He llegado de la calle hace pocos minutos, y voy a compartir aquí mi indignación. A las una y media -pasadas- de la mañana la ciudad se encuentra, obviamente, prácticamente desierta. Lo último que esperaba era que se me acercara una señora, en pijama de lunares de colores -en serio- pidiéndome ayuda. Y aunque, supongo que será cosa de la edad, cada día soy más incrédulo y malpensado, me he detenido -la guía básica de supervivencia en la ciudad deja bien claro que, de noche y a pie, el ritmo debe ser rápido- a ver qué ocurría.
La señora era una de las tantas sudamericanas que trabajan cuidando de algún anciano. “La señora se ha caído, la señora se ha caído, y no puedo levantarla”. Finalmente he conseguido que me dijera dónde se encontraba la señora. En el sexto. “¿Y los vecinos?” Es lo primero que he pensado, y en lo que sigo pensado.
No me resulta difícil imaginar qué tipo de vecinos deben ser, y la relación que la anciana tiene con ellos, para que no se les pueda molestar ni en momentos como éste. La señora peruana no podía levantar a la anciana, se había caído de la cama y, para más inri, golpeado la cabeza. Que entre molestar a un vecino y bajar a la calle de madrugada a pedir ayuda al primero que pase, la mujer en pijama haya elegido la segunda, es muy mala señal. Esos vecinos saben quién vive ahí, y en la situación en que se encuentra. Ya ha sufrido varias caídas, y le quedan otras muchas. En mi ingenuidad pensaba que, lo menos que se puede hacer en contextos como ese, es ofrecer tu ayuda. Para cuando haga falta.
Me he visto dándole consejos a alguien que seguramente me doblaba en edad. “Si vuelve a ocurrir no baje a la calle a estas horas, que no sabe a quién se puede encontrar, ni quién puede subir. Si no puede contar con los vecinos, llame a urgencias, que vienen rápido y además se aseguran de que la señora está bien”. La peruana en pijama asentía, preocupada, y ambas me daban las gracias. “Que Dios te lo pague, que Dios te lo pague”.
Hace muchos años, en mi comunidad de vecinos, se sometió a votación el que la comunidad instalara pasamanos en las escaleras, para ayuda de los ancianos. Y, en una sesión histórica para la democracia, la comunidad -con mucha, muchísima visión de futuro- voto que no. Como era de esperar, pasadas un par -tres, los que más- de décadas, todos los que en su día votaron que no (porque era muy caro, era un desperdicio de dinero y así muchas más) se aferraban encorvados, al borde de la asfixia, a aquellos pasamanos -que se instalaron varios años después de aquella infame votación- que en su momento no tuvieron otros.
Ahora todos, o casi todos, están muertos. Y también a muchos de ellos hubo que ayudarlos, en sus últimos días, a levantarse del suelo.