“¡Ojo por ojo, diente por diente! ¡tú me respetas a mí, yo te respeto a ti!”
Los gritos se distinguen entre la muchedumbre que marcha, no sin ruido, por las calles de París. 7.200 manifestantes según la policía, pancartas en mano, jellabahs sobre la cabeza. La protesta, contra las caricaturas de Mahoma, y por el respeto a las religiones -a todas, seguro- y la ética periodística. Ahí es nada.
Sin embargo, al llegar a la Place de la Nation, destino final de la manifestación, algo no marcha. Dos sujetos, ataviados de forma bastante peculiar, aparecen en escena. Ellos también protestan, pero en silencio. Las cabezas se van girando. Un círculo de gente se va cerrando a su alrededor. Nadie se mantiene indiferente.
“¡Ignoradlos! ¡Ignoradlos! ¿Vendrían a provocar a otra manifestación?”
La respuesta, fíjense, es sí. Se tratan de miembros de la BAF, la Brigada por el dinero de los contribuyentes franceses. Y ya se han dejado ver antes, ya fuera protestando contra Chirac, contra los seguidores de Miterrand, o contra los sindicatos franceses. Que de provocar saben un rato, vamos.
Arthur Wneir, dibujante de viñetas satíricas en la prensa, y Erik Svane, periodista y dibujante danés-americano, siguen plantados en el centro de la muchedumbre. Uno, con un cartel alrededor del cuello: “dibujante libre” y una mano amputada -falsa, evidentemente- que mantiene agarrada un lápiz. El otro, con otro cartel, con la bandera danesa, y el eslógan por todos conocidos a éstas alturas: “Apoya a Dinamarca, apoya la libertad de expresión“.
Los gritos de “¡Allah’u Akbar!” se mezlcan con otros, a cada cual más llamativo. “¡Eso es una provocación!” “¡Cara de rata!” “¡Estáis pisoteando a 1.500 millones de musulmanes!” ¡Jodido bastardo!” Un interesante debate parece producirse alrededor de nuestros amigos dibujantes: lincharlos en el acto, o evitar que la sangre llegue al río. Una imprevista intervención hace que el asunto se decante por la segunda.
Aperece en escena -de forma apenas visible-, una dama, de cabello rubio, que los aleja del tumulto. “Os enseñaré mi identificación a diez metros de aquí. ¡Van a lincharos!”
“¡Hijos del adulterio!” “¡Vosotros, los homosexuales!”. Ambos sujetos siguen alejándose, escoltados por su ángel de la guarda, de cabellos dorados. Mientras tanto, todavía les persiguen los gritos de “¡Allah`u Akbar!”. Continúan huyendo, calle abajo, hasta que se unen a ellos los compañeros de la dama rubia: la policía. Las puertas de un furgón policial se abren ante ellos, y, con las sirenas como fondo, el vehículo se aleja a toda velocidad.
La policía sigue atónita. “¿Estáis locos? ¿Sabéis cuántos hay ahí fuera?” “Alguien tiene que mantenerse firme por la libertad de expresión”, es la respuesta. Tras 20 minutos, los dejan ir. La extraña pareja se despide: “Sabéis, hasta que habéis llegado, los teníamos casi rodeados“
“Tú me respetas a mí, yo te respeto a ti”.
Nos ha jodido, el amigo.