la jeta del protagonista!
-Tenemos secundarios muy buenos… ¿Seguro que era un torero, Felisa? ¿Por qué no vuelve al salón y se fija mejor y luego me lo cuenta?
-Llevaba en la cabeza una montera o algo parecido. Pero no estaba muy atenta porque ya le digo, a mí es que el cine ese…
Le dije que bueno, que estaba muy ocupado, que más tarde me trajera un café bien cargado y que ella podía seguir viendo la película, si quería. Y se fue.
No tardó en volver con el servicio de café. Dejó la bandeja en mi mesa y dijo:
-Resulta que es un guardia civil con tricornio. De aquellos de antes, con su buen mostachón, su cara avinagrada y su morro. Debe ser una de guardias y ladrones.
-Seguramente -dije por decir algo.
-Es una birria de película -insistió Felisa-. Parecen todos de otra época, del siglo pasado, hasta juraría que llevan pelucas y espadas. Mucho desplante y aspavientos y chulería. El sonido es muy malo, como siempre, y los actores no vocalizan bien. Gritan y se dan empellones y no se entiende nada. ¿El argumento?, cualquiera sabe. Me recuerda una peli malísima que vi de chica en el Delicias, una españolada con Manuel Luna, aquel tío tan feo, con guardias civiles malcarados y ladrones de gallinas…
Le sugerí que la viera un rato más, que tal vez la cosa mejoraría.
-No tiene arreglo, créame. Le digo a usted que es una españolada de aquellas de no te menees. Pero bueno, a ver.
Se fue otra vez arrastrando la escoba y balanceando sus voluminosas caderas y su escepticismo. Y al poco rato volvió, se asomó a la puerta y dijo:
-De mal en peor. Vaya tostonazo, oiga -me llegó su aliento perfumado de cava-. Parecía que se iba a animar la cosa, pero nada. Ha sido cuando uno de los artistas, un anciano pulcro y esmirriado pero con mucho coraje, se ha enfrentado a ese patán del tricornio y los bigotes, que lo ha querido derribar al suelo aplicándole una llave de una manera tan borde y tan mostrenca, y además sin conseguirlo, que es que, vaya, ni para escenas de pele sirven.
-Sí, está bien. Luego me la cuenta, Felisa…
-Si no hay nada que contar. Disparos a la tuntún, al techo, y uno que grita: “¡Todos al suelo!”, y hala, los extras escondiendo la cabeza como avestruces, todos menos ese anciano, que planta cara y permanece en pie con los brazos en jarras, observando el estropicio de los tiros y la pésima actuación del pavero ese del mostacho y la pistola… Es el único que se salva en esta peli, el único que me gusta como artista, ese viejo.
Aconsejé a Felisa que terminara de ver la película sentada cómodamente en el sofá y que se olvidara de lo demás. Y que luego me lo contaría.
-Si me siento, seguro que me duermo -dio media vueta refunfunñando, pero se revolvió y dijo:- “He perdido un dólar”, dice uno. Y el otro le responde: “Descríbamelo”. ¿De dónde sale este diálogo precioso? Van quinientas.
Sonreí y paré la mano para cobrar:
-Ésta vez te pillé. Sopa de ganso, Groucho Marx y su hermano Harpo.
-No, señor. El moderno Sherlock Holmes, Buster Keaton, 1924.
-¡Maldita sea, Felisa, haga el favor de dejarme trabajar!
-Pague y me esfumo.
Lo hice y se fue al salón. Me pareció oir más disparos en el televisor, pero podía ser ella descorchando otra botella de cava. Sonó el teléfono y descolgué. Era mi mujer, desde Madrid: “¿Estás viendo la televisión, querido?”. “¡¡No!!”. “Pues agárrate. La Guardia Civil acaba de asaltar el Congreso de los Diputados”.
Entré corriendo en el salón y vi parpadear en la pantalla una imagen fija: el protagonista de los bigotes ocupada el estrado de los oradores blandiendo una pistola.
Vencida por el aburrimiento y por los viejos fantasmas de Cifesa y de Chapalo, Felisa dormía plácidamente en una butaca frente a la tele. No la desperté. A fin de cuentas, aquello era una mala película de miedo, el remake de una pesadilla nacional, algo mucho peor que una españolada con ínfulas patrioteras.
Merecía el desdén y las burlas de Felisa, y, por supuesto, el fracaso.